FICHA TÉCNICA



Título obra Las fascinadoras’ 66

Autoría Felipe Santander

Dirección Felipe Santander

Elenco Felipe Santander, Eduardo López Rojas, Óscar Alatorre, Antonio Alcalá, Titina Romay, Elvira Castillo, Gloria Muniche, Dévorah Velázquez, Estrella Paumpin, Evelyn La Puente, Fabiola Falcón, July Jennsen, Durcy Denis

Escenografía David Antón

Coreografía Edmundo Mendoza, La orquesta de Kay Pérez

Música Felipe Santander

Notas de Música Felipe Santander / letra

Vestuario Jesús Morán

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las fascinadoras ‘66 de Felipe Santander, dirige él mismo]”, en Siempre!, 1 junio 1966.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de junio de 1966

Columna Teatro

Las fascinadoras ‘66 de Felipe Santander, dirige él mismo

Rafael Solana

Ha sido injustamente severa una parte de la crítica, a nuestro juicio, con la comedia musical de Felipe Santander Las fascinadoras ´66 que se estrenó en el teatro del Bosque. No es, sin duda, un espectáculo altamente cultural, en la medida en que lo es un cine-club, por ejemplo, y también Santander, como otros autores mexicanos han hecho recientemente, presenta en el escenario guapas muchachas con la menor cantidad de ropa posible; pero distamos mucho de creer que sean ésos graves defectos. Por el contrario, la ligereza del argumento y la belleza de las chicas nos parecen aciertos, dado el género al que la pieza pertenece.

Como obra, no es Las fascinadoras ´66 nada del otro mundo. No iguala el autor Felipe Santander el acierto que tuvo al escribir Luna de miel para diez(1); ni siquiera, si la memoria no nos traiciona, el de las primeras Fascinadoras de hace algunos años, en que Santander solamente modificó otra pieza que ya existía como base, A ritmo de juventud, de Jaime Rojas. Sin embargo, como no es ciertamente una obra muy profunda, ni diálogos muy inteligentes, ni una trama muy bien tejida, ni caracteres sólidamente trazados lo que el público va a buscar a un espectáculo de comedia musical, sino solamente algo ligero, fácil de seguir, con buen humor y con rapidez, y creemos que todas estas cualidades sí las tiene la comedia santanderina, nos inclinamos a considerarla buena; su idea básica, "Convención Internacional-Reinas de Belleza", nos parece feliz, muy apropiada para el género; y hasta con su poquito de mensaje, puesto que esas reinas de belleza se congregan para buscar, a su manera, la mejor armonía y la paz del mundo, como los sabios hacen actualmente en Bellagio. De manera que hasta buenas y constructivas intenciones pueden descubrirse, y aplaudirse, en esta animada revista.

Además de actuar, y de cantar, y de bailar, Felipe Santander dirige la obra que escribió, y también ha sido él quien ha puesto la letra y la música, lo que lo convierte en una especie de amenazador rival de Juan Orol... para no decir de Charles Chaplin. No parece, como músico, ir a significar ningún peligro para Agustín Lara ni para Gabriel Ruiz; sus composiciones se escuchan con agrado, pero no se quedan en la memoria, ni parece que esté la gente precipitándose a comprar los discos, para seguir oyendo esa música en casa, como ocurría con los de My fair lady; sin embargo, es necesario reconocer que algunos números son excelentes; por ejemplo, el del "standard social", cuya letra es ingeniosa, y del que se hace una especie de traducción a varios ritmos, para mexicanizarlo, españolizarlo o modernizarlo según lo van pidiendo las diferentes estrofas, escritas con muy buen humor, e interpretadas, por el propio Santander y Eduardo López Rojas, con gracia y con intención.

El defecto principal que hemos podido encontrar a la producción ha sido la desigualdad en el grupo de los actores, que lejos de presentar lo que en toros se llamaría "un encierro parejo" forman una exposición de tipos diversos y hasta contrastantes; hay, por ejemplo, un Óscar Alatorre que no sabemos si será hijo o nieto de aquel Óscar Alatorre que cantaba tangos en 1927 y luego se fue de delegado de la ANDA a Monterrey (porque él mismo, no podría ser) que tiene visiblemente mayor edad que todos los otros; el propio Felipe Santander, que fue un tan escultural Hipólito hace 10 años (aproximadamente) ya está algo pesado y pasado para los papelitos de estudiante, que en cambio dan perfectamente otros de sus compañeros; pero los hay gordos y flacos, altos y chaparros, feos y... no tan feos, sosos y no tan sosos, de manera que en ningún momento integran un grupo unificado, como se requeriría para la buena presentación de los números de conjunto. Aunque, eso sí, todos bailan, bien manejados por Edmundo Mendoza, y cantan un poco, y algunos, que son actores, como Antonio Alcalá, dicen lo que hay que decir con claridad y por derecho.

Más parejo está el lote de las féminas, esas sí todas muy guapas, en diferentes estilos, aunque haya una miniatura, que es la salada Titina Romay, y algunas otras resulten un tanto desabridas; pero sí logran formar el conjunto agradable a la vista que se requería; anda por ahí, no luciendo mucho como actriz, pero sí dejándose ver como mujer, Elvira Castillo; saca mucho partido de su papel Gloria Muniche, disfrazada de hija de Libertad Lamarque, luce como bailarina y como hembra Dévorah Velázquez, hace gracia Estrella Paumpin, y se ven monas Evelyn La Puente, Fabiola Falcón y July Jennsen; actúa poco, pero canta algo, y es la única que lo hace en toda la compañía; Durcy Denis, que, por comparación con el resto del cuadro, llega por momentos a parecer la Callas; en materia de canto quien está a media calle es el autor de la obra Santander, a quien no llega a oírsele nada, ni porque usa micrófono.

Mejor resuelta está la parte coreográfica, pues Mendoza obtuvo de ellos y de ellas un satisfactorio rendimiento; no son precisamente muy originales los números de baile, sino más bien copias de los que hemos visto en las películas de Gene Kelly o de otros coreógrafos yanquis; pero eso va bien; como también la escenografía, de David Antón, y el vestuario, de Jesús Morán. La orquesta de Kay Pérez, poco numerosa (aunque más que el público de algunas noches) se hace oír, y resulta grata.

En conjunto el espectáculo nos parece cuajado de buenas intenciones, bien ideado, bien concebido, no mal trazado, y si resulta en algunos sentidos ejecutado o realizado con cierta pobreza, pensemos en que no puede pedirse más en un país en donde la revista musical ha de verse por 12 pesos, igual que un monólogo de Rambal o de Carmen Montejo. Muchas noches habrá habido en el Bosque en que no haya podido pagarse con la entrada bruta ni siquiera la orquesta. En estas condiciones, es heroico intentar un género que requiere gastos, lujo, nombres, estrellas, ropa, luces. Un día, sin embargo, llegará a ser posible montar comedias musicales en México, y entonces será justo recordar que quien dio los primeros pasos para la creación de una comedia musical mexicana y no de importación, fue (del brazo del Jaime Rojas, la primera vez) Felipe Santander; y así como nos acordaremos de Brigadoon y de My fair lady, o de Los fantástikos, recordaremos estas fascinadoras, y aquéllas otras, y Viajar no cuesta nada, que han sido esfuerzos muy plausibles y muy bien orientados, y por todo ello merecedores de estímulo.


Notas

1. Véase la crónica respectiva del 20 de enero de 1960 que se incluye en este volumen.