FICHA TÉCNICA



Título obra El sueño

Autoría August Strindberg

Notas de autoría Alejandro Jodorowsky / adaptación

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco María Teresa Rivas, Carlos Ancira

Notas de escenografía Peter Knigge / muebles y maquinaria

Música Luisa Durón

Notas de Música Jébert Darién / escenofonía

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El sueño, de Augusto Strindberg, dirige Alejandro Jodorowsky]”, en Siempre!, 13 julio 1966.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de julio de 1966

Columna Teatro

El sueño de Augusto Strindberg, dirige Alejandro Jodorowsky

Rafael Solana

Vámonos ahora al polo opuesto; dejemos el feudo del público sencillísimo para ir al del complicadísimo; abandonemos a la burguesía, a los horteras, para ir a meternos en las cuevas de los pedantería y de los beatniks. ¡Qué contraste tan violento, ciertamente!

Leyendo a Strindberg, un respetable autor, imaginó Alexandro Jodorowski distorsionarlo, violentarlo, modificarlo e interpretarlo de modo de convertirlo a su partido y poder invocarlo como a un precursor; siempre ocurre esto, en todas las nuevas escuelas; así los surrealistas trataron de poner en su árbol genealógico a Lautréamont y a Hawthorne (y también al mismo Strindberg) y todos los otros innovadores buscarse unos papás ilustres de los que poder presumir. Una obra de 60 personajes Alexandro la convirtió en una de dos. Como se necesitarían unos segundos para el transformismo, ideó el director, y fue un gran acierto, dar un concierto de clavecín, que distrajese al público de esas lagunas; sentó, muy bellamente compuesta, como dama antigua (y le puso otra móvil complementaria) a la señorita Luisa Durón, que nos hizo oír cosas tan extrañas y tan de ensueño como, por ejemplo, la versión para clavecín de la marcha triunfal de Aída, además de muchos comentarios musicales, como en las películas, concebidos para subrayar la emoción, la sorpresa, la turbación o la confusión de algunas escenas. Peter Knigge hizo unos muebles y unas máquinas admirables; Jébert Darién grabó un par de voces; y con esto, y un actor y una actriz, coordinó Alexandro un espectáculo que si bien podría horrorizar al público del Arlequín, hace en cambio la delicia de quienes sufrirían náuseas con el vodevil de la señora de Haro Oliva.

Ha sacado Alexandro todo el jugo que le convino de la obra de Strindberg: la ha convertido en modernísima, en llena de profecías, de ironías punzantes, de rasgos poéticos, de crueldades espantosas. Habría que tener delante la obra original para saber hasta qué punto la ha respetado el adaptador, o en qué medida hace firmar a Strindberg cosas que se le han ocurrido realmente a él. Pero tenemos la impresión, la muy viva impresión, de que en esta colaboración hay más Jodorowsky que Strindberg; viene a nuestra memoria el cuento del señor aquel que fabricaba paté de golondrina. ¿Y no le pone usted un poquito de carne de caballo? le preguntaron: bueno, sí un poquito –respondió–; estrictamente la mitad: un caballo, una golondrina...

Los dos actores están notables; María Teresa Rivas, un poco nueva en este género, todavía con una aureola de teatro clásico, con algún resplandor olvidado de Medea o de algún otro monumento, logra encajar, bastante, bien sí... pero el que campea por sus fueros, el que se da gusto, porque es el rey de este estilo, en México, y difícilmente habrá quien lo supere en el mundo, es Carlos Ancira; parece haber nacido para esto; lo hace con el alma; le salen los papeles de dentro, los ilumina con luz interior, cree en ellos con sinceridad conmovedora; en algunas escenas, como la del mutilado de Isla Bella, por ejemplo, está grandioso; y en todas inteligente, trascendente, profundo; todo lo que dice o hace lleva implicaciones. Es un artista distinguidísimo, y así ha sido reconocido ya por la crítica de dos continentes. Hay que verlo en El sueño que es uno de sus mayores triunfos.

Se llena la Casa de la Paz cada vez que se pone El sueño. Claro que allí se conforman con 250 espectadores cada semana; hay teatros que requieren, para vivir, 500 cada día; ésos no pueden ser tan exquisitos, tan elegantes, ni tan cultos; tienen que recurrir a las grandes masas, a un público que, a cambio de ser un poco burdo, tiene la ventaja de ser numeroso y cumplidor. Pero es bueno que una gran capital, como México, tenga de todo, de chile, de dulce y de manteca, el vodevil para los muchos y el ensueño para los pocos. Una gran ciudad debe tener su Nadia y su Ancira, sus dos polos de la vida teatral, sus dos extremos, cada uno con su público. Lo difícil es dar el salto mortal, como espectador, de una sala a la otra, de un confín al otro de la escala de los valores. ¿Cuál es el bueno y cuál es el malo? ¿Cuál el sensato y cuál la marihuanada? ¿Cuál el refinado y cuál el vulgar? ¡Ah, eso sí que no nos comprometemos a decirlo!