FICHA TÉCNICA



Título obra La vidente

Autoría André Roussin

Dirección Lew Riley

Elenco Dolores del Río, Alonso Castaño, Fernando Luján, Celia Manzano, Lupe Llaca y Blanca Sánchez, Tamara Garina, Tony Carbajal, Jacqueline Andere, Magda Donato

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Dolores del Río actúa en La vidente de André Roussin]”, en Siempre!, 19 agosto 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de agosto de 1964

Columna Teatro

Dolores del Río actúa en La vidente de André Roussin

Rafael Solana

Una administración inteligente y lúcida, mucho estudio, y muchísimo talento, han logrado el efecto de que cada presentación teatral de Dolores del Río sea un gran suceso, en todos los sentidos de la palabra, como acontecimiento y como triunfo. No la vimos en Anastasia, su primera obra (sólo la representó en Estados Unidos); pero a partir de El abanico, en que estaba elegante y señorial, y de Camino a Roma, en que estaba bellísima y llena de gracia, hemos seguido todas sus actuaciones dramáticas; en Espectros, ya hasta sus admiradores más tibios tuvieron que tributarles elogios como actriz; pero la actuación que tiene ahora, en La vidente, unificará todas las opiniones, ya no habrá escépticos, ya no quedará ningún remiso; todos proclamarán, como lo hizo con su aplauso el público de la noche del estreno(1), que Dolores es una actriz eminente, de primera fila, entre todas las que pisan hoy los escenarios del mundo.

Pero no sólo ella; todo en esa obra es de primer orden, de la mayor calidad: la escenografía, por ejemplo, que fue lo primero que vimos, es estupenda; ya David Antón andaba durmiéndose un poco en el grueso colchón de laureles que sus obras anteriores le han proporcionado; ahora vuelve por sus fueros, con un decorado perfecto para la obra, adecuado, ambientador, elegante, cómodo, práctico; para él las primeras palmas de la noche; y de allí para adelante...

La obra es magnífica; esperábamos de André Roussin, por lo que de él conocíamos, una comedia ligera y amable; ha hecho una pieza inquietante, llena de frases penetrantes, que hacen pensar, y con personajes muy vigorosos y muy poco explotados; los momentos de dramatismo están logrados con maestría, y al final vemos que todo se cierra, se ajusta, encuadra y se completa en forma digna de admiración; la traducción(2) es muy elegante y muy bella, y quedará limpia de toda mancha en cuanto se le quiten cuatro errores de gramática ("se los dije" y "se los aconsejé" donde un académico tendría que haber puesto "se lo dije", aunque sea a ellos, pues una sola cosa es la dicha o aconsejada) y sobre todo si le suprimen media docena de menciones del nombre del doctor Pelletier, que llegan a hacerse, por su pluralidad, machaconas y obvias; la dirección, tan perfecta, tan cristalina, que no se ve; ningún alarde, ninguna campanada; llega uno a olvidarse de que hay un director, así de natural, de fluente está todo; Lew Riley, lo advertimos desde El inmenso mar, lo confirmamos ahora con satisfacción, se ha convertido en un gran director teatral.

Pero las actuaciones... ¡todos estupendos! Todos los artistas por encima de sus papeles, un reparto de estrellas, hasta para los personajes menores: hay uno mudo, y se lo dieron a Alonso Castaño, que es un actor; así lo saca, lo dibuja; Fernando Luján, sin duda uno de los mejores galanes que tenemos hoy, imprime buena sombra, ángel, sencillez y gracia a su periodista, una de las notas más amables de la pieza; en breves intervenciones se dejan ver la excelente Celia Manzano, las hermosas Lupe Llaca y Blanca Sánchez, no sólo suficientes para sus pequeños papeles, sino excedidas; Tamara Garina cuaja en forma deliciosa una divertida caricatura; Tony Carbajal está convincente en su papel breve, pero muy importante.

Jacqueline Andere, una de las damitas jóvenes de mayor talento, logra en forma admirable dos escenas intensas; la primera de ellas, sobre todo, es de una gran responsabilidad; impone la tónica de la pieza; abre boca, plantea el clima de la obra; pone Jacqueline todo el fuego, toda la pasión, todo el verismo que su personaje requiere; sólo nos gustaría mejor peinada.

Para Magda Donato esta obra es un triunfo personal muy importante. Ya la teníamos en el más alto aprecio, o por personajes incidentales de los que ha hecho creaciones, como el de La torre en el gallinero, o por papeles centrales, como el que hizo en Las sillas, de Ionesco; u otros; pero ahora... o será que esta vez actúa dentro de un marco de perfecciones, que tiene réplicas tan bien dichas; el caso es que ahora nos ha gustado Magda Donato más que nunca. Es la segunda figura en la escena, a nuestro juicio, inmediatamente después de Dolores del Río.

Pero lo de Dolores, eso sí que es un triunfo, una cátedra; para algunos, será una sorpresa, pues aun después de Espectros todavía seguían sin creer en ella; para otros, una confirmación de vaticinios hace tiempo formulados para todos, una delicia, un asombro, una cátedra.

Desde su primera frase; irrumpe en mitad de una escena violenta, y se apodera de inmediato de la atención: tiene que sonar su voz tan autoritaria, tan convincente, tan irresistible, que se apodera con mando incontrastable de las otras personas en escena, y de todas las del lunetario; cae como un bólido, como un rayo, en medio de una situación exaltada; ¡qué pocas actrices serían capaces de esta aparición sobrecogedora! Se necesitaba, al autor el escribir la escena lo sabía muy bien, no una actriz, sino una diosa.

Lo primero con que Dolores se impone es su figura; mujer de pasmosa belleza, de elegantísima línea, majestuosa, señora de pies a cabeza, su sola presencia avasalla; pero, además, ha sabido vestirse, para esa escena como para toda la obra, en forma que causará admiración, por la riqueza y el buen gusto. El abrigo que saca en el primer cuadro de La vidente dejará a las espectadoras sin aliento; el del segundo cuadro no les permitirá recuperar la respiración; la estola del tercero las hará sudar frío; las joyas de ese mismo cuadro, si no diremos que opacan a las de Marilú Elizaga, pues... bueno, después de todo sí lo diremos. En el cuarto cuadro repite innecesariamente el collar del primero; y vuelve a estar elegante, pero sobria, como lo requiere la situación, en el último. Se cambia de zapatos en todos los cuadros, y no como los artistas de Extraño interludio, a los que cada par les duraba 25 años.

Pero nada de esto es nuevo, la ropa, la belleza, el señorío; lo que es nuevo es la actuación; nunca ha estado así, ni en el cine; da lo más difícil de dar en la ficción, la inteligencia, en su vivaz escena de la entrevista con el radiolocutor; y en el último cuadro alcanza tonos dramáticos insospechados. Y qué bien sabida la obra, que bien estudiada, con qué devoción, con qué modestia; esa misma artista y no creer que iba a triunfar ella sola, como hacen... otros artistas.

Recomendamos La vidente, como un estupendo espectáculo teatral, y, sobre todo, como un impresionante triunfo de Dolores del Río.


Notas

1. En el teatro de Los Insurgentes. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. Realizada por Salvador Novo. Armando de Maria y Campos. 21 años de crónica teatral en México, 1944-1965, 2 vols. México, INBA-IPN, crónica del 7 de agosto de 1964.