FICHA TÉCNICA



Título obra Mariana Pineda

Autoría Federico García Lorca

Dirección Manuel Montoro

Elenco María Rojo, Juan Allende, Rocío Sagaón, Lucía Crespo, María Luisa Castillo, Raúl Velázquez

Escenografía Guillermo Barclay

Vestuario Guillermo Barclay

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Mariana Pineda de Federico García Lorca, dirige Manuel Montoro]”, en Siempre!, 21 diciembre 1966.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de diciembre de 1966

Columna Teatro

Mariana Pineda de Federico García Lorca, dirige Manuel Montoro

Rafael Solana

Por más de un concepto es Xalapa la Atenas de América o de México, por lo menos; por su labor editorial, que es estupenda; por su categoría docente, que es de primer orden desde tiempos de Rébsamen, y que a veces ha superado hasta a la propia capital, como hoy supera a la de cualquier otro Estado; y también por sus manifestaciones artísticas; fue la primera ciudad de provincia en tener una orquesta sinfónica de primera clase; a veces había que ir allí para escuchar a Casals, que no se llegaba hasta México; tiene ahora un museo de antropología de clasificación A, comparable con el de Villahermosa, que también es soberbio; y por su teatro universitario, que suele ser tan bueno como el mejor de cualquier otra capital estatal (Monterrey suponemos que sea la que en esto raye más alto). Atraídos por el recuerdo de pasados triunfos, hemos vuelto a Xalapa, para ver teatro, ahora que en la metrópoli escasearon los estrenos. Y hemos quedado muy gratamente sorprendidos.

Primero, por el edificio mismo; quiso el Chato Quirasco perpetuar su memoria dotando a la capital de su satrapía de un gran teatro; un doble gran teatro, pues el del estado, dado a manejar a la Universidad Veracruzana, con muy buen sentido, consta en realidad de dos salas, además de amplios vestíbulos para exposiciones; hay una sala grande (como en los teatros regionales de Alemania) que es capaz para 1 200 personas, y en la que se dan los grandes espectáculos, tales como la ópera, los ballets, o los conciertos sinfónicos, y otra sala pequeña, para 300 espectadores, en la que pueden acomodarse los solistas o las representaciones teatrales. En esta última, perfectamente equipada, por lo demás muy cómoda y con una visibilidad y una audibilidad irreprochables, hemos visto una función que nos emocionó vivamente, y que merece nuestra laudanza más entusiasta.

Como se fue Montero (se vino a México, Marco Antonio, a buscar más amplios horizontes) trajeron a Montoro (Manuel, de España; concretamente de Lorca, cerca de Murcia; pero pasado por París, como de Chile nos llegó Alexandro); escogió este joven y talentoso director una obra que también es de Lorca, de Federico García, por cierto, la única grande suya que nunca habíamos visto en escena y sólo conocíamos de lectura: Mariana Pineda, obra tenida en menos porque fue la primera, y se supone que sea por eso débil o inmadura; es anterior al clamor de público que fue el estreno en Madrid de Yerma, y luego de Bodas de sangre, y después de Doña Rosita la soltera; pero no hay nada de eso; ni débil, ni inmadura, ni en nada inferior, aunque sea diferente, a las otras triunfales y espectaculares obras mucho más difundidas. Que a veces suenen los versos un poquito como a de Don Juan Tenorio, nada tiene de malo, que habrá algunos de Lope de Vega que también así suenen. El personaje de Marianita no es menos patético, menos conmovedor, que el de doña Rosita, que también, como la señora Pineda, esperó en vano, y sufrió una decepción amarga, porque le salió vano el novio en quien puso sus ojos; quizás hecha sin prudencia y sin buen gusto pudiera parecer Mariana Pineda algo demagógica, porque mucho se habla en ella de libertad, hasta orillar a un director descomedido a tal vez caer en el panfleto; pero si se la interpreta con delicadeza, si nada se saca de su quicio, la belleza de la pieza no resulta en nada maculada por la propaganda, sino se ven las ideas que la inspiran tan nobles como su propia fractura, y resulta así, para todos los públicos, una delicia de comedia.

Y con gusto, con una finura que nos corremos a llamar exquisita, ha dirigido Montoro, que mucho se auxilió para lograr ese efecto en una escenografía y un vestuario delicadísimos, de Guillermo Barclay; la Universidad Veracruzana tiene para teatro una carpintería especial; que hace los muebles para cada pieza; no hay que ir a sacarlos del bazar de don Crispiniano, sino el director artístico dibuja lo que le parece y eso se construye. También así ha ocurrido con la mejor parte de la ropa. Barclay entonó todo, a la Lalique, en blancos, con pocos golpes de color (una sarta de membrillos para dar una pincelada amarilla al primer acto, algunos terciopelos azules para caracterizar el segundo, y un ramo de rosas rojas para simbolizar la pasión de Marianita la mártir en el tercero, que es el acto cuyo decorado se aplaude, porque es un cuadro, con una magnolia florecida, al centro, que habría ovacionado el propio Federico). Esto da austeridad, limpieza, al ambiente, y no distrae al espectador de escuchar los versos.

No diremos más. Esperemos que alguna vez esa obra sea traída al teatro Jiménez Rueda, invitada por Héctor Azar, y emplazamos a nuestros lectores para que entonces la vean. Algunos escenógrafos capitalinos tomarán lecciones de Barclay, que ha hecho para esta pieza una labor de la calidad más extraordinaria.

Montoro, con esta tarjeta de presentación se acredita suficientemente; es un director moderno, pero no desbocado, ni alocado, ni epatante, lo comprende perfectamente el público de Xalapa, que ha hecho de estas representaciones un éxito de enorme resonancia local. Ha manejado a un grupo disparejo de artistas con maestría, para obtener una actuación pareja. De México llevó a la estrella Ana Ofelia Murguía, que tiene un triunfo en toda la pieza, pero más relevantemente [sic] en el acto final, en que se apodera de la emoción de los espectadores; también de México habrán llevado a la linda y pizpireta María Rojo, que borda su romance de la corrida en Ronda, en el primer acto, y tal vez también a Juan Allende algo atenorado ya, de figura, pero muy capaz para su papel; y también a Rocío Sagaón, conocida aquí como bailarina, y que hace allá una novicia sumisa, que nada deja que desear; de entre los artistas locales, nos convenció doña Lucía Crespo, que viste y mueve y dice su personaje de doña Angustias con señorío; por momentos llegamos a pensar que estábamos delante de Dolores del Río; María Luisa Castillo, que hace años fue la novia de Hamlet, ahora tiene más cuerpo, como una sopa dejada algún tiempo a la lumbre, y está muy mona en el salado papel de La Clavela; Raúl Velázquez, el cuarto conspirador, respondió a las esperanzas de quienes le dieron ese papel, que comporta la poética relación del prendimiento de Torrijos.

Preciosa obra, de la que nunca diríamos bastante, la de Federico García Lorca, el más grande poeta español desde el Siglo de Oro, y magnífica dirección, y escenografía admirable, y actuaciones muy encomiables; un espectáculo teatral que muy vivamente recomendamos, para cuando venga de visita a la capital, como sería justo que hiciese, no para que quienes en él participan cosecharan aquí los aplausos que merecen, sino para que los aficionados metropolitanos conociesen una manifestación artística superior a la mayor parte de las que aquí mismo se preparan.