FICHA TÉCNICA



Título obra Los nombres del poder

Autoría Jerzy Broszkiewicz

Notas de autoría Ricardo Guerra / traducción

Dirección Ludwik Margules

Elenco Ángel Pineda, Claudio Obregón, Jaime Cortés, Antonio Alcalá, Juan Felipe Preciado, Alonso Almazán, Oscar Chávez, Clementina Lacayo, Juan Coronado

Vestuario Ludwik Margules, Benito Meseguer

Notas de vestuario Alicia Quintos / realización

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Peer Gynt de Ibsen, dirige José Solé]”, en Siempre!, 16 diciembre 1964.




Título obra Peer Gynt

Autoría Henrik Ibsen

Dirección José Solé

Elenco José Gálvez, Alicia Montoya, Claudia Millán, Malena Doria, Aracelia Chavira, Patricia Morán, Mónica Serna, Fernando Mendoza, José Baviera, Carlos Riquelme, Antonio Bravo, Guillermo Rivas, Margot Wagner, MariCarmen Vela, Susana Alexander, Angel Casarín,Rivero, Zozaya, Bárcena, Del Castillo, Alicia Quintos, Esperanza de Llano

Escenografía Julio Prieto

Música Eduard Grieg

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Peer Gynt de Ibsen, dirige José Solé]”, en Siempre!, 16 diciembre 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   16 de diciembre de 1964

Columna Teatro

Peer Gynt de Ibsen, dirige José Solé

Rafael Solana

Con la mayor curiosidad y las mayores esperanzas, acudimos el estreno de Peer Gynt, en el teatro Hidalgo(1); conocíamos bien la obra, no sólo de lectura, pues la de todo Ibsen formó parte de nuestra educación universitaria, sino también por haberla visto representar en Londres, recientemente, por la compañía grande Old Vic, cuando la chica andaba de gira, precisamente por México. Dijimos entonces aquí mismo, y lo repetimos hace poco, que escogíamos ése como el espectáculo teatral más fascinante que hubiésemos conocido en nuestra larga vida.

Para hacer medianamente llevadera la representación ante un público mexicano Pepe Solé se vio obligado a acortarla, que no es lo mismo que acortarla [sic]; aligeró algunos pasajes, y suprimió alguna escena; así la pieza ganó en soportabilidad, pero indudablemente perdió algo de su fuerza. A pesar de este debilitamiento, que lamentamos, debemos confesar que hizo muy bien Solé en aligerar, pues habría sido plúmbea la obra entera, con sus cuatro horas de exaltación, para la escasa atención del público de México, atención que se diluye, se volatiliza, después de dos horas. Ya una obra de tres, o poco más, que fue como quedó este Peer Gynt afeitado, fatiga y asusta. Si nos la dejan íntegra, la habrían soportado pocos, como ocurre con las óperas de Wagner.

Pepe Solé desdeñó la división que hizo Ibsen de la obra en cinco actos y 38 cuadros (él los llamó escenas) y solamente produjo un intermedio, cortando así la pieza en dos que llama actos, pero que en realidad son partes, o tiempos. Logró hacer extraordinariamente expeditos los cambios de escenario, tan frecuentes; casi no se percibe el paso de uno a otro, y sólo se pierden en ello pocos segundos; sustituyó la grandeza de los paisajes iniciales (habíamos llegado a imaginar bellos y bravíos telones de fondo del Dr. Atl), por atinadas proyecciones, que crean el ambiente; sólo cometió el error el escenógrafo (Julio Prieto), de dejar unas bambalinas de pinos en las escenas que ocurren en el desierto, donde mejor habrían venido unas palmeras. Pero podemos interpretarlo como un símbolo, por ejemplo, de que en el Peer Gynt nabab persistía el recuerdo del Peer Gynt campesino, o algo así, y de esta manera una equivocación garrafal puede convertirse en un poético acierto.

Utilizó Solé, grabada, la música incidental que Eduardo Grieg escribió para este drama, el centenario de cuyo estreno festejará el mundo en 1967. Hizo más: le puso coreografía (de Guillermina Peñalosa) a esa música, que, es verdad, en algunos momentos la requiere.

Las primeras escenas, interpretadas excelente, apasionadamente, sobre todo por José Gálvez y Alicia Montoya, resultan emocionantes, imponentes; a la narración de su viaje fantástico entre los cuernos de un reno le puso Gálvez vivacidad, ímpetu, poesía. La Montoya chica, por su parte, aportó todo su talento al servicio de la parte, y vimos gran teatro en esa primera media hora, con magnífico movimiento de segundas partes, correcto vestuario, y un ritmo escénico admirable; tenemos que declarar que en esta primera media hora el Peer Gynt mexicano estaba superando al de Londres que celosamente guardamos en nuestra memoria.

Comenzamos a dudar acerca de cuál preferir cuando llegamos a la tremenda escena VI del acto II (en el original), a esa especie de noche de Walpurgis que es el cuadro en el salón real del monarca de los trolls. En Londres esta escena era horrible; parecían las figuras hechas de musgo y polvo, de podredumbre y mugre, y los rostros de las mujeres, aunque sus cuerpos fuesen esculturales, eran porcinos; para no opacar la belleza de Claudia Millán se le puso aquí la cabeza de puerco no como una careta, sino como un gorro, lo que desvirtúa la idea del autor, y hace que no tenga de espantoso, de inmundo o de asqueroso el acercarse a ella, sino todo lo contrario; en cuanto a los movimientos larvales de aquellos fantasmas, Guillermina los convirtió en un animado y casi gracioso ballet; los colores verduzco, parduzco y grisáseo que en Londres ensombrecían el cuadro, fueron convertidos aquí en rosa pastel, amarillo, y otros no menos alegres, que lo hacen un pequeño carnaval; son dos conceptos muy diferentes de lo que sea el pecado: para el nórdico Ibsen, un abismo de fealdad, repulsivo, deprimente; para Pepe Solé, una fiesta brillante. ¿Quién, de los dos, tiene razón?

Al adelantar la representación fuimos echando de menos, pero más con alivio que con nostalgia, ciertos larguísimos monólogos, que tuvo Solé el tino de reprimir (por ejemplo, el infinito del cura en la tercera escena del acto final, un sermón en toda forma, de cuatro páginas) y las reflexiones (toda una página) de Peer acerca de la cristiandad, en esa misma escena. Si dejan eso entero, no queda despierto ni el traspunte; pero... como que la obra comenzó a perder fuerza, a partir de lo que Solé llama segundo acto; como que se había fatigado ya el director en poner el tono, vibrante, enérgico, de las primeras escenas, y aflojó en el de las últimas. No logró Solé dar todo el horror requerido a la escena de la casa de locos en El Cairo. Esta escena en Londres era horripilante, fuertísima, y aun sangrienta, pues con trucos del grand guignol algunos lunáticos se suicidaban en escena, uno ahorcándose, y degollándose el otro, a la vista del público, y con gran derramamiento de sangre. Desdeñó Solé utilizar estos trucos, o no se atrevió con ellos, e hizo a la escena palidecer, y pasar como una más de las muchas de la obra, pero no de las que dejan indeleble recuerdo. Tampoco se atrevió a dar toda su intensidad a la escena del naufragio.

En fin, que Solé mejoró a la producción del Old Vic en el aspecto de espectáculo puro, por cuanto resultaron más agradables sus bailes, y en especial el de las odaliscas, la muy célebre danza de Anitra, que era una escena por la que en Londres se pasaba un poco como sobre ascuas, sin utilizar para ella a bayaderas tan lindas como Malena Doria, Aracelia Chavira, y personas que las acompañan; pero... hizo que se debilitara el mensaje de la pieza. Es más, saldrá la mayor parte de la gente preguntándose, si se la lleva a ese terreno, ¿cuál mensaje?

Porque... muy bonito, muy interesante, muy movido, llevado muy de prisa, pero... ¿qué quiere decir todo este espectáculo? ¿Qué lección dicta, qué consejo da, de cuáles peligros advierte?

Eso se ha perdido bastante, aunque no del todo; siempre queda algo, pero como puesto muy por encima, muy en la superficie; algo sobre lo que se sopla, y se va. No una herida profunda, como la que producía la representación londinense, o como la que produce la lectura de la obra, que tiene el tono de una severa catilinaria, de una violenta diatriba contra el espíritu materialista, sensual, hedonista, mercantilista, de hombres que, como Peer Gynt, veía Ibsen convertirse en símbolos de una época, que sigue siendo la nuestra.

No quiso Pepe Solé fungir como un amargo profeta, un predicador, sino prefirió limitarse a sus funciones de director teatral, de organizador y realizador de un espectáculo divertido; y de allí no pasó, ciertamente. Mostró su gran habilidad, su enorme talento, para resolver los mil dificilísimos problemas escénicos que la obra representa; pero declinó hacerse responsable de los mil peligros morales que también encierra. Se lavó las manos de toda prédica, y no tomó partido. Presentó el caso Peer Gynt como un hecho real, sin condenarlo; hasta, si nos apuran, parece tener cierta simpatía por el personaje. ¿La tuvo Ibsen, al concebirlo? Cabrán aquí sin duda muchas opiniones. La nuestra se manifiesta en sentido negativo. Ibsen, creemos, retrató a Peer Gynt para condenarlo, y para advertir a sus lectores y al público de que no siguieran sus pasos.

Obra capital, importantísima, que debe ser de todos conocida. Este es el Ibsen que no ha envejecido, el Ibsen eterno; alguna vez nos atrevimos a señalar arrugas en la cara de este gigante, y fuimos inmediata y severamente regañados por ello; Peer Gynt no tiene esas flaquezas; permanece tan vigorosa y tan imponente como hace cien años, cuando fue pensada. Nadie debe dejar de verla.

Hemos ya hablado de la obra y del director; también de paso mencionamos al escenógrafo, aunque sería justo insistir en su acierto; también tocamos ya a la coreógrafa. Y hasta dijimos ya los nombres de algunos de los artistas, cuando calificamos de lindas a la Doria y la Chavira, y de notables a Gálvez y a la Montoya. Agregaremos los nombres de algunos otros de los artistas del extenso reparto, e insistiremos en subrayar la labor de Alicia, en todo momento magnífica, y la de José, que acomete un trabajo hercúleo, agobiador, en esta obra para él pesadísima, y que sale avante en todo momento, y a través de todos los complicados cambios de personalidad que va teniendo su personaje; contra lo que esperábamos, está mejor en la primera parte, para la que no tiene la edad, que en la otra, en que su personaje llega a parecerse a otros que ya ha hecho con mucho tino. Atribuimos esto al ligero decaimiento general que la obra tiene en la segunda parte, por comparación con la exaltación y la vitalidad que hay en la primera.

No se destaca Patricia Morán como segunda figura del reparto. Cumple bien con su papel sencillísimo; pero pensamos que más que ella brilla la Montoya. Claudia Millán luce muy hermosa. Mónica Serna luce más como bailarina que como actriz. Fernando Mendoza hace varios papeles, siempre con acierto; pero también en él se nota el mayor cuidado o el mayor énfasis que se puso en la preparación de la primera parte que en la segunda; José Baviera, Carlos Riquelme, Antonio Bravo, interpretan papeles que debemos considerar por debajo de su mérito, y, por supuesto, los sacan perfectamente; a Guillermo Rivas casi no se le ve; Margot Wagner, MariCarmen Vela, Susana Alexander, merecen papeles mucho mejores que los pequeñísimos que esta vez les tocaron, y en los que se hacen fugazmente gratas; Angel Casarín, bien en su primer papel, y sin oportunidad en el otro, que fue casi borrado del libreto; en fin, Rivero, Zozaya, Bárcena, Del Castillo, Alicia Quintos, Esperanza de Llano, usados casi como comparsas y sin ocasión de lucir personalmente, aunque todos contribuyen en medida muy valiosa a lograr la perfección del conjunto, que no tiene fallas.

Habrá de figurar esta producción de Peer Gynt entre lo más ambicioso y lo mejor logrado que los teatros del Seguro Social hayan hecho, y entre el mejor teatro que jamás haya visto la ciudad de México.

Los nombres del poder de Jerzy Broszkiewicz, dirige Ludwik Margules

Parece que surge un nuevo director teatral de talento, en la persona de don Ludwik Margules, a quien no conocíamos; con la colaboración de don Benito Meseguer, que dibujó un atrevido vestuario (realizado por Alicia Quintos) ha montado, en el Teatro Orientación, donde suelen resonar las campanadas de lo más moderno, la pieza en tres actos, o la colección de tres piezas en un acto, que también por tal puede tomarse, Los nombres del poder, de Jerzy Broszkiewicz, en traducción de don Ricardo Guerra.

La obra resulta extraordinariamente difícil, no solamente para el director y los actores, sino también para el público. Está en ella lo meramente dramático rebajado a un grado secundario, de tal modo que en muchos momentos parece un ensayo político, forzadamente escenificado; el primer acto, por ejemplo, es un monólogo, apenas interrumpido por frases incompletas, comenzadas nada más, de un supuesto interlocutor, que no llega a serlo, o por la intervención fugaz de dos personajes menores. Ahora bien, lo que el único personaje que habla va diciendo, no siempre resulta interesante para el espectador, que nota repeticiones. Decir bien ese monólogo es un triunfo del actor Ángel Pineda, que tiene buena figura para el papel, y voz excelente; y es un triunfo también para el director Margules, que supo entonarlo y moverlo.

Tiene mayor movilidad escénica el acto segundo, en que interviene mayor número de personajes, hasta nueve; aquí Pineda, que brilló en el primero, toma un lugar modesto, y permite que luzca otro actor de la compañía, Claudio Obregón, de quien también tenemos que decir que está excelente; perfecto para su papel encontramos a Jaime Cortés, que ya se ha distinguido en otro teatro vecino, a las órdenes de Xavier Rojas; Antonio Alcalá tiene mayor ocasión de dejarse ver y oír que en el acto anterior, y Juan Felipe Preciado también consigue llamar la atención sobre su parte; lo más notable de Alonso Almazán es el traje que para él diseñó Meseguer; Oscar Chávez dice muy bien y con autoridad su escena, y Clementina Lacayo y Juan Coronado se desenvuelven a satisfacción en sus pequeñas partes.

Oscar Chávez, que hizo dos personajes de segundo orden en los dos primeros actos, hace el principal del tercero, que contradice a los dos anteriores; habría parecido más normal que el primer acto planteara una tesis, el segundo una antítesis, y el último una síntesis; no lo hizo así Broszkiewicz, que insistió, en la segunda pieza, en el pensamiento político de la primera, para venir a contrariarlo sólo en la última, cuya acción ha situado en nuestro días, mientras puso la del segundo en la España de Felipe II y la del inicial en la Roma republicana.

Rara obra, interesante como un libro político, pero que dudamos mucho que resulte atractiva para el público teatral; sirve, sin embargo, para anunciarnos la presencia de un director inteligente (y la de un autor polaco importante y joven) y habrá de significar una valiosa experiencia en la carrera de los jóvenes artistas que la interpretan.


Notas

1. El programa de mano sólo consigna que se presentó durante noviembre y diciembre. P. de m. A: Mónica Serna.