FICHA TÉCNICA



Título obra Los jóvenes asoleados

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Miguel Córcega

Elenco Aurorita Campuzano, Carlos Riquelme, Ela Laboriel, Eleonora Sagán, Marina Marín, Miguel Córcega, Polito Ortín, Xavier López (Chabelo), Alejandra Meyer, Sofía Álvarez, Bárbara Gil, Leopodo Ortín, Armando Pascual, Oscar Servín

Notas de elenco Eugenio Cobo / voz de Júpiter

Escenografía Antonio González Caballero

Coreografía Armando Pascual

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los jóvenes asoleados de Antonio González Caballero, dirige Miguel Córcega]”, en Siempre!, 15 febrero 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   15 de febrero de 1967

Columna Teatro

Los jóvenes asoleados de Antonio González Caballero, dirige Miguel Córcega

Rafael Solana

Muchas hadas asistieron al bautizo de don Antonio González Caballero: es un caballero estimabilísimo, o tal nos parece, aunque haya quizá alguna opinión discrepante; es un feliz autor de comedias jocosas, como Señoritas a disgusto; es un pintor inspirado y de fino gusto; es un agudo observador de nuestro pueblo, con su idiosincrasia y su léxico, y un afortunado autor costumbrista, como ampliamente demostró en Una pura... y dos con sal, comedia que le ha sido aplaudidísima; es un ceramista inteligente, creador de muy bellas piezas de alfarería artística; es un dramaturgo de primer orden, uno de los mejores que ahora tengamos, y su pieza El medio pelo es una de las más plausibles y admirables de nuestro siglo; es un escenógrafo ingenioso; es un melodramaturgo hábil, cuyo melodrama Nilo, mi hijo, habrá de hacer derramar muchas lágrimas; es un telecomediógrafo de éxito, que se ha echado a la bolsa a la gente de Televicentro y que va a ganar mucho dinero con sus telecomedias...

Pero hubo un hada que no fue invitada a aquella ceremonia, la misma a quien tampoco invitaron al bautizo del estupendo Sergio Magaña, gran autor trágico, novelista y costumbrista: el hada de la comedia musical.

Como antes le ocurrió al gran Sergio con sus lamentables Rentas congeladas, comedia musical que contada y cantada por él parecía ir a ser un éxito, y ya sobre la escena fue un fiasco, así le ha ocurrido ahora a don Antonio, cuya comedia musical Los jóvenes asoleados ha poco menos que rodado la noche de su estreno, que era de gran gala, y al que fueron con sus mejores trapos damas y caballeros.

Todo se había reunido para hacer de esta pieza un éxito: el renombre de su autor, el entusiasmo de su director, un reparto impresionante, una escenografía y una ropa en las que no se escatimaron gastos, una publicidad adecuada...

Todos estábamos ansiosos de aplaudir, deseosos de que tuviera la comedia un gran éxito...

Nos reímos de buena gana con las primeras escenas; hasta aplaudimos algunas, en seguimiento de la infatigable doña Aurorita Campuzano, que se cambiaba de lugar para iniciar las ovaciones desde diferentes sitios...

Pero la quijada se nos fue poco a poco cayendo, a medida que la pieza avanzaba; alguna gente se marchó y empezaron a verse claros en las butacas; en el bailable de los pescadores comenzaron a caer durmientes por un lado y por otro, y en las escenas submarinas, ahí fue el acabóse, pues se aprovechó la gente de la oscuridad, y de que esas escenas son pésimas, para descabezar un buen sueñito.

Sin embargo, algo tendrá la pieza, no todo será negativo en ella, aunque su conjunto haya resultado deprimente. Trataremos de analizar, persona por persona, a todos sus componentes. Es grande González Caballero en el cuadro de costumbres provinciano, que le sale del alma; allí no lo iguala nadie; también es bueno en el cuadro de costumbres capitalino; pero para la comedia musical ha resultado inocente, ingenuo; sus versos hacen gracia en los primeros minutos, pero luego se vuelven repetidos e insulsos. Si hubiera leído, no digamos ya Lope de Vega sino siquiera La venganza de don Mendo, sabría, no nada más que los versos han de tener medida y acentuación, además de rima, sino, para ser graciosos, tienen que usar palabras inesperadas, rimas difíciles; rimar, sin medir los renglones, tres o cuatro diminutivos, o tres o cuatro participios, ni representa ninguna dificultad, ni puede hacer mucha gracia (por ejemplo: “Margarita, eres bonita, pero tontita y estás frita”); habría bastado con que leyese don Antonio el Tenorio para que se formara idea de cómo se escribe una pieza teatral en verso. La trama no es particularmente ingeniosa, si bien son felices algunas caricaturas, y en particular la de la estrella de cine. Lo que está sucediendo nunca le importa a nadie, y da lo mismo que la acción tome un rumbo u otro; la comedia no cuenta ni va a dar a ninguna parte.

Para una comedia musical, la música es muy importante (¡qué descubrimiento!). El éxito de Mi bella dama no se debe nada más a la buena comedia de Bernard Shaw en que se basa, sino a que los números musicales son formidables. Ahora bien, la de Los jóvenes asoleados es una música muy vulgar, sin ningún número capaz de pegarse. No toda es original; el número más festejado es de recortes de obras conocidas. Además no hay orquesta, sino grabación. Para colmo de males también las voces están grabadas (play back) y esto nunca ha tenido aceptación aquí, ni siquiera cuando lo intentó el venerable monje Fray José de Guadalupe Mojica.

La escenografía es agradable, de bellos colores, aunque un poco exagerada y estorbosa fuera de escena (a los lados del escenario); quizá haya sido por su escenografía por lo que mayores aplausos haya recogido González Caballero en esta ocasión.

Córcega ha hecho lo que ha podido con la dirección de esta obra; él no es director de comedia musical, y se le iba mucho la onda, de manera que no lograba hacer encajar los números musicales con el contexto, sino los dejaba despegarse un poco, aparecer como parches; le ayudó a dirigir algunos números el coreógrafo, Armando Pascual; tampoco se pierde de vista, en esta ocasión, la coreografía, muy sumaria, como corresponde a una compañía de bailarines.

Vamos ahora a mencionar a los intérpretes por orden de aparición; el primero de todos es Riquelme, que comenzó por una salida en falso, cuando todavía estaba la luz apagada; se metió y volvió a salir; su papel es poco consistente, y su mil veces probada vis cómica no está debidamente aprovechada; al principio del segundo acto por completo se le olvidó al autor este personaje. Bien vestido, y con aptitudes para el baile, Riquelme pasa por esta obra como sombra de sí mismo, sin complacer por completo a quienes vayan a reír con su comicidad (como pasaba en Señoritas a disgusto).

Muy chulas las tres oceánidas, cada una en su estilo; así la monísima Ela Laboriel (que en una escena se queja de “haber perdido el dolor”) como la algo llenita Eleonora Sagán, sin duda la más principiante de las tres, y la más sosa; nos dio pena que su papel obligara a la preciosa Marina Marín a actuar como mensita, lo que a ratos hace gracia, es chistoso, pero le resta encanto personal a una figura femenina que sería subrayada si tuviese algo de desparpajo y de picardía. Ella cumple, y está divertida como actriz; pero se sacrifica como mujer, y uno se pregunta si habrá valido la pena. No es un acierto presentar a Júpiter sólo por la voz (la de Eugenio Cobo, que como ya grabó, puede irse a trabajar a otro teatro o a quedarse en casa viendo televisión). Como también las otras voces, las de los personajes que están en escena, salen de los altoparlantes, en los números de canto, se crea alguna confusión. La primera noche los discos entraron casi siempre mal (o cintas magnéticas, que para el caso es lo mismo). El personaje hace alguna gracia a quienes tengan en la mente las aventuras de Zeus, especialmente la de Io, al principio de la comedia, aunque es más conocida la de Leda. ¿Será mucha la gente tan letrada?

¡Qué papelito tan insignificante se ha repartido el director de la obra y dueño de la casa! Un indito de pastorela, con el que no hay nada que hacer. Para enriquecerlo un poquito se le puso un bailable, pero como se hace a oscuras, el público lo aprovecha para echar un pisto. Ha tenido Miguel la modestia de aceptar un personaje que habrían rechazado, por falto de atractivo, muchos principiantes.

Tampoco es lucido el personaje del coreógrafo, que, aunque haga sus pininos como actor cómico, podría dar mucho más que eso; menos descolorido que el de su compañero, también el de Simbad es un papel opaco. Lo cubre Armando sin particular lucimiento. Sorprendentemente rejuvenecido vemos a Polito Ortín; siempre ha sido joven (y lo conocemos desde que era niño) pero ahora parece que los años los recorre hacia atrás, y que en estos últimos diez, en vez de crecer, se ha achamacado; ágil, movido, un verdadero galán joven, encaja perfectamente dentro de un género en el que ya ven ustedes que no nada más los Cianguerotti truenan. Cada vez que mete baza, hace reír, porque es dueño de recursos cómicos (heredados) que los otros no tienen; pero también el papel resulta desvaído y de poco lucimiento para un cómico tan bueno.

Servín es menos todo que Polito; forman una pareja desproporcionada, está bien, y es simpático; pero Ortín se lo come en todo, desde en presentación, ya no se diga en escuela, en dominio escénico, en buen humor, en profesionalismo. En un reparto como el de Salpícame de amor (¡que lástima que la comedia de González Caballero no sea tan buena como la de Héctor Mendoza!) Servín brillaba, pero en uno como el de ahora, pasa a segundo término.

Un completo disparate fue el repartir a Chabelo, actor eminentemente cómico, el papel del tenor de la obra, que tendría que haber sido un galán del tipo de Julio Alemán o del de Salvador Quiroz, de perdida. Todas las dotes de artista jocoso que Chabelo tiene abundantemente, se desperdician; se le pide, a cambio, hacer un esfuerzo para acomodarse a un papel romántico dentro del cual entra un tanto forzadamente.

Uno de los mayores aciertos de la obra que hasta donde vamos no son muchos, es la señorita Alejandra Meyer, que es muy cómica y cuando hace falta (hacia al final) también luce como mujer muy vistosa. Su papel, aunque no sea grande, sí le da ocasión de dejarse ver, y ella lo aprovecha con muchísima malicia. Tan joven y ya maestra en recursos cómicos, está llamada esta actriz a convertirse en una primera figura del teatro de comedia.

La bárbara de Bárbara va de un extremo al otro: o hace un papel muy bueno y muy bien hecho, en el que se vea vieja y fea, como ocurrió en Una pura... y dos con sal, o hace uno en que se ve joven y muy linda, pero sin ninguna escena de dónde asirse para obtener lucimiento artístico, un papel insulso desabrido y simplón, como el que se repartió ella misma (es productora) en esta ocasión. Canta un poco, y baila otro poco, y actúa un poquito; pero eso no puede satisfacernos a quienes recordamos actuaciones suyas de primera actriz, de gran artista, como en Muchacha de campo, La esposa constante o La deliciosa amoral. Otro talento desperdiciado. Eso sí, se ve monísima en traje de baño.

Quien viene a robarse la obra, en primer lugar porque es toda una estrella, y luego porque a ella sí le dieron papel, es Sofía Álvarez, con un personaje perfectamente ajustado a sus condiciones. No hay mucha actuación, y la que hay no es muy delicada, sino se trata de hacer una caricatura algo gruesa; hay, en cambio, números musicales, que nos hacen recordar que tenemos delante a una de las dos reinas que ha tenido la opereta (la otra fue Esperanza Iris); Sofía luce guapísima y estrepitosamente vestida (por Luis Palacios, que merece este crédito), y derrocha gracia en su intencionada parodia de lo que es una estrella de cine, algo aventajada en edad, con hijos grandes, que habla de la India, que se cubre de diamantes, que ya ve poco y mal, y que obtiene importantes cheques de sus admiradores; no nos imaginamos quién pueda ser esa estrella allí retratada, pero la imitación que de ella hace Sofía Álvarez es tan perfecta que se diría que en vez de una copia estamos viendo al propio original.

A Sofía Álvarez le fueron rendidos los mejores aplausos de la noche, y sus números, especialmente el primero musical, reídos ruidosamente. Si alguien va a conservar un buen recuerdo de esta fallida comedia, será sin duda la señora Álvarez, que encaja en este tipo de teatro mejor que en la comedia algo más seria, como Columna social o como Vivir es formidable, en que la hemos visto y aplaudido anteriormente.