FICHA TÉCNICA



Título obra Los hombres del cielo

Autoría Ignacio Retes

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, Aarón Hernán, Mario García González, Jorge Mateos, Felio Eliel, Bruno Rey, Ignacio Retes Jr., Ángel Pineda, Jorge del Campo, Pedro Amendáriz, Julio Monterde, Luis Gimeno

Escenografía Julio Prieto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los hombres del cielo de Ignacio Retes]”, en Siempre!, 6 octubre 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   6 de octubre de 1965

Columna Teatro

Los hombres del cielo de Ignacio Retes

Rafael Solana

Con algún retraso (de cuatro días) para dar lugar a unos cuantos ensayos más, que la afianzaran mejor, por fin fue estrenada la obra de José Ignacio Retes Los hombres del cielo(1), escrita con motivo de la proximidad del centenario de fray Bartolomé de las Casas, centenario que tal vez hubiera sido la ocasión más apropiada para este estreno (y eso habría permitido todavía mayor número de ensayos) ya que los comentarios de prensa, que pueden esperarse muy copiosos, que en esos días se hagan en torno a la figura del obispo de Chiapas, habrían podido entonces servir de propaganda a la pieza dramática, que ahora se representa dentro de un cierto ambiente de frialdad hacia el protector de los indios.

Retes, de quien recordamos dos obras anteriores excelentes El aria de la locura y Una ciudad para vivir, voluntariamente se encerró esta vez en un círculo estrechísimo, que no le brinda mucha ocasión de lucir sus dotes como dramaturgo, valiente y conocedor del oficio; con una gran limpieza, con mucho decoro, ha salido del paso, demostrando habilidad y experiencia; pero juzgamos que fracasa en uno de sus intentos, el de interesar al público, mientras seguramente triunfa en otros; su pieza le ha resultado más como una bella conferencia, ingeniosamente adornada con estampas, que como un drama; y el público la sigue con ese interés relativo, entre cortés y somnoliento, con que suelen seguirse las conferencias, en las que hasta las personas más embebidas suelen cabecear un poco, a ratos, por muy brillante que sea la exposición del orador y por muy grande que sea el atractivo de su tema.

Retes no se atrevió a tomar a fray Bartolomé como a un personaje dramático, y tal vez hizo bien en sentir ese temor, porque se trata de una figura muy contradictoria y muy controvertida; para algunos es un santo, y para otros un viejo loco, intrigante y enredoso, exagerado y mendaz; quizá era todo eso al mismo tiempo, lo que cabe en lo posible, pues no siempre se exigió para ser santo, ser cuerdo; pero Retes, o no tuvo tiempo de estudiar mucho, y de tomar un partido, o no quiso enemistarse con nadie, y en vez de aceptar la figura de fray Bartolomé en toda su grandeza (positiva y negativa) y en toda su longitud (una vida muy prolongada) escogió solamente un par de episodios de esa vida, que toma ya bastante avanzada, y que deja a la mitad, en punto y coma; si fuera película, ya sabríamos que luego vendría la segunda parte, “El regreso de los hombres del cielo”, o “El tesoro de Fray Bartolomé” ( ya que no cabe “El hijo del obispo”); pero así... tal vez le agregue más adelante un tercer acto, que buena falta le hace, y achique los dos que ahora la componen y en los que abundan las reiteraciones; si hace esa revisión, no estaría de más que se acordara de tachar siquiera unas dos mil veces la palabra “clérigo”, que aparece casi en cada renglón, y que acaba por fatigar al auditorio como una nota monótona, como una pertinaz gota de agua, semejante a esas que caen en algunos estudios pianísticos, por ejemplo, de Chopin.

Del teatro se sale con la duda de si fue fray Bartolomé un gran hombre (aunque se le pinta como generoso, valiente y combativo defensor de los indios) o no lo fue, pues que se le mira fracasar en sus intentos, no convencer a casi nadie, y concitarse la animadversión de casi cuantos le rodean; más definidos quedan los padres dominicos, ésos sí muy enteros y muy santos, además de muy buenos creadores; el cardenal Jiménez de Cisneros aparece, en cambio, como un idiota.

Pero si como autor Retes no ha hecho más que salir con honor de un paso difícil en el que no comprendemos bien para qué fue a meterse, sin más pecados que algunos veniales de gramática, como confundir las terceras personas del plural, con las segundas y cambiar de sexo a algunas personas (Su Majestad es femenina siempre, aunque se trate de reyes y no de reinas), en cambio como director ha logrado un trabajo notable. Se le tacharía quizás, solamente, de cierta monotonía, pues casi todos los personajes están en la misma cuerda de exaltación y de enojo, sin matices apenas; pero logró que todos sus actores, y forman un grupo extenso, pronunciaran bien (dejó el idioma un tanto anticuado, lo que le da elegancia y sabor), y, sobre todo, hizo, con la ayuda de Julio Prieto, que compuso una escenografía muy sencilla, pero muy hermosa, cuadros muy bellos, composiciones muy plásticas, que son un agrado para el ojo, mientras la monotonía del texto es en cambio un anestésico para el oído. Los grupos, de tres, cuatro o cinco personas, o dos, están siempre equilibrados con gusto, sus posiciones en el escenario, estudiadas con inteligencia; trajes generalmente muy plásticos y teatrales (con pocas excepciones) contribuyen a esta belleza pictórica que es, en este caso, el acierto más notable del director.

Reaparece con esta obra Ignacio López Tarso, después de un viaje al sexto continente; no es la que logra del inquieto obispo de Chiapas (que no llega a serlo en la obra) una de sus mejores caracterizaciones; físicamente, no logra parecerse a las imágenes que han popularizado la figura de aquel famoso fraile; la pieza se acaba antes de que llegue fray Bartolomé a la edad en que más actividad desarrolló, dio más guerra, y se hizo más famoso, la ancianidad; López Tarso lo incorpora en una época anterior de su vida, todavía recio, tozudo, enérgico, lleno de vigor; en su obstinación y su terquedad llega más a parecerse al padre que encarnó Ciangherotti sobre el escenario del teatro Arlequín, en La pecadora, que el cuadro de Félix Parra que todos conocemos, tan almibarado y edificante. Como su papel no tiene matices, lo dice Nacho todo en un solo tono, gritón, impetuoso, impertinente. Si algunas dudas tuvo, en aquella especie de camino de Damasco en que cambió de encomendero a defensor, no se nota, o porque no está en el texto, o porque López Tarso no dio ese clímax dramático, ese momento de angustia y de zozobra. No llega a tener nada como majestad o dulzura, sino sólo siempre terquedad y tozudez; esta es una de las ocasiones en que más parejo y férreo hemos visto a López Tarso.

Imposible detallar en el resto del reparto, todo masculino; el grupo de los dominicos, encabezados por Aarón Hernán, está excelente; tal vez es lo mejor de la pieza; pero es que así lo escribió el autor, con más cariño que el que puso en otros personajes; los jerónimos (especialmente Mario García González y Jorge Mateos) están muy logrados; el grupo franciscano es débil; sólo se deja ver, un poco, Felio Eliel; de los reyes, tiene más papel Bruno Rey que Ignacio Retes Jr.; de los colonos, Ángel Pineda nos gustó mucho, siempre en escena (con el mismo puro a través de los años), sin salirse de caracterización ni un momento; fue un buen Diego Velázquez Antonio Gama, y quizás un excesivo Pasamonte (demasiado obviamente villano) Jorge del Campo; buena presencia tiene Pedro Amendáriz; a Julio Monterde se le ha ido la voz; Luis Gimeno se sintió el maldito de esta trama, y así interpretó a su obispo, más como un malvado intrigante que como una autoridad eclesiástica.

Ojalá que mucha gente fuera a ver Los hombres del cielo, porque se trata de una lección de historia, aunque tan fragmentariamente nos cuente la de un personaje famoso, que merece ser conocido. Y ojalá también que Retes se decidiera a escribir el tercer acto (o una segunda parte) de esta biografía tan polemizada y tan atrayente.


Notas

1. El 14 de septiembre en el teatro Hidalgo. P. de m. A: Ignacio Retes.