FICHA TÉCNICA



Título obra Agonía de una rosa

Autoría William Inge

Notas de autoría Federico Steiner / traducción

Dirección Xavier Rojas

Elenco María Teresa Rivas, Carlos Navarro, Elda Peralta, Felipe Santander, Julia Baker, Jaime Cortés, Arturo Rossen

Escenografía Jorge Contreras

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Agonía de una rosa de William Inge, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 30 septiembre 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de septiembre de 1964

Columna Teatro

Agonía de una rosa de William Inge, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

William Inge es ya, desde hace mucho, un autor acreditado en México; algunas de sus obras han sido muy conocidas por el cine, y de ellas varias también por versiones teatrales llevadas a escena en nuestra metrópoli; en ese caso se encuentran Bus Stop, que interpretó Nacho López Tarso, y Vuelve Lucerito, que hizo, con gran éxito, Emperatriz Carvajal, en el antiguo teatro Caracol; no se trata, pues, de un dramaturgo desconocido. El estreno de Agonía de una rosa, en el teatro del Granero, tenía ese respaldo, y ese prestigio.

Y, por supuesto, los del director, Xavier Rojas, que nunca ha fallado, que siempre ha ofrecido buenas obras y espectáculos de calidad, en ese teatro que ya parece propiedad personal suya, y en el que será muy difícil encontrar quien lo sustituya, si lo deja alguna vez, por los azares que cada seis años se producen.

El estreno de Agonía de una rosa(1), sin embargo, se vio menos concurrido que otros estrenos en ese teatro; la explicación de los huecos que se vieron en el pequeño lunetario es materialista y triste; parece ser que, agotados los recursos gubernamentales, por la agonía de otra rosa (el sexenio) se ha dejado a Rojas solo con su aventura teatral, sin el paracaídas de ningún subsidio; pidió entonces Xavier a las personas que durante seis años han sido sus invitadas a todos sus estrenos, que por esta sola vez, pagaran su boleto; y solamente la mitad de ellas accedieron a hacerlo; es que... no es lo mismo comer que tirarse con los platos.

Por razones de historia y de prestigio, dos de los artistas del reparto pasan, en los programas, por delante de otros dos que, más jóvenes, tienen menos renombre, pero, en cambio, más papel; las verdaderas estrellas de la obra no son María Teresa Rivas y Carlos Navarro, como se podría suponer de ver los anuncios, sino Elda Peralta y Felipe Santander. Navarro tiene un papel secundario, casi incidental, y que por cierto no le va nada; lo hace, y lo hace bien, porque es un artista profesional con muchas horas de vuelo; el de la señora Rivas es mejor, tiene mucha importancia; pero no es el principal de la pieza. Nada habría perdido ella en fama ni en gloria si hubiese permitido que se la anunciara donde esta vez le correspondía, es decir, en tercer término; pero, en fin, estas son cosas de administración, problemas de créditos, a los que los actores dan muchísima más importancia que la que les da el público.

En un teatro en círculo, en que uno casi toca a los actores, en que está tan cerca de ellos que no se puede usar ningún maquillaje, el cuidado de los directores por escoger a los intérpretes de las piezas tiene que ser más riguroso que en ninguna otra parte; en el teatro Rotonda, donde el espectador queda a 5 o 10 metros de ella, Bárbara Gil puede pasar por vieja y por fea, con una adecuada y laboriosa caracterización; pero en el Granero esos trucos son imposibles; y de esta manera, fracasan Rojas y sus principales artistas en obtener un efecto buscado por el autor; pretendió Inge que diera al público cierta repulsión, cierto asco, el que un jovencito que apenas sale de la adolescencia (eso ocurre en los Estados Unidos a los 21 años, cuando ya en México o en España se puede ser padre de familia, y en la India o en el Brasil tal vez abuelo) tenga relaciones sexuales con una traqueteada cuarentona, algo golfa, y que, según el texto mismo dice, "habría podido ser su madre", y que de hecho casi lo fue en cierto leve sentido, pues le cambiaba los pañales cuando era chiquitito. Que esa cuarentona sea la joven y hermosa Elda Peralta, y que ese muchachito de 21 entrados a 22 sea Felipe Santander, son dos cosas que el público ni con la mejor imaginación puede tragarse; Felipe, cualquiera que sea la edad que realmente tenga, da en escena 28 años, o 30; y Elda, que no sabemos con exactitud cuándo habrá nacido, da 24 o 25 y ni uno más; de manera que a nadie le puede llamar la atención, sino que parece lo más natural del mundo, el que formen pareja y se entiendan; está en el orden de las cosas, y no violenta ninguna ley de la naturaleza; en este sentido, la obra tiene que flaquear, ya que uno de los efectos buscados por el autor no es ni remotamente conseguido; una pareja como la que podrían formar Fernando Luján y Sara Guasch sería lo que se hubiera necesitado para este caso, y Xavier Rojas no dispuso de ella.

Ni el papel de niño inocente (aunque algo borrachín) le queda mucho a Felipe Santander, que tiene cara de haber visto el mundo, ni el de golfa de va mucho a Elda, que más bien es una muchacha espiritual y poética, si bien ya no está tan silfídica como hasta hace poco estuvo. Los dos actúan muy bien, ella mejor que él; pero no les ayuda, a ninguno, ni su físico ni su tipo para los personajes que en esta ocasión incorporan.

María Teresa Rivas, también tal vez un poco demasiado joven y guapa para su papel, está muy bien; Navarro se ve algo forzado para hacernos creer que es un villanazo a la Vittorio Gassman; la doctora Julia Baker logra una caricatura perfecta, insuperable y magnífica, en su bien delineada parte, en una interpretación a la Tamara Garina, magnífica de sensibilidad y de humor; Jaime Cortés saca bien una pequeña parte, y el joven auténtico Arturo Rossen hace con sinceridad y verismo un papel de chamaco tonto, por momentos casi idiota, que está muy bien logrado por el autor; pero contrasta con Felipe Santander, por momentos; deben parecer compañeros y a ratos parecen padre e hijo.

Con su maestría habitual Xavier Rojas imprimió estupendo ritmo a la representación, la entonó como él sabe (en obras un poco gritadas y violentas es insuperable) y, hasta donde ello fue posible, hizo al público olvidar las dificultades que ya quedaron señaladas. Para Rojas, como para todos sus intérpretes, hubo justas palmas al final de la representación de estreno; agreguemos aquí algunas más par la esquemática escenografía, del arquitecto Contreras, y para la limpia y eficaz traducción, de Federico Steiner.


Notas

1. Que se estrenó el 4 de septiembre. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.