FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del autor sobre los exámenes de grupos de actuación y prácticas escénicas de la Escuela de Arte Teatral del INBA

Referencia Armando de Maria y Campos, “Los exámenes de fin de curso de la Escuela de Arte Teatral de México”, en Novedades, 11 diciembre 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Los exámenes de fin de curso de la Escuela de Arte Teatral de México

Armando de Maria y Campos

Con el mayor interés presencié las pruebas finales, o exámenes, de los grupos de actuación y práctica escénica de la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes, que están bajo la dirección de Xavier Villaurrutia, André Moreau y Ricardo Parada León; ocupaciones inaplazables me impidieron asistir a las de los alumnos de Julián Duprez, y cuando ya habían pasado me enteré de las que anteriormente presentaron los de Clementina Otero. Durante esta misma temporada de exámenes de alumnos de teatro también se presentó, ante reducido auditorio, un grupo que dirige el señor Ruelas, que no sé si pertenece a la Escuela de Arte Teatral. Tuve noticias de estos exámenes días después de celebrados.

¿"Técnica de actuación y práctica escénica"? La denominación me parece justa, acertada, porque el teatro es un espectáculo en que personas vivas actúan para representar algo. Las palabras "actúan", "actuación", son certeras en el caso, ya que en griego "drama" significa "acción", palabra castellana derivada de la latina actio, también raíz de los vocablos actor, acto, actividad. ¡Y sin acción no hay teatro!

Cerca de medio centenar de alumnos presentaron los profesores Moreau, Villaurrutia, Parada León, Duprez, Otero, Ruelas. Como ya se ha comentado, sorprende el vivo interés y grande empeño que tan nutrido número de jóvenes muestra por aprender "actuación", apenando la consideración de que esto suceda precisamente durante una época en la que en nuestro país no se ve teatro... ni teatros, y no por culpa "de los tiempos", ya que en los Estados Unidos, Inglaterra y Francia el interés por el teatro, tanto profesional como experimental, es sencillamente arrollador.

Entre los grupos que se examinaron este año, descuella ventajosamente el dirigido por Xavier Villaurrutia, pues sus alumnos, sin distinción, han adquirido dos condiciones básicas de todo buen actor: dicción impecable y seguridad escénica resuelta en actitudes y movimientos naturales, precisos, del mejor gusto. De los alumnos del señor Villaurrutia, sobresalen: Antonio Robledo –protagonista de El hijo pródigo de Gide– que reúne el mayor número de dotes: buena figura, bella voz, ductilidad, proyección escénica y una clara concepción poética; Horacio Fontanot, mexicano hijo de italianos, gran temperamento dramático, que no obstante su juventud, controla admirablemente. Actuó y dijo con seguridad y emoción dramática escenas de La antorcha encendida de D'Annunzio, El duelo de Lavedan y A la sombra de las estatuas de Duhamel; Roberto Nieto, con todas las dotes requeridas pra un buen actor de carácter; Agustín Sauré, que interpretó el papel de Hermano Mayor de El hijo pródigo, tiene la mejor figura y prodigiosa voz, aunque todavía es algo duro se gesto. La señorita Beatriz Aguirre, de clásica y distinguida belleza, fina sensibilidad y deliciosa voz, modula exquisitamente y tiene también raro sentido de lo plástico. Conmovió su interpretación de la Hermana, en La antorcha encendida. Acompañaron a estos talentosos jóvenes en la intepretación de escenas de Demetrio de Romains, El pobre Barba Azul de Villaurrutia, Los mal amados de Mauriac, El hijo pródigo de Gide, etc., Olga Carballo y Gloria Cancino, Julio González, Moisés Vázquez, Jorge Martínez, Ileana Soto Mayor, Alfonso Pallares, Agustín Sauret, Raúl Reyes, Alberto Martínez y Raúl Dantés, este último discípulo de la señora Otero.

Muy numeroso el grupo del profesor y autor Ricardo Parada León, no cuenta, desgraciadamente hasta ahora, con ningún elemento excepcional. En cambio se enorgullece de presentar a dos actores autores: Othón Gómez, de quien son los juguetes cómicos A la luna y En el parque, y las comedias Ligera confusión y La bailarina sin abanico, y Carlos Ancira, que lo es de la comedia El inventor, algunas de cuyas escenas representó, como Gómez en sus piezas.

El grupo de André Moreau presentó escenas de la mejores obras del teatro francés clásico: Fedra y Británico de Racine, El celoso farfullero de Molière; del teatro romántico, Los caprichos de Mariana de Musset, y dos de El tiempo es sueño de Lenormand, además de varias de Tierra baja de Guimerá, Donde está marcada la cruz de O'Neill, Vuelta a la tierra de Lira, Prohibido suicidarse en primavera de Casona y Bodas de sangre de García Lorca. Muy numeroso este grupo, cuenta con dos elementos con auténtica gracia y vis cómica, la bella señorita Alma Margarita Alfaro y el joven Adolfo Graniel Luna, protagonistas de El celoso farfullero, y con un alumno aventajado, con facultades y talento, Mario Muratalla, cuya capacidad amplia y profunda quedó claramente demostrada en Británico, Los caprichos de Mariana y Bodas de sangre. Tengo referencias de un joven alumno del señor Duprez, de apellido Merino, que dijo muy bien largas tiradas de Hamlet. Lamento no haber presenciado las pruebas de este grupo, como también las de los de la señora Otero y el señor Ruelas.

Ante esta maravillosa experiencia viva de medio centenar de jóvenes que quieren y pueden ser actores, y que, para probarse, actúan, el cronista se pregunta con la esperanza de hallar la respuesta, y darla en seguida a los jóvenes actores: ¿qué debe predominar en la interpretación del actor: la forma o el contenido, la técnica o la inspiración? La interrogación no es nueva. Dos actores, indiscutiblemente grandes, Tommaso Salvini y Benoit Coquelin, la discutieron, y cada uno tuvo "su" razón. "¿Debe estar un actor –pregunta Salvini– verdaderamente conmovido por las emociones que representa en la escena, o tiene que quedarse tranquilo, indiferente a ellas, sin permitirles que se apoderen de él, y haciendo creer mientras tanto al espectador que está profundamente apasionado?" Salvini mismo responde: "Estoy convencido de que todo actor eminente tiene que sentirse profundamente conmovido por lo que está interpretando en la escena. De ello depende o no llegar al corazón del espectador". Por su parte Coquelin predicaba que el intérprete tiene que quedarse absolutamente impasible en su interior, guardar sangre fría aun representando las pasiones más impetuosas, y "fingir" ser una persona realmente emocionada y proceder en su juego escénico valiéndose no del corazón sino de la cabeza".

Lo cierto es que –lo diré con palabras de Vajtánjov–: "No es posible aprender a crear; artista... se nace. El error de las escuelas teatrales es querer enseñar, mientras que lo que hace falta es educar", que es lo que –creo– vienen haciendo con éxito, Villaurrutia, Moreau, Parada León y los demás profesores de la Escuela de Arte Teatral de México.