FICHA TÉCNICA



Título obra Salpícame de amor

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Miguel Córcega

Elenco Bárbara Gil, Evita Muñoz, Emilia Carranza, Elodia Hernández, Miguel Córcega, Luis Alba,Antonio de Hud, Oscar Servín, Gabriel Retes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Salpícame de amor de Héctor Mendoza, dirige Miguel Córcega]”, en Siempre!, 9 diciembre 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de diciembre de 1964

Columna Teatro

Salpícame de amor de Héctor Mendoza, dirige Miguel Córcega

Rafael Solana

Por diez años estuvimos esperando una nueva comedia de Héctor Mendoza, el autor premiado por Ahogados, en 1952, y por Las cosas simples, dos años más tarde. Oímos en lectura El tobogán, de la que no sabemos que haya llegado a estrenarse; pero fuera de eso nada sabíamos de tan triunfal autor, sino que había derivado hacia la dirección, lo que nos hizo temer que ya escribiera poco, o nada.

Con franciscana modestia, sin el menor alarde, sin llamar para nada al atención sobre su nombre, ha estrenado al fin, otra vez; en el teatro Rotonda, con la compañía de Miguel Córcega y Bárbara Gil, quienes ya llevan mucho tiempo sin hacer otra cosa que comedias mexicanas, con muy buen éxito. Sorprende esta humildad, cuando lo frecuente es que los autores echen a vuelo las campanas cada vez que ponen una nueva pieza; Héctor, que no había tenido sino triunfos, que habría podido presumir mucho y hacerse anunciar como "el autor de Las cosas simples”, ha hecho aparecer su nombre en los programas con letras menudas, y sin enfocarle ningunos reflectores. ¿Temor de que la obra nueva no iguale a la anterior, de que decepcione? No, sino modestia auténtica, finura espiritual, elegancia, categoría.

Porque Salpícame de amor en nada desmerece, a nuestro juicio, frente a las premiadas obras que la precedieron. Es una comedia sencillísima, sin mensaje, sin ambiciones de descubrir nuevos mundos estilísticos, sin el propósito de dejar abiertas ningunas bocas; pero llena de gracia, de ligereza y de bonhomía. No son frecuentes, ni de seguro fáciles de hacer, las comedias de este género. Hace poco un distinguido escritor argentino nos informaba que a un concurso teatral reciente, en tierras del Plata, se presentaron 201 obras, ¡y ninguna de ellas era comedia! Doscientos un dramas aterradores, lacrimógenos, terribles y alarmantes, sobre "la tragedia del hombre ante la angustia de la época" y todas esas zarandajas tan traídas y llevadas por los escritores adocenados, que se copian unos a otros, y que piensan que poner una cara muy seria frente a la amenaza de la bomba atómica les va a dar un rango y les va a hacer aparecer como trascendentales pensadores.

Nada de eso intenta Héctor Mendoza en Salpícame de amor, que es una comedia hecha de espuma, pero que tiene el buen humor, la alegría y la ligereza de una buena comedia; quita un peso de encima verla; borra los malos pensamientos, hace descansar, como un baño tibio.

Las cualidades que ya se observaron en las obras antecedentes de Mendoza, y especialmente en Las cosas simples, vuelven a brillar en Salpícame de amor; un diálogo vivaz, auténtico, copiado de la vida real juvenil, fluido y cotidiano; un perspicaz espíritu de observación de los caracteres joviales; gracia, muy distante en todo momento de la pachotada, fina y amable; es cierto que Las cosas simples tiene más miga que Salpícame, y que, en conjunto, puede considerarse como mejor obra; pero esto no quiere decir que no sea muy grata y muy encantadora la nueva comedia, que hasta tiene su poco de música, y hace pasar a los espectadores momentos de delicia, y puede convertirse, como su hermana mayor, en pieza favorita de los grupos estudiantiles, para cuyo lucimiento espléndidamente se presta.

Obras de este tipo, de esta levedad requieren directores igualmente ágiles y leves. No hace mucho, en Alemania, los directores locales no se atrevieron con una comedia mexicana, y llamaron a un director de Nueva York, que pensaron sería más ágil que ellos. Para Salpícame de amor se necesitaba una dirección burbujeante, o chispeante (los americanos dicen sparkling), y Miguel Córcega se juzgó a sí mismo capaz de ella. No se trataba ni de "locura sana", para lo que Jorge Landeta estaba muy bien, ni de muchos gags y un dibujo muy miniado, como los que Rambal hace con comedias españolas; simplemente de lograr algo amable y simpático. Y lo primero que tenía que hacer el director, antes de comenzar a dirigir, era reunir una compañía que toda ella rebosara simpatía. Y a eso procedió Miguel de inmediato.

Plenamente acertó en este propósito. Todo el equipo que conjuntó tiene ángel, buena sombra; en una comedia como la de Héctor Mendoza, bastaría un pesado, un don Plomo, alguien con higo, para echarlo todo a perder; por fortuna Córcega puede dar el "La" él mismo, y tiene un estupendo apoyo en su compañera y cabeza de compañía, Bárbara Gil, que nos estaba debiendo una actuación suya en papel de muchacha joven y linda, después de que hizo el alarde de interpretar a una vieja fea y mala, en la obra anterior.

Pero, además, llamó Miguel a personas muy simpáticas para completar el reparto; ya que no a Raúl Farell, que está enfermo, y que habría podido encajar tan perfectamente en esta comedia, a Evita Muñoz, que es ahora todo lo agradable y graciosa que tal vez opinen que no fue cuando era niña prodigio; ella, con su admirable vis cómica y con su buen trabajo de actriz, hace gran parte del gasto de buen humor que se necesita para llevar adelante la pieza; y también está excelente, aunque la conocimos en otro tipo de papeles, en los que estaba igualmente bien, Emilia Carranza, muy diferente de la que imaginan algunos de sus admiradores de telenovelas; en un papel breve cumple sin dejar nada que desear Elodia Hernández, con lo que se cubre más que honorablemente la nómina femenina de la comedia.

Un acierto del autor permite que en el tercer acto luzcan trajes de fantasía actores y actrices, lo que contribuye a dar animación y colorido a la pieza; en este renglón del que llamaríamos vestuario, aunque más parece lo contrario, cabe hacer notar el lucimiento personal que alcanza, por su muy bello cuerpo juvenil, Bárbara, que en esta oportunidad no escatima sus encantos.

De los actores, todos jóvenes, y una vez que ya hemos mencionado a Miguel Córcega, diremos que da la sorpresa de la noche Luis Alba, que no solamente hace con mucho desparpajo su papel, sino además toca un poco el piano, otro poco la guitarra, y otro poco canta; su número "La gorda de miel" es un éxito.

Para Antonio de Hud hay un papel menos cómico que los otros; es el personaje relativamente serio y romántico de la comedia; el guapo; pero no se sale de la tónica general de la pieza, sino se integra perfectamente al humorístico conjunto. Oscar Servín, el hijo de José Ignacio Retes(1) y otro actor, nuevo para nosotros, y que hacen un papel muy breve, completan el cuadro, con regocijo y aprobación del público.

Sin duda no es Salpícame de amor una obra trascendente, ni novedosa y revolucionaria, ni clásica o perfecta; es una comedia amable, muy grata, por la que debemos felicitar a su inteligente autor, Héctor Mendoza, y el director, y a toda la compañía; si toda la gente la disfruta con la viva satisfacción con que la hemos disfrutado nosotros, se hará vieja en la cartelera, pues correrán las buenas recomendaciones de boca en boca.


Notas

1. Del mismo nombre. Actualmente se conoce como Gabriel Retes.