FICHA TÉCNICA



Título obra Yerma

Autoría Federico García Lorca

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Germán Robles, Álvarez Diosdado, Aurora Cortés, Mónica Serna, Esperanza de Llano, Diana Ochoa, Susana Alexander, Virginia Gutiérrez, Malena Doria, Amparo Villegas, Alicia Quintos, Angel Casarín

Escenografía Julio Prieto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Yerma de Federico García Lorca, dirige José Solé]”, en Siempre!, 17 febrero 1965.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de febrero de 1965

Columna Teatro

Yerma de Federico García Lorca, dirige José Solé

Rafael Solana

Julio Prieto demostró, una vez más, la noche del estreno de Yerma(1), que, como en el caso del célebre modista del cuento, que hizo un precioso sombrero con un listoncito, la cintita era de lo menos; quizá sea cierto aquello de que “recaudo hace cocina, no Catalina”, pero también lo es que una cocinera inspirada puede lograr que un plato de frijoles, o de lentejas, sepa tan bien como uno de pechuga de cisne o uno de lenguas de ruiseñor. Algunos decían por allí que si Prieto construía para el Seguro Social escenografías estupendas, ni chiste tenía, pues gastaba en ellas muchísimo dinero; ya antes había demostrado Prieto y lo ha vuelto a demostrar, ahora que las siete (seis) vacas flacas se aproximan, que también con un presupuesto moderado puede levantar decoraciones excelentes; la que hizo para Yerma ha sido modestísima, a tono con los tiempos nuevos, y, sin embargo, hermosa, de ambiente; nada ha dejado que desear; un buen sastre (ahora sí ya es la última de las comparaciones) puede cortar un buen traje lo mismo en una tela muy costosa que en una manta muy humilde.

Ahora ya no hubo derroche, ni la pieza lo admitía; como no salen en ella reyes ni reinas, se pudo ahorrar un buen montón de coronas, y otro de pieles, de anillos, de collares y de sandalias; modestos pastores que viven en cabañas son los personajes, de modo que no tuvo Julio que reconstruir Corinto ni Micenas, ni Troya, ni Colona, ni Tebas ni Argos; con un par de cántaros amuebló la casa de Yerma, y también sin agua hizo el río. Dejó a nuestra imaginación, lo que es más barato, y no menos elocuente, cerrar la marisma y el secano, la ermita y la aldea. Y no por eso adoleció la representación.

Tampoco aflojaron los artistas, eminentes, por figurar esta vez en las nóminas con sueldos (se nos informó extraoficialmente) 45% más chicos que los que tenían en los días de la fiebre de oro; la recién premiada y agasajada Ofelia Guilmain se esforzó igual que si cobrara el doble, que como cuando lo cobraba; y lo mismo ha de decirse de Germán Robles, de Virginia Gutiérrez; ni fue necesario que acudiesen a lavar al río Meche Pascual, Patricia Morán y tantas otras ilustres corifeas que engrandecieron con sus nombres los suntuosos repartos de la edad del esplendor; y todo salió muy bien, a pesar de la ausencia de esas estrellas.

Agreguemos que estuvo bien escogida la obra; en su afán de dar a conocer a un público se supone absolutamente ignaro las más notables joyas de la literatura dramática universal, hizo bien el comité asesor del Seguro (por allí están don Pepe Gorostiza, don Rafael Lebrija, don Jorge González Durán) en incluir una pieza del poeta español Federico García Lorca, que quizá no conocían los muy jóvenes, no hace mucho que la repitió en el teatro del Bosque Margarita Xirgu, y otros, más afortunados (ricos en años, queremos decir) tuvimos el privilegio de vérsela estrenar en México, hace 30 años, a esa misma gran actriz, con estupenda compañía que dirigía don Cipriano Rivas Cheriff. Aquella noche, que era al mismo tiempo la del debut de la compañía y la de la presentación del autor, de quien sólo conocíamos libros de versos, fue de inolvidable deslumbramiento. Sobre el ahogo de los salones en que se situaban las piezas “de taza de té” o “de guante blanco” de don Jacinto Benavente, de Linares Rivas, de Pilar Millán Astray, o de Navarro y Torrado, la primera pieza que conocimos de Federico García Lorca fue como una gran bocanada de aire nuevo y fresco que entrase por la ventana, rompiendo algunos cachivaches y desgarrando algunos polvosos cortinones. La mezcla de la poesía con la prosa casi la convertía en zarzuela, porque Margarita al recitar casi cantaba; vimos a Pedro López Lagar y a Enrique Álvarez Diosdado vestidos como para La copla andaluza, que poco antes había actuado en el Fábregas. Amelia de la Torre, que luego nos encantaría en otras obras, apenas hizo el papel de la Hembra del último acto, y Amalia Sánchez Ariño causó nuestra delicia en el de la vieja pagana, que luego casi textualmente repetiría en otras obras, al encargarse de los personajes de criadas, tan caras a Federico. El cuadro de las lavanderas levantó un clamor; hubiéramos querido que se repitiera, como las arias bien cantadas en una ópera, o como el coro de la Morena en Luisa Fernanda; y los versos pronto nos los aprendimos de memoria, como haríamos más tarde con muchos de los de Bodas de sangre y de los de Doña Rosita la soltera.

Todo esto era en 1935, cuando no habían nacido muchos de los espectadores ni algunas de las actrices del estreno de 30 años más tarde, que estamos reseñando; somos ahora, tal vez, unos ancianos fatigados, que piensan que el tiempo de su juventud fue mejor, el caso es que esta vez ya no nos produjo Yerma aquella impresión, ni creemos que la representación de ahora haya igualado a la de entonces; la Guilmain es una gran actriz, y quizá habla con una voz más dramática y más pastosa, y con menos sonsonete, que su paisana; pero... no es la Xirgu; no tiene su personalidad formidable, su sello, su fuerza (también Margarita hacía Medea, entre otras cosas); y, desde luego, convengamos en que tampoco Germán Robles es Pedro López Lagar, ni muchísimo menos un Héctor Cruz, a quien no conocíamos, es Álvarez Diosdado; y, aquí un abismo, Aurora Cortés (¿por qué no le habrán dado este papel a Micaela de Castejón, que lo habría dibujado?) es Amalia Sánchez Ariño... Mónica Serna más bailó que actuó su papel pequeño, y Esperanza de Llano y Diana Ochoa casi mimaron más que actuaron los suyos, encontramos excelente, brillante y magnífica a Susana Alexander, y muy bien a Virginia Gutiérrez y a Malena Doria, cumplidas a doña Amparo Villegas, a Alicia Quintos... casi no vimos a Casarín...

Y algo más, muy importante: la obra se nos ha despintado un poco; aquella noche de hace 30 años en que nos deslumbró, nada semejante habíamos visto (a Valle-Inclán sólo lo conocíamos de lectura); ahora... hemos visto mucho más; desde luego, las otras obras del propio García Lorca, a nuestro juicio mejores que Yerma; tal vez sea Yerma la menos grande de las cuatro grandes; es un avance sobre Mariana Pineda y sobre La zapatera prodigiosa, pero no tiene la pujanza y el colorido de Bodas de Sangre, ni su poesía; ni la ternura, la construcción dramática o la ironía de Doña Rosita; ni el vigor, el dramatismo, la intensidad de La casa de Bernarda Alba; hay algo de artificial, de falso en su drama, y su final es forzado, y su exaltación exagerada y ficticia.

Sin embargo, hubimos de aplaudir al director, Pepe Solé, a quien, aprovechando el viaje, felicitamos por su acertadísimo nombramiento como director de la Escuela de Arte Teatral del INBA, donde su talento y su devoción harán mucho. Solé dio animación a los cuadros que la requerían, llevó un excelente ritmo, indujo alguna novedad en la representación (una especie de procesión de tehuanas marismeñas, inspirado un poco en el cuadro oaxaqueño de Amalia Hernández al abrirse el primer acto) y consiguió que todos dijeran con claridad el texto; el personaje que mejor logró fue a nuestro juicio el de la muchacha segunda, y en el que estuvo más flojo fue, pensamos, en el de la vieja pagana, que tenía que haber sido española y aun españolísima (como lo eran Ofelia y Germán) para que le saliera perfecto ese personaje popular.

A las nuevas generaciones, que no conocieron la Yerma de Margarita Xirgu y Cipriano Rivas-Cheriff, les recomendamos mucho que conozcan la de Ofelia Guilmain y Pepe Solé. A los que se acuerden bien de aquello (que ya serán pocos) mejor les sugerimos que conserven y cultiven en el fondo de su memoria aquel imborrable recuerdo.


Notas

1. En el programa de mano se consigna como estreno del bimestre enero-febrero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.