FICHA TÉCNICA



Título obra Cadena perpetua

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Blanca Torres, Miguel Gómez Checa, Margarita Galván, Judith Azcárraga, Rodolfo Roca, Aurora Alvarado, Herminia Álvarez, Bruno Márquez, Rogelio Quiroga, Angelines Fernández, Alberto Galán, Carlos Monden

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Cadena perpetua de Luis G. Basurto]”, en Siempre!, 29 septiembre 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   29 de septiembre de 1965

Columna Teatro

Cadena perpetua de Luis G. Basurto

Rafael Solana

Y por fin llegó la fecha, tras de que el estreno se pospuso, del 20 al 27 de agosto, y luego al tres de septiembre; tras de que se hizo en la prensa una propaganda ostentosa, y de que las notas sociales dieron vuelo a la gran cena de homenaje al autor, por sus 25 años de teatro, al fin llegó la noche en que podríamos conocer Cadena perpetua obra de la que hacía un año que veníamos oyendo hablar. Enorme entusiasmo. El teléfono copado, en todo momento; colas frente a las taquillas. Boletos agotados. Muchos invitados de categoría (pero menos, y de menos, que los que congrega Fela Fábregas) y también mucho público espontáneo, de boleto comprado y cara un poco asustada ante la presencia de toda una Montoya o de toda una Furió, en las primeras filas.

Alguien comentaba, en el vestíbulo, “ya podrán luego los críticos poner pinto a Basurto; pero esta efervescencia, esta animación, es la vida del teatro”. (En efecto, el día siguiente Fausto Castillo volvería a repetir que esto no es teatro, o que “Basurto ama al teatro, pero no es correspondido”; sin embargo, esta vez la nota de Fausto, tan acre generalmente, estaría teñida de cariño, de simpatía y de respeto hacia Basurto, y reconocería muchos de sus méritos, aunque persistiera en negar otros).

Se abrió el telón, y miramos el reloj, por un acto mecánico. Íbamos a estar allí como por tres horas y media.

Las cosas van y vuelven. Todos lo sabemos. Volvieron los chalecos de fantasía, y tal vez un día volvamos a ver cuellos y puños de plástico; hace algunos años, vimos una tarde, en un coctel, que la linda actriz argentina Fina Basser sacaba unos zapatos anticuadísimos, terminados en punta; meses después todas las damas los usaban, porque esa moda había regresado; para recibir a Carmen Amaya y a Tamara Toumanova una vez se puso Dolores del Río un vestido que nos pareció viejísimo, de lana blanca, luego resultó que lo había hecho Balmain en París, y que aquella línea fue, en la siguiente estación, el último grito ¿Y los peinados de bomba? La primera dama a la que vimos uno nos dio la impresión de que iba a un baile de fantasía, disfrazada de su propia abuelita. Luego los usaron todas, porque aquel modelo regresó. Nunca se sabe.

Hace 20 años, el Indio Fernández, que era considerado un genio, como director y como autor (en esto lo ayudaba Mauricio Magdaleno) nos dejó boquiabiertos con una película, Las abandonadas, en que se entregó al frenesí del melodrama en la forma más abierta y apasionada; ante nada se detuvo, rompió las barreras del buen gusto, resucitó trucos de “Madame X” y saqueó el guardarropa de la más condenada cursilería, para cuajar un melodramón artero: y cuando parecía (a los críticos) que aquello iba a causar indignación, y a ser considerado como el colmo de la desfachatez y del mal gusto... resultó que la película fue un triunfo no sólo de taquilla, sino artístico. Hoy se considera ese film como uno de los clásicos de nuestro cine, como una obra maestra.

Pasan otros 20 años, y de nuevo nos enfrentamos a un fenómeno artístico de esa naturaleza; otro autor y director, esta vez teatral, se atreve, con audacia, pero con valentía, a meter las manos hasta los codos en el depósito de las más obsoletas antiguallas literarias, a remover en el cajón de los más envejecidos trucos, muchos de los cuales ya no sobrevivían, desde hace medio siglo, sino en las obras de ese mismo autor; una ráfaga de Echegaray y la otra del Benavente más desacreditado pasan por el escenario, se nos pone el pelo de punta cuando vemos que no solamente los vestidos y los peinados, sino las frases, los sentimientos, el corte de la obra, los personajes, son de 1900 y de 1911; casi no queremos creer a nuestros sentidos... ¿Pero cómo se atreve Luis Basurto..? Pero miramos hacia la sala, desde la atalaya de nuestro palco, y ¿qué vemos? Además de las caras largas de los críticos, esos sí indignadísimos, vemos las de los espectadores, callados y quietos como en misa, siguiendo con vivo interés la truculentísima historia (la más truculenta desde Aguas estancadas, de Usigli, 1952) y bebiéndose los diálogos, y reaccionando emotivamente frente a los personajes; corren sobre la sala rumores, se oyen respiraciones alteradas, cuando aparece, como un rayo, cierto personaje, y un estremecimiento agita a la masa del público cuando se despide ese actor, pronunciando tremenda frase ¿Es decir que todavía es efectivo todo ese teatro, que todavía juegan todos esos trucos, que todavía emocionan estas monstruosidades? Pues... ¡caramba! Parece que sí; y los aplausos estallan (salvo los de los críticos, que se levantaron muy rápida y severamente de sus asientos y se marcharon sin tocar una palmada) y la gente se precipita al escenario al final de la representación, a felicitar al autor-director y sus intérpretes.

Alguien nos pregunta nuestra opinión personal ¡Qué aprieto! ¿Cómo contestar, sin mentir?, y sin parecer querer ir deliberadamente contra la corriente? Si dijéramos que nos ha gustado la obra, quizá no fuésemos sinceros; pero tampoco es cierto que sintamos el menor deseo de condenarla, o de señalarle defectos. Como en una fiesta, en que pasa un mesero con una charola en que hay diferentes bebidas, uno escoge la que le gusta, coñac, o whisky, o martini, o jugo de tomate; pero si a uno le gusta el coñac no es cosa de que se ponga a vociferar que qué porquería de whisky, ya lo tomarán los que quieran. A lo mejor les encanta. Y tal vez sea un buen whisky.

A lo que podríamos llegar aquí, en plan de sinceridad absoluta, sería a decir que a nosotros, ahora, no nos gusta el melodrama (en términos generales); pero tendríamos que reconocer inmediatamente que, de acuerdo con las reglas del género, el de Basurto es no solamente un buen melodrama, sino uno notable, magnífico y brillante, compactamente cargado de acontecimientos pasados y presentes (como en todas las obras de Basurto, hay aquello de “Durante 18 años no hemos hablado de esto, pero... hoy vamos a hablar”); los personajes están hábilmente divididos en buenos y malos; han sido trazados caracteres, violentos, vigorosos; hay miga dramática en cada actuación, a cada momento; todo es teatral, efectivo (o efectista) y eficaz. El género está pasado de moda (ya lo estaba cuando Dolores del Río hizo Las abandonadas), pero dentro de ese género ha hecho Basurto una construcción sabia y artera, impecable y sólida, segura y firme.

A los críticos, ya vimos sus caras, no les va a gustar Cadena perpetua; pero... ¿y al público? !Ah! ¿Quién podrá decirlo? Habrá que esperar. Ya lo irá él diciendo. La obra puede ser, o el más grande fracaso, o el más grande éxito de Luis Basurto. Tiene con qué explicar cualquiera de esos dos extremos. Es terrible y tremenda, espantable y espantosa, horrenda y horrorizante. Pero no nos extrañaría, ni que llegara a centenaria, ni que ese día dijeran los críticos que ya lo era desde el día de su estreno.

Con Cadena perpetua presenta Basurto al público metropolitano la compañía que lo acompañó a su gira de dos años por todo el territorio nacional. Algunos artistas ya nos eran en alguna medida conocidos; otros, son nuevos para la capital (nosotros los habíamos visto en provincia, en Culiacán, en Guadalajara, en Puebla, y ya habíamos dado de ellos aquí alguna noticia).

La primera actriz, Blanca Torres, es novedad aquí. Se presentaba ante nuestro culto público y lo hacía en un papel muy vigoroso y que le permite mostrar su talento en una extensa gama de matices. Tiene tres épocas: debe salir de 25, 36 y 50 años: la edad que da mejor es la intermedia; es guapa, sin que se deba insistir mucho en su belleza, y bien plantada, aunque no muy alta; su voz es clara y fuerte, sabe pronunciar con nitidez y con volumen; recuerda un poco esa voz, en algunas inflexiones, la de María Teresa Rivas, lo que no es malo. El personaje, una villana de cuerpo entero, se presta para que la señora Torres demuestre su poderío escénico, su autoridad, en escenas majestuosas e imponentes; su diálogo con la madre, que cierra el primer acto, fue una gran escena, una gran entrada, por la puerta más ancha, su caracterización del acto tercero también fue feliz. Habrá de gustar, de llamar la atención, esta actriz, de quien esperará el público otros personajes, como aquéllos tan diferentes del actual, en que ya la hemos visto nosotros, y con los que reafirmará el crédito que ahora sólidamente conquista.

Al peruano Miguel Gómez Checa lo vieron ya, lo entrevistaron, quienes se asomaron por aquella carpa que Luis Basurto mostró aquí, por unos días (en los campos de Buenavista) antes de salir a la gira; es un elemento excelente, muy sincero, emotivo; quizá la nerviosidad del estreno lo hizo pronunciar sin claridad algunas frases.

A Margarita Galván ya la habíamos visto en La casa de Bernarda Alba y en alguna otra obra; es una buena actriz, que cumple muy bien con su papel en Cadena perpetua; Judith Azcárraga tuvo la fortuna de llevarse el único personaje simpático de la obra, y triunfa con él; está muy ágil y amable; Rodolfo Roca es un galán de magnífica presentación y otras buenas cualidades; Aurora Alvarado y Herminia Álvarez (ya las hemos visto antes aquí) son dos caricatas muy graciosas; Bruno Márquez hace en esta pieza un papel muy pequeño. Quiroga saca con aplomo uno de poco colorido.

Como artistas invitados, que no pertenecen a esa compañía viajera y fueron contratados para completar el reparto, figuran los ya muchas veces juzgados, y siempre brillantes, Angelines Fernández, Alberto Galán y Carlos Monden.

Ni los decorados, de David Antón, ni el vestuario, que necesitaba haber sido más lujoso (sobre todo en el primer acto) merecen mención especial.

De la dirección, del autor, diremos solamente que es eficaz, que sirve a la obra, aunque sin ningún brillo especial.

El público tiene ahora la palabra, para aplaudir o para condenar a Cadena perpetua, a Luis G. Basurto y a toda su compañía.

Y ya será la taquilla quien diga cuál es el merecido de nuestro mejor melodramaturgo por haber rebasado esta vez los límites del melodrama nacional, y haber invadido los de la telenovela cubana.