FICHA TÉCNICA



Título obra Cualquier miércoles

Autoría Muriel Resnik

Notas de autoría Manuel Sánchez Navarro / traducción

Dirección Manolo Fábregas , Fernando Soler, Silvia Pinal, Marilú Elizaga

Elenco Manolo Fábregas, Fernando Soler, Silvia Pinal, Marilú Elízaga

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del teatro Manolo Fábregas con Cualquier miércoles de Muriel Resnik]”, en Siempre!, 3 marzo 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de marzo de 1965

Columna Teatro

Inauguración del teatro Manolo Fábregas con Cualquier miércoles de Muriel Resnik

Rafael Solana

Por fin llegó la gran fecha, en el teatro Manolo Fábregas(1), Manolo Fábregas presenta, bajo la dirección de Manolo Fábregas, a Manolo Fábregas, en... sólo falta, para completar, que un día llegue a decirse: en La vida de Manolo Fábregas, escrita por Manolo Fábregas. Todavía a eso no hemos alcanzado; pero un día será. Manolo, nos consta, tiene buenas ideas de autor; hemos sabido por ejemplo que enmienda la plana a autores conocidos, poniéndoles finales ingeniosos, que los autores aceptan y agradecen; de allí a escribir una obra entera, ya falta poco; y que esa obra, cuando la escriba, se base en su propia biografía, no tendrá nada de raro, que eso han hecho O´Neill, y Miller, y muchos otros escritores célebres.

Pero no hagamos anticipaciones; eso alguna vez sucederá; por ahora a lo único que hemos llegado es a que Manolo compre un teatro, el Ideal con que se sustituyó, en la calle de Serapio Rendón, a la vieja bombonera de Dolores, donde Manolo debutó como empresario, con Celos del aire, hace poco más de una docena de años; compró el cascarón desacreditado y modesto, y lo decoró, a todo costo (se habla de tres millones de pesos) para convertirlo en un lugar elegante, digno de la clientela que Manolo conquistó en la aristocrática avenida Insurgentes y le puso también teatro Fábregas, como si hubiese aquí pocos teatros de ese nombre (contamos con uno en la calle de Donceles y con otro en la avenida Cuitláhuac); pero Manolo Fábregas, y no Virginia; allí está la diferencia; la gente, para no enredarse, dirá “vamos al Manolo”, como en tiempos del restaurante del señor del Valle; y los choferes de taxi se harán un lío; ya una vez oímos a uno de un radiotaxi muy confundido, porque no sabía si le había pedido que fuera a recoger al señor Basurto al teatro Fábregas o al señor Fábregas al teatro Basurto.

Tener un teatro con el nombre de uno es el máximo de honor a que se puede aspirar, cuando se es gente de teatro; doña Virginia, la abuela de Manolo, logró ese honor doblemente; también lo alcanzó Esperanza Iris; por un poco de tiempo el Lírico se llamó María Tereza Montoya, nombre que también tiene un gran teatro de Monterrey; el que hoy se llama Ofelia se llamó por unos días Luis G. Basurto, y el Sullivan, por poco tiempo, Joaquín Pardavé; hay también un Jorge Negrete, más en memoria de un líder sindical que de un actor y cantante, y el Cervantes, un teatro que estaba por la fuente del Salto del Agua, no se llamaba así por don Miguel el autor de La Numancia, sino por Félix, un empresario. Y un cine Alarcón que hay por allí no sabemos si honra la memoria del comediógrafo de La verdad sospechosa, don Juan Ruiz, o pretende eternizar la de don Gabriel, o la de su hijo Gabrielito. Otro local del mismo nombre (un teatro esta vez) glorifica a una actriz y señora, que allí se desnudó centenares de veces, y que es (como en el caso del teatro Iris) su propietaria.

El teatro Manolo Fábregas ha quedado elegante: le quitó su dueño aquella horrible entrada que parecía lienzo charro, y suprimió un segundo piso volado; dejó las mismas butacas corrientonas, pero las pintó, decoró el “lobby” en estilo Hotel Vasco de Quiroga, y puso un telón. Adornó el fóyer con muchas fotografías suyas, bastantes de su abuela, y algunas de Amparo Rivelles, José Gálvez, Rubén Rojo y otros colegas.

Hay quienes piensan que no hará negocio, por estar este teatro en una zona muy popular nada aristocrática. Seguro que sí lo hará; ya habrá comprado los estacionamientos próximos, y quizás hasta será ya socio de las taquerías y torterías del vecindario, donde la noche del estreno del teatro vimos a muchos señores de smoking y a muchas señoras de largo taqueando democráticamente.

Manolo, como era de esperarse, importó una comedia, y se excedió hasta importar a la autora, pero, como era de temerse, Cualquier miércoles no resultó cosa del otro mundo, ni doña Muriel Resnik nada extraordinario. Aquí hay comedias iguales o mejores; pero si esta se hubiera llamado Una mujer para los miércoles y la hubiese firmado Inclán... Manolo no la habría escogido.

Larga, tediosa, reiterada, es la pieza, que sin embargo tiene algunas cualidades, como la de la naturalidad en el diálogo, que es tan casero, que a veces resulta aburrido(2). Doña Muriel, que no tiene la habilidad de meter a escena a sus personajes con motivo plausible, optó por el expediente de dejar una puerta eternamente abierta, aunque se trate de una casa particular, cuya dueña anda por allí en ropas menores; entra todo el mundo, unos porque tal vez tengan llave y otros sin necesidad de tenerla; a cada momento aquella puerta se abre como el cuarto de baño de Tarugo; no faltó que entrara sino el cartero.

Con puerta tan accesible (en las viejas comedias francesas siempre había una doncella para abrirla, en las inglesas un valet, y en las españolas por lo menos decían los personajes: “como estaba la puerta abierta, me metí sin más”) menudean las sorpresas, las llegadas intempestivas... o relativamente; pues la verdad es que el público casi siempre sabe quién va a llegar, y qué va a pasar, pues la comedia es más bien inocentona en su construcción; el argumento, el mismo de Una mujer para los sábados: un viejo rico mantiene a una muchacha joven; llega un hombre de menor edad y...

Nos parece que al público mexicano esta comedia le va a parecer algo insulsa, y, sobre todo, larguísima; la noche del estreno salimos casi a la una de la mañana; cierto que la función comenzó con cuarenta minutos de retraso; pero de todos modos, el primer acto resultó eterno.

Manolo reunió para inaugurar su teatro un reparto de gran lujo; además de ponerse él mismo en uno de los cuatro papeles, llevó a don Fernando Soler, gloria de nuestra escena, en otro, y a Silvia Pinal, que es también una estrella resplandeciente, en otro, y en el último a Marilú Elízaga, que sin ser tan ilustre como don Fernando ni tan vedette como Silvia, es una estrella, y una actriz. Estuvo estupenda, guapa, elegante, y perfectamente en su papel Marilú, a quien aquí damos un gran aplauso; también muy bien Silvia, cada vez más actriz, bien vestida también, y guapa; a don Fernando a ratos se le oyó poco y mal; habla muy quedo y muy de prisa. Pero sigue siendo un gran actor, muy fino; sus logros en la parte cómica del papel fueron magníficos. Finalmente, el propio Manolo, director, empresario y propietario, se desempeñó muy bien en su nada difícil personaje, y todos quedamos contentos.


Notas

1. Inaugurado el 18 de febrero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. La traducción fue realizada por Manuel Sánchez Navarro. Idem.