FICHA TÉCNICA



Título obra El inspector

Autoría Nicolás Gogol

Dirección José Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, José Carlos Ruiz, Luis Gimeno, Aarón Hernán, Héctor Ortega, Jorge Mateos, Tomás Bárcenas, Daniel Villarín, Gerardo del Castillo, Queta Lavat, Azucena Rodríguez

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El inspector de Gogol, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 24 febrero 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   24 de febrero de 1965

Columna Teatro

El inspector de Gogol, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

Todavía la postura en escena de El inspector, de Nicolás Gogol, bajo la dirección de (José) Ignacio Retes, en el teatro Hidalgo del Seguro Social(1), pertenece al ancien régime, todavía hay pluralidad de decoraciones, montadas en el plato giratorio y hay mucha ropa, aunque no sea exageradamente lujosa, y hay un reparto abundante, con más de dos docenas de personas, pues se da crédito a 19 y alcanzamos a distinguir a ocho o diez más, quizá sea el canto del cisne de una época dorada, si como se dice, se acercaran tiempos austeros para ese y otros teatros, pero todavía en esta ocasión las cosas fueron hechas en grandes, como allí se usó hacer, durante los años que acaban de pasar, y que tal vez alguna vez por alguien sean llorados, recordados con emoción y con nostalgia.

Julio Prieto hizo caber en su escenario, oportunamente girado, el despacho del alcalde, la sala de su residencia, un cuarto en una posada, una sala de hospital, y hasta un poco las calles de la ciudad, que activamente barren, unos furiosos barrenderos, con gran alarma de los concurrentes a las primeras filas, que se benefician con una improvisada tolvanera, como si hubiesen ido a los toros a la plaza “La aurora”. Todo esto, y los trajes, convencionalmente románticos rusos, es amable y vistoso, sin ser exageradamente caro.

La obra, importantísima en la historia de la literatura, está llena de gracia; pero pensamos que el traductor, a quien ni remotamente se menciona en los programas, en los que en cambio se da cabida a los nombres de una docena de “técnicos” de mucho menos importancia, pudo haberla aligerado muchísimo: dura tres horas, y eso resulta excesivo para una pieza de la que ya se conocen el desarrollo y el desenlace, o porque se la ha visto antes, en teatro, en televisión o en cine, o porque todo es muy obvio, muy sencillo y fácil de captar, para las mentes de espectadores sin duda más avisados que los mujiks esteparios de hace 130 años; pensamos que habrían podido suprimirse para modernizar la pieza y hacerla más leve, los monólogos. Alguno de los cuales llena páginas enteras; en el cine, recordemos (para Danny Kaye y Elsa Lanchester) se agregaron a la obra números musicales o pantomímicos, para alegrarla, y se hicieron mucho más breves algunas de sus escenas, sin que con ello pierdan gracia. Debemos hacer notar que varias de las risas que escuchamos la noche del estreno tuvieron su origen no en la comedia misma, ni en la actuación de sus intérpretes, sino en la mala intención del público, que in mente hizo alusiones a cosas mexicanas. Por ejemplo, provocó carcajadas que en un teatro del Seguro Social, precisamente allí, dijera el director del hospital que no vale la pena dar medicinas caras y cuidadosa atención a los enfermos, pues se han de morir si Dios así lo quiere y de todos modos sanarán si esa es la voluntad del Señor. En otra parte eso habría sido solamente un chiste más; pero en el Seguro Social, allí parecía una declaración de principios. Otras bromas, acerca de la limpieza de las calles o del mantenimiento de las cárceles también hicieron sonreír o reír, porque lograron poner en movimiento la maquinaria mental de los espectadores, y que en sus cerebros apareciese la imagen augusta de algún elevadísimo personaje de nuestra vida nacional, desde hace algunos sexenios.

Pero la obra es sí... es cierto, muy graciosa, muy picante, digna de Molière; pero también, ya para nuestro tiempo, un tanto inocentona, demasiado ingenua. Tenía que haber entrado en acción un inteligente adaptador, tijera en mano; en Roma, en la gran época los escultores retrataban a las emperatrices en mármol, cuidando de que los peinados fuesen desmontables; si un peinado pasaba de moda, otro escultor venía, esculpía una nueva peluca, y sustituía con ella a la antigua que se desprendía sin dañar los rasgos del rostro; no se ofendía el escultor que había hecho el busto porque viniese otro a modernizarlo; tampoco se ofendería Gogol (ni se ofenden Molière ni Shakespeare) porque se les metan mano a sus comedias y se pongan a tono con la época; el escritor que adaptó para el cine El inspector e hizo de ella una comedia divertidísima, muy ligera y muy amable, hizo más por la gloria de Gogol que el traductor que la respetó en su integridad y permitió que pareciese, al público del siglo siguiente al de su estreno, a ratos pesada, reiterada en momentos, ingenua y sosa por instantes, y con muchos de sus efectos con gran anticipación “telegrafiados”.

Hay dos criterios para formar los repartos, uno, que parece ser el más moderno, consiste en escoger, de toda la Asociación Nacional de Actores, al que convenga más para cada personaje, si es que se consigue que ese alguien no esté en esos momentos agobiado por películas para el día, contratos de televisión para la noche y actuaciones de cabaret para la madrugada; en teoría, es muy bueno este sistema; pero en la práctica, siempre resulta que las 10 o 12 personas en quienes primero se piensa para un papel, están todas en esas condiciones de asfixia, entre locaciones y grabaciones o doblajes, y acaba uno por conformarse con lo que encuentra disponible; el otro criterio consiste en formar una compañía fija, en que haya primer actor, primera actriz, galán, damita, barba, padre noble, villano, actriz genérica o cómica y entre ellos repartir, como se pueda cada comedia; esto obliga a veces a tomar decisiones descabelladas; pero resulta práctico y eficaz, y es una gran escuela para los artistas, que no hacen solamente un sólo papel en toda su vida (el de cocotte, el de japonés, el de obispo) sino muchos muy diferentes, y a los aficionados les permite ver cuáles son los recursos de los actores y actrices para vencer dificultades (Bárbara Gil de vieja fea, Guillermo Rivas de negro viejo, etcétera); nosotros, francamente, nos inclinamos por este segundo método.

En el Seguro Social se aplica una combinación de los dos sistemas, hay libertad y dinero (o los había) para llamar a quien pareciese prudente para cada papel; pero no es posible olvidar que había los dueños de la casa, a quienes siempre sería bueno dar papeles; la Guilmain y López Tarso, en primer lugar. Nosotros pensamos que el papel de Iván Alexándrovich Jlestákov absolutamente no le viene a López Tarso, pero, justamente por eso, más interesante resultaba verlo aceptar el reto; el actor que tiene la autoridad, el peso, para hacer Moctezuma II, Macbeth, Enrique IV, Cyrano, no puede tener la ligereza, la debilidad, que se necesitan para El inspector; es como en la ópera en que no puede cantar el Duque de Mantua el mismo artista que canta Felipe II o Boris Godunov; uno tiene que ser tenor ligero y el otro bajo profundo. ¿Que es un atrevimiento el de Nacho López Tarso al aceptar papeles ligeros igual que los más profundos? Bueno, esa audacia es un incentivo más para los espectadores.

Como nos pasó en Querido embustero, de salida nos chocó Nacho, nos pareció inadecuado, no daba físicamente el personaje; pero comenzó a actuar, fue avanzando la representación... y llegó un momento en que ya no podíamos pensar en otro intérprete para el papel; encontramos que se había identificado el actor con el héroe, que lo había acomodado a su medida. Hasta una espectadora vecina nuestra (la China Mendoza) lo veía guapísimo (a tanto no pudimos llegar) y, desde luego, lleno de gracia y de simpatía. Acabó por imponerse, y por demostrar que cuando se es un gran actor, se pueden hacer todos los papeles.

Tampoco a José Carlos Ruiz le venía para nada el papel que le repartieron; pero en este caso el milagro no se produjo; no llegó ni a parecer ruso nunca este actor, que creemos nacido para obras mexicanas de ambiente prehispánico, o hechos con máscara, ni tampoco pudo convertirse en el gracioso clásico, que a veces ha interpretado con gracia Memo Orea, o que va bien a otros artistas.

Para Luis Gimeno era mucho papel el de Antón Antónovich Skvonsjak-Dmujanovski, que es tan importante como el titular de la obra; nunca lo habíamos visto hacer un papel de tal responsabilidad, salvo el de “Fastaff”, en una función un tanto estudiantil. Y está bien, hasta muy bien; sólo que todavía nos parece un poco verde, de carrera y de nombre, para personaje tan grave, digno de un primer actor cómico de más larga experiencia.

Aarón Hernán aceptó en esta ocasión un personaje pequeño, muy por debajo de sus pretensiones y de sus antecedentes; se mezcló un poco con el tropel de los demás actores; pero hacia el final de la comedia pudo hacerse notar en algunas escenas, en que se puso el papel a la altura del actor. Héctor Ortega, en cambio, que ha hecho hasta Hamlet, no llegó a tener sino un sólo momento de personal lucimiento en su caricatura, que hizo con mucho tino, pero que no sobresale del friso; brilló, a nuestro juicio, mucho, especialmente en el primer acto, Jorge Mateos, que hizo un característico muy bien detallado y logrado con el mayor acierto; Roberto Rivero, que encajó a la perfección en su personaje grotesco, lo sacó muy bien también. En menor escala se lucen Tomás Bárcenas, Daniel Villarín, Gerardo del Castillo y otros artistas.

En el papel femenino en que en el cine estaba deliciosa Elsa Lanchester, vimos, muy agraciada a Queta Lavat, y en uno pequeño y descolorido a Azucena Rodríguez, muy mona y muy en tipo, pero con poca oportunidad de brillar. En realidad la obra es para actores, y tienen en ella una intervención muy superficial las actrices.

Ignacio Retes, si lo descargamos del error de haber dejado la obra en toda su longitud, en vez de quitarle por lo menos tres cuartos de hora, ha dirigido muy bien, con buen humor, con gracia, con intención en las caricaturas, algunas de ellas muy crueles; obtuvo embotellamientos y atropellamientos escénicos buscados y convenientes, llenó el escenario hasta hacer aparecer como tumultuosas algunas aglomeraciones, con no más de media docena de personajes, y hasta con tres nada más en cierta ocasión. Combinó personajes de comedia (como el de López Tarso, principalmente) con algunos de farsa, como los dos Piotrs Ivanóvichs, o el director de enseñanza, o el criado Mishka que hizo una marioneta. Esta combinación es feliz, impide la monotonía y aplaza el cansancio, que, a causa de las tres horas de duración del espectáculo, de todos modos acaba por llegar.

Ojalá que no corra El inspector la triste suerte que corrió Peer Gynt, que fue desahuciado y quitado del cartel con violencia, en cuanto se vio que no iba a ser una mina de oro.


Notas

1. Estrenada el 10 de febrero. Invitación al estreno. A: Ignacio Retes.