FICHA TÉCNICA



Título obra Ajuste matrimonial

Autoría Tennessee Williams

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Emilia Carranza, Sergio de Bustamante, Carlos Navarro, Andrea Palma, Alberto Galán, Julia Marichal, Julieta Velasco

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de Lucy Gallardo enLos grandes Sebastiani de Howard Lindsay y Russell Cursoe]”, en Siempre!, 28 julio 1965.




Título obra Los grandes Sebastiani

Autoría Howard Lindsay y Russell Cursoe

Dirección Enrique Rambal

Elenco Lucy Gallardo, Enrique Rambal, Ada Carrasco, Gerardo del Castillo, Ramiro Orcí, Mario Délmar, Maruja Grifell

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Sofía Kandel

Notas de vestuario Pilar Candel

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de Lucy Gallardo enLos grandes Sebastiani de Howard Lindsay y Russell Cursoe]”, en Siempre!, 28 julio 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de julio de 1965

Columna Teatro

Gran actuación de Lucy Gallardo en Los grandes Sebastiani de Howard Lindsay y Russell Cursoe

Rafael Solana

Los artistas se desenvuelven en un mundo de tentativas por diversas razones, una de las cuales puede ser la falta de madurez en su arte o, por el contrario, la decadencia, no siempre aciertan en la misma medida, o en la que desearían. Pero en el caso, de las que llamaríamos artes de colaboración, el triunfo o el fracaso de un artista, su completa realización o su frustración, no dependen exclusivamente de cualidades suyas, sino de coincidencias, de ajustes, de acoplamientos. Así, por ejemplo, las condiciones de un papel determinado, la calidad de una obra, o el mérito de una dirección, enormemente pueden contribuir al éxito mayor o menor de un actor o de una actriz, que pueden o bien aprovechar un cúmulo de circunstancias afortunadas para obtener un gran triunfo, o sucumbir ante una fuerte barrera de poderosos obstáculos, para quedarse muy lejos de ello.

A Lucy Gallardo la conocemos desde la noche misma de su debut en México, en la compañía de Petrone; a partir de entonces, por años, la hemos visto en muchísimos papeles, de teatro y de cine, en algunos de los cuales ha estado estupenda, porque se han acomodado a su carácter, a su temperamento o a su estilo; hasta creemos haberla sacado alguna vez como la mejor actriz del año en nuestra metrópoli; y, sin embargo, jamás la habíamos visto como ahora está en el papel de Éssie, en la obra Los grandes Sebastiani; todo se ha conjugado para que sea ese, a nuestro juicio, el triunfo mayor de su carrera; desde luego, ha alcanzado su madurez como artista (la conocimos demasiado joven) y ahora la perfección de su belleza (quizá con la ayuda de algún cirujano inteligente); está vestida como una diosa, en forma deslumbrante y perfectamente adecuada al papel (de las cinco despampanantes piezas de que consta el vestuario, sin contar zapatos, antifaces, ni pelucas, se da crédito a Pilar Candel; pero sabemos que en realidad corresponde a la austriaca Sofía Kandel, que ha hecho una ropa de teatro admirable y brillantísima); está dirigida no solamente con talento, sino con amor; y el papel, que es inteligente, brioso, vivaz, nervioso, le viene como anillo al dedo, como escrito para ella; se ha solido recrear esta actriz, hasta mecanizarlos un poco, en papeles de tonta, o por lo menos de distraída, que se suponía le viene mejor que ningunos otros; el que hace ahora no es así, sino rápido, vibrante, penetrante, lleno de implicaciones y de sobreentendidos, de medias palabras y de reacciones veloces, y ella lo hace como nadie lo haría, ni aquí ni en parte alguna; tan bien como Enrique Rambal hace el suyo, quizá haya en el mundo quien lo haga (pensamos en Vittorio Gassman, en Sir Lawrence Olivier, en Charles Boyer); pero como Lucy Gallardo hace el de ella, creemos que no lo harían ni Rina Morelli, ni Talullah Bankhead, ni Madelaine Ozeray, ni la Renaud, ni Mirtha Legrand, ni la Bautista, ni nadie.

La obra, de Howard Lindsay y Russell Cursoe, no es cosa del otro mundo; sí muy graciosa, muy ligera, muy bien hecha, entretenida y simpática, veloz, cuajada de sorpresas, con un hábil suspenso; pero no nada trascendente ni profundo; tiene novedad, que la estupenda dirección de Rambal ha subrayado, y tiene gracia, que las impecables actuaciones destacan; pero esta vez no se trata del triunfo de la pieza, sino del de quienes la están haciendo; ahora no “the play is the thing”, como suele decirse, sino la cosa está en cómo la hacen y en quiénes la hacen.

¡Qué gran lección de teatro, de teatro bien hecho, de gran teatro, de profesionalismo admirable y de arte elevado dictan Rambal y Lucy al dirigir él y al representar ambos esta pieza, que quisiéramos que todos los artistas y todos los aficionados de México vieran, para aprovecharse de esa cátedra! Hay veces que el teatro comercial es más admirable, más puro, más artístico, de calidad más alta, que el que se hace sin miras de taquillas, por vía experimental o universitaria. Esta es una de esas veces. En ninguna parte del mundo se ve nada mejor, en materia de actuaciones, que estas dos que estamos comentando.

Porque Rambal, si bien cede galantemente el primer sitio a su mujer, brilla también en la mayor altura; mil veces más que en la truculenta Bandera negra, que cuenta como uno de sus mayores éxitos, nos gusta ahora con esta comicidad tan contenida, con esa personalidad tan interpretativa, con esa autoridad para llenar la escena y tenernos a todos colgados de sus gestos o sus palabras. Y cómo ha dirigido, además. Hemos salido de la representación de Los grandes Sebatiani, perfectamente, colmados, satisfechos. Y hemos tenido ocasión de tocar aplausos llenos de convicción y de entusiasmo.

Los otros artistas del reparto, por esta vez, deben conformarse con triunfos mucho más modestos. Ada Carrasco, que es la estrella de mayor categoría, entre las secundarias, ha debido roer un papel antipático, y aunque lo hace bien, se limita a ocupar su lugar dentro de la relojería; Gerardo del Castillo tiene un papel de importancia, y Ramiro Orcí otro mayor que los que allí suelen darle, y también están ambos muy bien, pero una legua detrás de las luminarias de la compañía, desde la ropa y la medida de sus papeles. Mario Délmar, Maruja Grifell, “Pepet” y otros artistas tiene papeles pequeños, complementarios, sin brillo propio, y los llenan a satisfacción; pero ni de lejos pueden compararse.

Ni siquiera el maestro Julio Prieto, que otras veces es el astro del espectáculo, pasa esta vez de llenar su comisión con decoro (es lo que debe hacer el constructor del decorado casi siempre). Quienes brillan en forma solar y absoluta son Lucy y Rambal, Rambal y Lucy; y después los autores; todos los otros sólo ocupan cada uno en su sitio.

O mucho nos equivocamos, o esta obra se hará vieja en la cartelera; pues nadie querrá quedarse sin verla.

Ajuste matrimonial de Tennessee Williams, dirige Dimitrios Sarrás

Hemos oído la leyenda, o quizá se trate de algo cierto, de que alguien apostó a Tennessee Williams que no sería capaz de escribir una comedia; que Williams aceptó la apuesta y que lo que escribió para ganarla fue Ajuste matrimonial que acaba de montar un grupo de esforzados artistas en el teatro Jesús Urueta de esta capital.

Si hubiésemos tenido que fallar como jueces en esa apuesta Williams habría perdido, pues esto es una comedia sólo en el sentido en que también lo es la de Dante Alighieri, porque todo termina bien; pero ni tienen el tono, ni el ritmo, ni la pasta, ni el lenguaje, ni el corte de las comedias... o nosotros no sabemos qué será eso.

Partió Williams de un principio cómico, y desembocó en un final que no es trágico; pero, salvo en escenas aisladas, no sabe sostenerse en un tono cómico, sino pronto se inclina hacia lo dramático, hacia lo patológico, hacia lo psicopático, hacia lo morboso, lo freudiano; sus personajes son tan enfermizos y patéticos como los de sus dramas, el léxico es áspero, las alusiones libidinosas no tienen la libertad y la sagacidad de Aristófanes, sino el rebuscamiento y la tristeza de todo el resto del teatro tenesiano.

Por ejemplo, y para no poner sino uno; como en todas sus obras, hace caber aquí Williams a un afeminado; no como personaje chistoso, de comedia, tal el héroe de Los huevos del avestruz, pongamos por caso, sino como caso doloroso y dramático; pero esta vez ese personaje es ¡un niño de tres años! Nos parece ya el colmo de las ganas de buscarles tres pies al gato sobre el tejado caliente. Y de ello se habla no una ni dos veces, sino seis o siete. ¿Para ridiculizar, poner en solfa, al preocupado personaje del papá, que ve moros con tranchete, como efecto cómico? Si así fuere, está muy mal logrado. Como casi todo lo demás en la pieza, que sólo en un grado muy melancólico puede llamarse cómica, y que no oímos que arrancara, sino muy pocas risas y más bien produce en el público depresión y tristeza. La explicación de enfermedades, taras, defectos físicos, en la escena, no es verdaderamente cómica casi nunca. Más bien es lamentable y dolorosa.

Además, teatralmente está muy mal hecha la obra, en la que a cada momento algún personaje, o algunos, se quedan como encantados, en una parte del escenario, mudos, hechos unos maniquíes, mientras hablan otros; esto en una pieza de estilo realista es un grave defecto, aunque no lo sería en una un tanto fantasiosa, deliberadamente tal, como Cada quien su vida, o Las cosas simples; en el cine esto pudo ser soslayado; en el teatro, produce un efecto pésimo.

En fin, los defectos de la obra, que en conjunto podemos calificar de flojísima, pudieron ser disimulados por el director (como ocurrió cuando fue llevada a la pantalla); pero Dimitrios Sarrás, el que tomó en su mano esta dirección, no solamente no quiso disimularlos, sino puso el mayor empeño en ahondarlos. Con un tesón que a muchos parecerá admirable, con una tenacidad que nosotros llamaremos sevicia, atormentó a la actriz principal, como el verdugo más cruel, para obtener de ella, que lo dio en forma heroica, como una mártir, los efectos más difíciles y penosos, y, a nuestro juicio, los más infortunados; Emilia Carranza acomete una verdadera proeza pero no artística, sino escénica, al sujetarse a las exigencias severísimas, a las torturas que le impuso el director, violentando en todo momento su voz, imponiéndole tics, jipios, temblores, que no solamente la fatigaron a ella, sino nos enervaron a nosotros. Lo único que estábamos deseando era que le pasara el ataque; no le pasó en las dos horas. Salimos destrozados, ¿Cómo quedará ella, después de dos funciones?

Sólo le faltó a Sarrás obligar a Emilia a bailar sobre la punta de una aguja o a grabar su nombre con la lengua en un trozo de granito.¡Pobre mujer! Ahora esto le sirve a ella para saber que puede hacerlo todo, absolutamente todo, en el teatro; nada encontrará más complicado, ni más áspero, ni más ingrato, que lo que ha hecho ahora y al público, para medir la resistencia, la maleabilidad y el heroísmo de esa joven artista, a la que no se sabe si solamente aplaudirla, o también compadecer, por este martirio.

A Sergio de Bustamante también se le puso el papel un poco en esa forma; pero eso sí lo tolera la pieza y hasta en ciertos momentos lo requiere; Sergio, que se da cuenta, dramáticamente, de que ya no es el que hizo Calígula, o Hamlet, se esfuerza por ajustarse a su personaje, casi siempre poco grato, aunque tenga algunas escenas, pocas, simpáticas; Carlos Navarro, con un papel sin trucos al menos está natural (excepto cuando se ríe) y esa naturalidad se le agradece; es un respiro, en el clima violentísimo y enfermizo de la obra; Andrea Palma, que tiene una sola entrada, la aprovecha con maestría y veteranía para darnos uno de los pocos momentos gratos que nos depara la pieza; Alberto Galán hace lo que puede con un personaje que, para ser de comedia, debió de ser gordo y fanfarrón, y no macabro y sombrío; Julia Marichal pone demasiado rato una cara de asombro de la que todo el mundo se da cuenta en el primer segundo, y que no tenía por qué prolongar por cien más; y Julieta Velasco defiende muy bien sus escenas finales de la obra, sin exageraciones en ningún sentido.

Al contrario de lo que sin duda pensarán algunos, creemos que quienes están mejor en esta obra son los que hacen menor esfuerzo, los que conservan ya no digamos la naturalidad, sino la humanidad siquiera: Andrea, Carlos, Julieta y Alberto; Sergio, menos; y en cuanto a Emilia, admiramos su hazaña, y tomamos nota de su gran exhibición; pero creemos que el director la ha hecho víctima de un trabajo pedante y exageradísimo suyo, que la ha sacrificado, inmolando, en la más sangrienta de las formas.

Nos queda un aplauso para David Antón, que logró una buena escenografía realista, muy ajustada al tipo de la obra practicable, cómoda, y grata a la vista.