FICHA TÉCNICA



Título obra Encadenados

Autoría Eugenio O’Neill

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, María Rubio, Héctor Andremar, Fernando Mendoza

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El teatro Club presenta Encadenados de Eugene O`Neill]”, en Siempre!, 1 septiembre 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de septiembre de 1965

Columna Teatro

El teatro Club presenta Encadenados de Eugene O’Neill

Rafael Solana

A través de su ya considerable carrera, en que ha hecho muchas veces, y siempre las ha hecho bien, heroínas de lo más ilustres en el panteón teatral, la actriz Emma Teresa Armendáriz ha ido adquiriendo algo que no todas las artistas, por experimentadas y brillantes que puedan llegar a ser, obtienen: clase.

Clase es lo que tienen en nuestro teatro Dolores de Río y Marilú Elizaga; clase tuvieron en el cine norteamericano, cuando había allí clase, Norma Searer, Greta Garbo o Joan Crawford; clase han tenido en el cine francés (y en el teatro) la Fueillere, la Dorziat, la Tessier, la Darrieux, la Casares: en el teatro español la Bautista.

Otros artistas tienen... vigor, pujanza, versatilidad, majestad, eminencia, gracia, elegancia, simpatía, o mil atributos más, que los pueden hacer muy cotizadas y célebres.

La Armendáriz, a costa de sacrificios, de exigencia suma, ha ido poniendo en una categoría, que ya permite citarla cuando se habla de nuestras actrices más distinguidas.

El grupo al que pertenece ella y su esposo, el director Rafael López Miarnau, ha sido alguna vez en esta página calificado de masoquista; les encanta sufrir descalabros, pasar hambres; miran con despecho, diríamos con asco, el éxito de taquilla; huyen de él; les encanta mostrarse desprendidos, ascéticos y dan la impresión de escoger, de entre varias obras disponibles e igualmente buenas, siempre aquélla que a su juicio muy acertado siempre, pueda garantizar las peores entradas.

Ahora han escogido, para atravesar una época difícil, Encadenados, vieja obra de Eugene O´Neill, que ciertamente no es una de las mejores de entre las suyas.

Hemos recordado un cuentecillo, que viene al caso. Anunciaba en cierta ocasión un locutor, por radio, una receta para un pastel que, por económico, resultaría muy atractivo para las amas de casa: no lleva huevo, ni mantequilla, ni crema, ni azúcar.

“Por supuesto, agregaba prudentemente el locutor, no es particularmente sabroso...”.

Encadenados tiene las mismas ventajas, y la misma desventaja, que aquel pastel. No lleva un extenso reparto, no necesita ropa especial, no requiere decoración, no es muy larga, ni muy complicada, ni necesita muchos ensayos...

Por supuesto, no es particularmente interesante, como espectáculo teatral.

El autor también economizó su talento creativo. No necesitó conflicto, no utilizó un ambiente, no requirió el trazo de unos caracteres...

Se trata de cuatro escenas, como de estudio, como bocetos, como práctica para soltarse la mano un escritor, y que también serían útiles para exámenes de alumnos de la clase de arte dramático. Cuatro escenas sueltas, como cuatro diálogos (el primero de ellos interrumpido unos momentos por la fugaz pasada de un tercer personaje), y en ellas se nos cuenta un episodio vanal de la vida de un matrimonio; eso que los franceses a fines del siglo pasado llamaban escenas “de ménage”. Las tres decoraciones, triviales, que la obra hubiera admitido, fueron desechadas y sustituidas por una cámara negra; los actores pueden actuar con ropa que traigan por la calle y vuelvan a llevarse, puesta, a su casa. Pocos muebles.

La dirección... no tiene muchas ocasiones de brillar. Para López Miarnau, que es un director excelente, pan comido. No tuvo que hacer ningún esfuerzo. Se ve su mano de maestro de la iluminación y en las entonaciones; pero los movimientos son pobres y el ritmo, en momentos, exageradamente lento.

Las actuaciones, sí... desde luego la de Emma Teresa, siempre excelente, muy justa, muy comprensiva del personaje. Un acierto más en su carrera; pero esta vez no se trataba de un personaje de mucho brillo.

Nos ha gustado muchísimo, más que nunca, tal vez porque no se le había dado un papel tan propicio, María Rubio, que tanto en su caracterización como en su actuación ha estado magnífica y diferente de cuanto le vimos antes. Para ellas sí es esta obra un triunfo memorable.

Nos gustaron menos los caballeros. A Héctor Andremar lo vimos un tanto deprimido y tristón, bajo de tono, en algunas escenas, sin rendir el psicópata que tal vez quiso pintar O´Neill. Este actor nos ha gustado más en otras obras de otro tipo. En cuanto a Fernando Mendoza, actor excelente y experimentado, juzgamos que le dieron un personaje exactamente contratipo. Lo saca adelante con profesionalismo, pero sin encarnarlo muy sinceramente.

Un público que sepa calibrar buenas actuaciones, y, por lo tanto, siga de cerca de Emma Teresa, o que esté interesado en literatura teatral y quiera conocer la pieza de O´Neill, irá al teatro Orientación a ver Encadenados; pero mucho nos tememos que ese público no vaya a ser muy numeroso, lo que no expone a los esposos López Miarnau al que para ellos sería sin duda un gravísimo gusto; el de ver agotarse sus localidades.