FICHA TÉCNICA



Título obra Don Gil de las calzas verdes

Autoría Tirso de Molina

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Marta Navarro, Flora Dantus, Luis Miranda, Joaquín Lanz, Mabel Martín, Alejandro Morán, Luis Torner, Adrián Ramos, Héctor Cruz, Roberto Trejo

Escenografía Arnold Belkin

Música Luis Heredia, Joel S. Espinosa y Fernando Herrera

Vestuario María Eugenia Fonseca

Espacios teatrales Cancha de frontón de Ciudad Universitaria

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina en versión de Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 4 mayo 1966.




Título obra Yo también hablo de la rosa

Autoría Emilio Carballido

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Socorro Avelar, Yolanda Guillaumin, José Alonso, Felio Eliel, Sergio Jiménez, Juan Ángel Martínez, Socorro Merlín o Liza Willert

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina en versión de Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 4 mayo 1966.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   4 de mayo de 1966

Columna Teatro

Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina en versión de Héctor Mendoza

Rafael Solana

Aunque tardíamente, por fin pudimos conocer la jovial versión que muchachos universitarios están haciendo de la comedia clásica Don Gil de las calzas verdes, tuvo parte en ello Paco Malgesto, que invitó a Héctor Mendoza y a sus huestes a hacer unos minutos de "trailer" en su popular programa de media noche, que de tan enorme auditorio disfruta; esta invitación amplió formidablemente el círculo en que la noticia de estas representaciones había tenido eco, pues la difusión de ellas había sido, hasta antes, más bien escasa.

A la bellísima Ciudad Universitaria nos dirigimos, con todo lo que eso tiene de safari, de exploración y de aventura; conocimos el estupendo Frontón cerrado, que es una de las pocas pero magníficas obras que dejó el talentoso y prematuramente fallecido arquitecto Alberto T. Arai; y allí vimos, mezclados con un par de centenares de personas cultas, ese prodigio de la resurrección de la solemne momia galvanizada en forma mágica por la juventud y la inteligencia de Héctor Mendoza; Don Gil es, de todas las comedias del Siglo de Oro, una de las que más han sufrido con el tiempo; sus situaciones se volvieron inocentes; su "travestimento" parece más absurdo, arbitrario y convencional que los de Shakespeare, que el de Bouilly (Fidelio) y el del Duque de Rivas (La forza del destino); se requería mucho buen humor para poner en pie tan respetable cadáver, que ya sólo parecía bueno para ser leído, entre sonrisas, como parte de la documentación exigida por una clase de literatura. Y Mendoza ha hecho ese milagro, el de poner en pie a este muerto. Y lo ha logrado, debemos proclamarlo, en forma admirable y magnífica.

El público seguía con el más vivo interés los incidentes de la vetusta comedia, comulgaba con sus situaciones, y apreciaba la ironía que el director y los artistas pusieron para subrayar algunos matices de ella, no sólo con las entonaciones, sino hasta con músicas y pasos de baile, muy bien venidos al caso, y que si fueron audaces en su concepción, resultaron en su realización acertados y felices.

Al vivo ritmo, a la juvenil alegría que Héctor Mendoza supo imprimir a la pieza, para hacerla comprensible, soportable y aun godible a un auditorio de nuestro siglo, hay que agregar el dinamismo, la intención y la gracia de los artistas que la interpretan, y a algunos de los cuales vamos a mencionar con elogio; en primer término, a Marta Navarro, que saca con verdadero primor, con fibra atlética, con humor, el difícil papel de don Gil; luego a Flora Dantus, deliciosa y fina con doña Inés; en el papel de don Juan se anuncia a un Luis Miranda que desde luego no nos pareció ser el joven artista de esos nombres a quien antes hemos conocido y admirado. Joaquín Lanz, Mabel Martín, a quienes hemos conocido en otra clase de teatro, están a perfecta altura; mucho hacen la delicia del público Alejandro Morán, Luis Torner, Adrián Ramos, en los papeles cómicos; buena figura y clara dicción luce Héctor Cruz como galán; y, de entre la gente menor llama la atención, por su buena estampa, por su ritmo en el baile, Roberto Trejo a quien nos parece prometida una buena carrera en el género, poco competido, de los galanes. Ingeniosa, alegre y simpática la escenografía de Arnold Belkin; llenos de gracia y de luz los trajes, que realizó María Eugenia Fonseca, y dignos de mención Luis Heredia, Joel S. Espinosa y Fernando Herrera, los músicos.

Ha sido la de Don Gil de las calzas verdes una representación verdaderamente llena de encanto, de fina gracia, de juventud, de alegría, de vivacidad, de color, que mucho hemos de agradecer a Héctor Mendoza y a todos quienes con él han participado en el felicísimo experimento. Incluso Tirso de Molina que en su tumba se habrá regocijado de que se haya dado nueva vida a sus empolvecidos huesos, en forma que no por confianzuda y familiar ha dejado de ser respetuosa y plena de afecto.

Yo también hablo de la rosa de Emilio Carballido, dirige Dagoberto Guillaumin

De una cosa podemos ya desde ahora estar seguros los críticos: de que no pasaremos fatigas al final del año, como ya otras veces ha ocurrido, para encontrar una obra mexicana digna del premio "Juan Ruiz de Alarcón"; ya ha surgido una estupenda y brillantísima, por todos conceptos digna de ese premio, y mucho dudamos que en lo que falta del año vaya a brotar otra que ni siquiera de lejos pueda competir con ella en méritos; de manera que pensamos que, a menos que de alguna sorpresa venga a producirse dentro de algunos meses, el premio del mejor autor mexicano se lo va a llevar de calle y sin discusión Emilio Carballido por su comedia Yo también hablo de la rosa, que ha estrenado(1) ,con lujo, el teatro Julio Jiménez Rueda, el más bello y cómodo de México.

Acierta plenamente Héctor Azar, director del departamento de teatro del INBA, creemos, al escoger obras como ésta, de exquisita calidad, para invertir en ellas los cortos dineros del Estado; otras comedias pueden por sí mismas salir a defenderse, y hasta hacer carrera; la de Carballido es tan fina, tan exquisita (como una rosa) que no habría sido comprendida por el gran público, y no habría tenido esperanzas de ser montada por empresarios comerciales; entonces acude el Estado, y le da la mano; así debe ser, y qué bueno que así es en este caso.

Novedosa en su construcción, en un solo largo acto, con muchas escenas, algunas de ellas sin relación con las otras, y algunas de reproducción, bajo diferente luz, de otras ya pasadas, tiene la obra de Emilio agilidad, gracia, vuelo, imaginación, poesía; en cierto sentido viene a inscribirse en la moda de las comedias harapientas (como Divinas palabras, como Olímpica, como El guardián, y otras que hoy se usan) y a algunos les ha recordado Rashomon, a nosotros más bien, Te odio, mi amor, aquella película cuyo reparto encabezaron Rex Harrison y Linda Darnell, y en la que un director de orquesta imagina el desenlace de su drama de tres maneras diferentes, según el espíritu de la música que va tocando, de Rossini de Tchaikovsky, y, si no recordamos mal, de Beethoven. Relacionar a Carballido con la música no va descaminado. Ya en una obra intentó repetir la Sinfonía doméstica de Strauss, y ahora en ésta introduce variaciones, vuelve sobre los temas, cambia de tonalidad, acomete scherzi, con la virtuosidad de un compositor, o por lo menos de alguien que conoce muy bien la música. Tenemos la impresión de estar oyendo un buen cuarteto de Beethoven, de los últimos, en una estación de frecuencia modulada, después de que en los otros teatros sólo hubiésemos escuchado a Mike Laure o a Palito Ortega; la literatura de Carballido (y el teatro que con ella se hace, incluidos todos sus otros elementos) tiene esa calidad de distinción que eleva, que exalta, que saca a uno de la vulgaridad del ambiente; pero que a cambio de esta exquisitez y este refinamiento tiene la desventaja de tener corto público. Eso sí, un público culto y fino, inteligente y preparado, cuya única desgracia es ser muy poco.

Deliciosa la comedia, llena de gracia en sus punzantes caricaturas, felicísimas y muy hondas; espejeante de inteligencia y de cultura (es Carballido de seguro el más inteligente y culto de todos nuestros autores), llevada sin rapidez, con ritmo, y con un vuelo poético que arrebata, por momento, hace el recreo de los espectadores capaces de penetrar en todas su irónicas intenciones y de estremecerse con sus consideraciones filosóficas, de muy vasto alcance y de muy profunda penetración. El cuadro de las tres rosas nos ha parecido bellísimo, y con un texto que es de lo más hondo y alto que hemos escuchado en todo el teatro contemporáneo. Esta obra sí que haría honor a México si, traducida, fuese llevada a los escenarios de Estados Unidos o de Europa.

El reparto de esta pieza tal vez desconcierte un poco al gran público, al que se deja deslumbrar por las grandes nombres, famosos en el cine y en la televisión. Lo encabeza Socorro Avelar, que es una notable actriz, desde hace tiempo conocida de los entendidos, pero que nunca había estado en lo más alto de un cartel; se había casi especializado en brujas de Macbeth o en erinias de Esquilo. Ahora, por primera vez la vemos aprovechada en todo su esplendor; muy elegantemente vestida, con tres ricas túnicas, luce en primer lugar, muy guapa, y deja apreciar su hermosísima voz, una de las más ricas, extensas y bien educadas de todo el teatro nacional. Hace un personaje extraño, bruja también, un poco, como en Shakespeare o más bien hada; no tiene nada que ver o poco con la obra y sus recitados son como cosa aparte, como números de concierto intercalados; pero sus dos o tres intervenciones son una delicia por la forma en que pronuncia y matiza, y por el vuelo poético que sabe dar a cuanto dice. Ella es como la reina de la obra, y vuela por encima de todo los demás, como en otro género.

Luego viene un cuadro realista, en el que luce mucho la muchachita Angelina Peláez, en un papel que el espectador siente como escrito para Yolanda Guillaumin, a quien constantemente se evoca, y cuya personalidad memorable parece tan ligada a la producción de Carballido; en un papel de niño José Alonso, algo crecido, se hace simpático, y en uno de héroe obrero alcanza el punto más alto de su carrera el recién desempacado de Europa Felio Eliel, que evidentemente hizo en Polonia progresos que su actuación anterior, en Mudarse por mejorarse, no había permitido advertir. Muchos otros rostros conocidos ya del teatro del Bosque o de la Sala Villaurrutia ve uno allí después, en otros papeles, que doblan y triplican algunos, y todos aciertan, así Sergio Jiménez que está feliz en por lo menos dos de los suyos como Juan Ángel Martínez, Socorro Merlín o Liza Willert; algunos no son actores sino bailarines, pues la obra (pero no vayan ustedes a creer que se trata de una comedia musical) tiene su música y su coreografía, alguna parte de la cual hizo reír de muy buena gana (por su fina ironía) a Amalia Hernández, que presenciaba la función a la que asistimos.

Párrafo especial merecen el director, Dagoberto Guillaumin, que espléndidamente se ha sacado la honda espina que todos reconocen que se clavó en Troilo y Crésida, y que se apunta ya como uno de los directores que de seguro estarán este año en la terna, y el escenógrafo, Guillermo Barclay, que habrá de competir con David Antón por el premio a la mejor escenografía de 1966; la que ha hecho para Yo también hablo de la rosa, es magnífica, original, funcional, poética, muy vistosa y espectacular; tal vez haya resultado carísima, eso sólo lo calculamos, pero brilla mucho, y ambienta perfectamente la obra.


Notas

1. El programa de mano no consigna la fecha de estreno, sólo señala que la obra se presentaba los jueves a las 8:30. P. de m. A: Dagoberto Guillaumin.