FICHA TÉCNICA



Título obra Juego peligroso

Autoría Xavier Villaurrutia

Dirección Fernando Wagner

Elenco Raúl Ramírez, Magda Guzmán, Guillermo Zetina, Fernando Mendoza, Enrique Aguilar, Emilia Carranza, Angelines Fernández, Aracelia Chavira, Pilar Sen, Arturo Merino

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Juego peligroso de Xavier Villaurrutia, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 23 septiembre 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de septiembre de 1964

Columna Teatro

Juego peligroso de Xavier Villaurrutia, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

En la Rotonda de los Hombres Ilustres hay un hueco que desde hace muchos años espera, y tal vez todavía esperará por muchos más, los restos de Xavier Villaurrutia, poeta, crítico, hombre de teatro que fue una de las mayores figuras de su generación, y una de las que dejaron mayor huella y sembraron mejor semilla. Ya un teatro lleva su nombre, y en una nota de crímenes descubrimos que también una calle, en alguna sombría colonia, Xavier Villaurrutia fue sin lugar a dudas uno de los mayores impulsores del moderno teatro mexicano, para el que dejó muchas obras valiosas.

No quiso Celestino Gorostiza, con razón, que la temporada de oro del teatro mexicano, que ya agoniza, en vísperas de cumplir tres años de edad, muriera sin haber comprendido una obra de Xavier; fue escogida Juego peligroso, menos conocida que La mujer legítima, o que La hiedra y aun, tal vez, que El yerro candente.

Hace... ¿quince años?, estuvimos en el estreno de esa pieza, en el teatro Ideal, y la comentamos vivamente a la salida con el autor. Nos gustó mucho; elogiamos como un gran acierto el cuarteto femenino del segundo acto, un pas-de-quatre literario que nos pareció lleno de gracia, de intención, de ingenio, como algunas de las mejores escenas de Oscar Wilde; también el dramático desenlace, el golpe teatral del acto tercero; también la figura de una madre que nos hizo pensar en una de Somerset Maughman; la juzgamos entonces una obra muy bien construida y escrita, por todos motivos encomiable.

Han pasado tres lustros, o poco menos, y al enfrentarnos de nuevo a esta pieza la encontramos pasada de moda, como los pantalones de Sir Basil, fuera de época, como el bridge que en ella se juega. Esa casa donde todos los criados tuvieron la tarde libre... menos dos o tres, es una casa de los tiempos coloniales, o, cuando muy próximos, porfirianos (la casa de Agustín Lazo, tal vez, pues la del propio Villaurrutia nunca tuvo un servicio tan numeroso); esos juegos de bridge, a los que sustituyó la canasta, y ahora la televisión; ese ceremonioso mayordomo al que a las cuatro de la madrugada todavía se le siguen dando órdenes de que esté alerta... todo eso parece ya como de otra época, o de otro país (Angola, o Ceylán, o Paraguay).

Tampoco nos parecieron los diálogos tan ingeniosos como antaño nos parecían, más que agudezas se dicen impertinencias, y el personaje que pasa por lleno de esprit en realidad es un pelmazo, mal educado. Muchas de las frases que se intercambian las cuatro mujeres juntas, o son obviedades o son faltas de urbanidad, francamente.

El estilo enseña ahora un poco su carpintería; la obra progresa a base de repetidos "no obstante" y "sin embargo"; acababa de leer Xavier, en Proust, cuando escribió esto (y sus piezas en un acto, que tienen el mismo sello) aquello de que "muchos sin embargo son en realidad porqués". Para interrumpir a los personajes explicativos sus interlocutores se les adelantan con medias frases entre interrogaciones, lo que los hace aparecer, más que inteligentes, adivinos, y, desde luego, impertinentes. El tono mismo de la obra, tan levantado, tan dramático, con ese papel tan solemne que es el que ahora hace Magda Guzmán, parece cosa de otro siglo, como de tiempos de... Basurto. Hay escenas que aparecen de Íntimas enemigas; otras, de Calderón de la Barca; de El curandero de su honra o algún título semejante.

Se vieron envarados, tiesos, los actores, con esta obra de época (de aquella lejana época: 1950); Raúl Ramírez, que tan admirable acaba de estar en la pieza anterior, no sintió su personaje, no se acomodó con él, lo dijo sin convicción; la señora Guzmán lloró como una Magdalena en situaciones en que ya en el teatro moderno nadie, no digamos llora, pero ni suda ni se acongoja; a Guillermo Zetina le tocó convertirse en un melodramático Iago, en un villano de película muda; nada más le faltó que, como a Mr. Hyde, le crecieran el pelo y los dientes; Fernando Mendoza pasó casi alocadamente por su breve y superficial papel de elegante idiota; Enrique Aguilar estuvo insoportable y mordaz en el breve suyo; pudo tomar en serio el de víctima, y decirlo con sentimiento, Emilia Carranza, y se ajustaron a los viperinos suyos, muy triviales, Angelines Fernández y Aracelia Chavira. Por su parte, estuvo digna, en matrona romana, sin perder el tono ni el equilibrio ni por un momento, durante su significativa escena, Pilar Sen; sólo lamentamos que la mayor parte de las damas, aunque están bien vestidas, aparezcan tan modernamente peinadas, que las caras no se les ven, sólo las bombas; ha introducido esa moda Jacqueline Andere; mientras no se encuentre la manera de que los peinados sean tan expresivos como los rostros, no nos resignaremos a esa novedad; antes, en la cara se les veía a las actrices si sufrían o gozaban, si tenían frío o calor; ahora no se ve sino el "spray", o el "crepé", o como eso se llame, desde cualquier ángulo; las facciones han desaparecido; los peinados han usurpado su sitio.

Arturo Merino hizo el más falso, el más convencional de los personajes, ese criado que se limita a recibir órdenes que no cumple, se limita a recibir órdenes que no cumple, y que contribuye a dar el aire de arcaísmo que tiene la comedia. Fernando Wagner no logró modernizar la pieza, la dejó mostrar sus arrugas. Toño López Mancera, con una escenografía burguesa, cumplió.