FICHA TÉCNICA



Título obra Viento entre las ramas de sasafrás

Autoría René Oboldía

Notas de autoría Wilberto Cantón / versión

Dirección Fernando Wagner

Elenco Carolina Barret, Sergio Kleiner, Ángel Pineda, Fernando Mendoza, Rosa Caloca, Rosa Caloca, Enrique Aguilar, Miguel Bravo

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Viento entre las ramas de sasafrás de René Oboldía, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 31 agosto 1966.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   31 de agosto de 1966

Columna Teatro

Viento entre las ramas de sasafrás de René Oboldía, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Hay en el teatro noches aciagas (como en los toros, y en otros espectáculos) en que quisiera uno no haber ido, y en que todo parece rodar mal; otras, más frecuentes, tienen el agridulce de los aciertos mezclados con los errores, ajedrezadamente, de modo que aunque uno va lamentando las imperfecciones con que tropieza, disfruta, en cambio, en alguna medida, de las bellezas que descubre; pero muy pocas veces se da el caso de que todo resulte perfecto, de que en nada se encuentra tacha, de que se redondee un gran espectáculo que deja al espectador completamente satisfecho. Por coincidencia, muchas de las noches de ese raro tipo que el anónimo cronista recuerda han tenido por escenario el teatro del Granero; por ejemplo, aquellas representaciones de El hombre que hacía llover en que todo era ideal, ahora, las de Viento entre las ramas del sasafrás, una de las cuales brindó a este redactor una noche de teatro inolvidable y deliciosa.

En efecto, una encantadora comedia, bajo una dirección verdaderamente inspirada, y con un puñado de actuaciones notables, hace un esparcimiento artístico excepcional, en el que se va de delicia en delicia, de risa en risa, hasta consumar una velada de la más grata diversión, que hace prorrumpir en francos aplausos para el lejano autor, para el no tan lejano director, para los allí presentes intérpretes.

No sabríamos decir si Viento entre las ramas del sasafrás, que ahora un alemán dirige para el público de México, es una comedia norteamericana de autor panameño o una comedia francesa de escritor nacido en Hong Kong; de París la han traído; pero la acción se desarrolla en Kentucky, en una época en que unos señores Rockefeller hablan de tal vez llegar algún día a tener dinero. En París la calificaron de parodia de una película del Oeste, de esas que antes se veían mucho en el cine, y ahora tienen por campo propio la televisión. Algo solamente es a ratos esta caricatura que a no pocos parecerá irrespetuosa para con la religión (evidentemente al autor se le ha pasado un poco la mano en el libre tratamiento del protestantismo y sus himnos) y que, dentro de la más pura tradición molieresca, también es algo confianzuda con los médicos y con las medicinas (llega a decirse, por ejemplo, que la cortisona es un veneno menos eficaz que el curare); pero, fuera de estas libertades que a algunos parecerán toscas y excesivas, la comedia es una viva delicia, con el buen humor de sus anacronismos, con la inesperada aparición de latinajos en la boca del analfabeta montañés, y hasta en la del piel roja que lo visita; de nada de esto se abusa; tampoco del lirismo, que se concentra en las parrafadas en verso de Miriam la Tiro Seguro; las dosis están administradas sabiamente, de modo que uno ría sin descanso pero sin fatiga. Es un gran acierto del autor, René de Oboldía, esta comedia, que ha sido una de las mayores triunfadoras de la temporada en París, y que aquí merece también tener un gran éxito.

A Fernando Wagner todo el mundo lo admira como director de grandes conjuntos, de obras de masas, o pocos menos, que sabe mover muy bien, y entonar dramáticamente; pero nunca le habíamos visto, en los 30 años que llevamos de conocerlo, un acierto tan fino en el género cómico, que no es habitualmente aquél en que mejor se desenvuelven los alemanes; esta vez, sin embargo, don Fernando ha dado muestras de una exquisita sensibilidad para la fina caricatura; bastaría considerar la forma en que ha tratado el personaje de la madre, Carolina, tan solemne, una verdadera Juno, y el contraste tan admirable, tan artístico, que ha logrado entre la majestad de esa noble matrona y la comicidad de sus bocadillos, que cuentan entre los más felices de la presentación; claro que a este triunfo colabora el talento jamás desmentido de Carolina Barret, que es una de nuestras actrices cómicas más felices, y a la que no recordamos haber visto mal nunca, sino siempre en un plan magnífico.

Y ya que hemos mencionado a la señora Barret... no sabemos por quién seguir; ya que no será en orden alfabético, pues para eso tendríamos que haber empezado por Aguilar, ni en orden de edad (de los personajes, que el de las señoras en la realidad no tenemos ningún derecho a saberlo, ni muchísimo menos a divulgarlo), que entonces tendríamos que haber empezado por Kleiner, ni en el de aparición, en que corresponde el primer lugar a Mendoza; ¿el orden de importancia de los papeles? Difícil de determinar, pues están muy bien repartidos... tal vez, sin embargo, Mendoza... ¿y el orden de mérito? Ése sería el más difícil de determinar, en una obra en que todos están tan bien, y en que nadie cede el paso a nadie.

Sin embargo, alguien nos dio tremenda sorpresa: Kleiner; le hemos visto antes un par de veces, como amable y simpático galancito, para lo que tiene la figura y la edad; y ahora aquí, inesperadamente, toma un papel de carácter, el de un viejo, y lo hace con increíble atingencia; nadie más lejos que nosotros de dejarse deslumbrar por un papel de borracho, por el contrario, los roles de ebrio como los de ciego, o los de morfinómano, nos inspiran recelo, desconfianza, pues nos parecen hechos, engañosos, fáciles; a pesar de todo ello, encontramos a Kleiner sobresaliente y extraordinario en su papel de beodo; siempre está entonado y su papel tiene muchos tonos muchos tonos; siempre entra a tiempo, con un sentido del ritmo escénico excepcional; ninguno de sus bocadillos se desperdicia, todos tienen intención, dan una nota justa en la sinfonía del diálogo. No le bajamos una sílaba de admirable al trabajo de Sergio Kleiner en esta formidable caracterización.

También nos inspira mucha curiosidad Ángel Pineda; le recordamos, con mucho agrado, en papeles de teatro más formal, en un soldado de Espartaco, en otro de Los hombres del cielo, bien parado y bien dicho; pero ahora, en una pieza ligera... ¿tendría la buena sombra necesaria? Le repartieron dos papeles, uno de indio bueno y otro de indio malo (que, según el autor, se confunden, a los ojos de los rostros lívidos, que por equivocación matan al bueno y le abren la puerta al perverso). Pasa perfectamente la prueba (ahora ya sabrá que es muchísimo más difícil interpretar a los autores festivos a que los serios, a los cómicos que a los trágicos, a los modernos que a los clásicos) y nos anuncia un porvenir brillante. Fijen ustedes en su memoria ese nombre, Ángel Pineda, que va a ir a más. Hace diez años así les recomendamos fijarse en Ignacio López Tarso.

A Fernando Mendoza le llevamos visto 100 papeles, probablemente; el de Hamlet, el de Cuauhtémoc, muchos caballeros de frac en piezas de Basurto o de Usigli, el de vendedor de muñecas, el de obispo... pues bien, estamos por decir que Viento entre las ramas del sasafrás es una de sus mayores creaciones; si alguna vez pecó de solemne, de engolado (con lo que se ponía a tono con las comedias de taza de té y de guante blanco en que ello ocurría, ahora capta perfectamente la comicidad de su personaje, y asume con maestría el papel de esa especie de rey pastor que es Mr. Rockefeller, capitán, sacerdote, caudillo, pecador, padre abnegado, esposo infiel, tirador certero, autoridad discutida, fiel cristiano, lanzador infatigable de escupitajos (es así como los escritores europeos del siglo pasado veían principalmente a los habitantes de la joven América del Norte) todo en una sola feliz mescolanza que es un acierto de intérprete, para quien fue uno de nuestros más entusiastas aplausos.

Nos van quedando ya solamente pocos personajes, los jóvenes de la pieza, algo menos cómicos, más tiernos, más en héroes y heroínas del Oeste. De entre ellos, el papel más lucido corresponde a Rosa Caloca, que recita con muy buen humor, y resucita con muy buena gracia. Elsa Cárdenas está linda, Enrique Aguilar, apuesto, y el debutante (al menos para nosotros) Miguel Bravo con menor experiencia que sus colegas, se hace agradable, en sus cortas escenas, y completa un reparto excepcionalmente parejo y brillante.

Poco, pero ese poco bueno, pudo hacer David Antón, con la escenografía, y se lució más con el vestuario. En cuanto a la traducción, es magnífica, brillantísima, llena de ligereza y de ingenio, sutil en el humor, y atinadísima en los versos, bien cortados siempre y tan ripiosos como se requería para que cayeran en gracia. Cantón es con su versión brillante uno de los artífices de este triunfo.

Auguramos larga permanencia en cartel a tan deliciosa comedia, que nadie dejará de recomendar, de manera que irá el público creciendo, hasta no caber en la pequeña sala del Granero.