FICHA TÉCNICA



Título obra Y todos terminaron ladrando

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Fernando Wagner

Elenco Guillermo Zetina, Aurorita Campuzano, María Teresa Rivas, Fernando Mendoza, Héctor López Portillo, Lola Tinoco, Angelines Fernández, Olga Rinzo, Polito Ortín

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Y todos terminaron ladrando de Luis G. Basurto, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 22 julio 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de julio de 1964

Columna Teatro

Y todos terminaron ladrando de Luis G. Basurto, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

La ciudad de México tiene ya aquel rasgo de madurez teatral que se manifiesta en el hecho de que el anuncio del estreno de una obra de algún autor nacional despierte enorme interés, atraiga un río de público, y se convierta en un acontecimiento artístico. Ese autor es Luis G. Basurto.

Basurto escribió durante su recorrido de algunos estados de la República al frente de un compañía que representa exclusivamente obras mexicanas una nueva, y la estrenó con esa misma compañía(1); la ha dedicado a Celestino Gorostiza; y la ha traído ahora a la capital, al teatro Fábregas(2), donde va viento en popa, en su tercer año de ininterrumpida acción, la "temporada de oro del teatro mexicano"; el nombre de la pieza, atinadísimo, contribuyó a despertar el interés del público, aunque ya el del autor habría bastado para eso; la noche del estreno en México de Y todos terminaron ladrando no cabía una persona más en el Fábregas, lleno de bote en bote; allí estaban la crema de la crítica, y algunos autores, aunque no todos los que podría esperarse que estuvieran; Celestino estaba encamado, con una operación reciente; doña Amalia hacía maletas, pues en cuanto votara saldría volando hacia Suiza, donde fue embajadora; tampoco vimos a Usigli que tenía una cena; ni quizá fue descuido nuestro, a Carballido, a Magaña (a Magaña Esquivel sí) ni a Fritz Inclán; otros comediógrafos nacionales sí estaban presentes.

Basurto ha situado la acción de su nueva pieza según pudimos reconocer desde los primeros instantes, o los segundos, por algunos personajes que nos resultaron familiares, "en alguna población de quince mil habitantes" ... probablemente Puerto Santo. Luis G. es un autor muy aficionado a citarse a sí mismo, y las escenas iniciales de su comedia no dejaron de recordarnos, como en un rápido muestrario, otras de sus piezas, que se han quedado en nuestra memoria; un miércoles ceniciento, una victoriosa señora, toda una dama, que ya se perfila como gobernadora, citó a sus íntimos enemigos, reyes del mundo en su localidad, a una escandalosamente verídica reunión, donde después de intercambiarse a gritos algunas desfachateces y de decirse cada quien su precio, se dedicaron todos con fruición a un jueguito; sólo echábamos de menos a López Portillo, tío indispensable en esas reuniones; un criado mudo sirvió, esta vez no champaña, ni tequila, sino, para variar, refrescos. Pero en esta ocasión Basurto ha rendido al teatro mexicano un homenaje mayor que el de evocarse él solo: también ha convidado a otros autores nacionales; en vez de reflejar en sus piezas la lectura de obras de Tennessee Williams, de Marcel Pagnol, o de Achard (o hasta la de "Felipe Derblay, el Herrero") como otros hacen, Basurto toma para adornar su gran pastel algunas pequeñas grajeas de otros autores nacionales; un poco mezcladamente, pues allí hay de todo, como en botica modelo; pero siempre mexicano. Por ejemplo, si algún autor reconoce algún incidental parecido entre ciertos personajes suyos, situaciones, y hasta frases, con aquellas escenas del tercer acto de Basurto en que se dice (es sólo un ejemplo) "Yo no sabía nada hasta ahora, pero después he llegado a saber los pecados de todos ustedes, y todos están apuntados en este librito", ese autor habría de sentirse de seguro muy agradecido y muy honrado con que su maestro Basurto, a quien tanto admira y aplaude, haya concedido a su comedia la importancia de aprovecharla siquiera sea en pequeña parte para la creación de una obra nueva; lo mismo ocurrirá, suponemos, si la que descubre en los ociosos y malévolos personajes provincianos trasunto de algunos suyos es alguna prominente autora de por aquellas tierras del sureste.

¿Por qué ha llamado Basurto farsa a su obra? ¿Sólo para que perdonemos el estrafalario tono en que la hace Aurorita Campuzano, aquí, y probablemente Herminia Álvarez en provincias?

Farsa no nos parece que sea. Comedia, sí. En una farsa no se muere nadie, y hasta en una comedia, difícilmente; y menos en forma tan trágica y descompuesta; en una farsa no hay lugar para un personaje tan melancólico, tan llorón, como el que hace Lola Tinoco; no para uno tan airado, tan tempestuoso, con un pasado tan basurtiano como el que hace María Teresa Rivas. La farsa está mezclada con el melodrama, que tiñe muchas escenas; podrían ser de farsa, pero en realidad resultan solamente de comedia, y hasta de comedia fina, algunos personajes; pero otros son dramáticos. Sólo Aurorita está, como siempre, en plena caricatura. Y luego, eso de que muchos actores terminen ladrando (y probablemente también varios críticos); pero eso no basta para que la obra sea una farsa; también en El escándalo de la verdad había un personaje de farsa; en fin, Luis conoce más que nosotros, y él sabrá por qué califica así esta pieza.

El primer acto es, como en otras piezas de Luis, un crescendo, con la constante entrada de personajes que van llegando a la fiesta (que otras veces es cena, o aniversario de bodas, o año nuevo); de dos que tienen al principio, se va llenando al escena de personas, que llegan a ser catorce; la animación va en aumento; todos hablan, como en otras obras, de la persona que no ha llegado, de la que hará su entrada triunfal en el final del acto, cuando ya nos tenga nerviosos y sepamos muchísimo acerca de ella. Los sabios del siglo XXI que estudien la técnica basurtiana no podrían equivocarse en reconocer como de Luis G. cualquier obra que tenga este sistema de anunciación del personaje principal, en este caso el encomendado a Guillermo Zetina (otras veces ha sido una mujer; la Montoya, Lucha Núñez, la señora Rivas); en anteriores casos se anunció a ese personaje por el cúmulo de sus cualidades; ahora, por su falta absoluta de ellas; se le ha escogido por su mediocridad; veremos a ese personaje de actor en acto cambiar de ropa y de personalidad como ha ocurrido en otras obras... pero ya no de Basurto, sino de alguno de sus colegas.

La obra es larga, como de Basurto; el primer acto es corrido; pero los demás tienen muchos cuadros; todo el mundo habla, y algunos personajes, muy en serio; se dicen cosas que uno de lleva a su casa para pensar, es ella. Hay inquietud, hay profundidad, pero también hay diversión y espectáculos; la familia de Aurorita Campuzano por ejemplo, que la noche del estreno ocupó un papel, se rió muchísimo aplaudió a todas horas, a Aurorita misma y la hija de Aurorita, y a la nuera de Aurorita.

Fernando Wagner dirigió con gran animación, utilizando recursos de algún paisano suyo en escena mudas, al fondo, para dar señal de la vida del pueblo entero de a Puerto Santo; hay un breve "entremés" soñado, como el de Las cosas simples, o por lo menos pensado; los ladridos finales dan un toque expresivo, muy moderno, a la obra; pero eso no es del director, sino está desde el título de la pieza. De todos los actores sacó el director, que fue largamente aplaudido, un buen rendimiento.

Guillermo Zetina se impuso con su autoridad de gran actor en el desempeño del principal personaje; supo hacerse el amo de la situación en los momentos culminantes, matizó muy bien, conquistó la atención del público. Encontramos un tanto enfática por demás a María Teresa Rivas. Fernando Mendoza hizo muy bien ese papel de tío descolorido, de salero, de sobrante social que generalmente le toca a Héctor López Portillo en las obras basurtianas; Lola Tinoco llenó a la perfección un personaje que desentona de los demás de la pieza; Angelines Fernández se ajustó a su tipo de vieja noble y algo pedante; Olga Rinzo muy bien en la Tacón Dorado; Aurorita... bueno; Polito Ortín aprovechó en todo lo posible su corto papel para triunfar. Los demás se ajustaron con tino a sus papeles, más pequeños. David Antón acertó en la escenografía, muy esquemática y simple.


Notas

1. Armando de María y Campos señala que la obra se estrenó en el mes de junio en Nogales, Sonora, en Armando de Maria y Campos. 21 años de crónica teatral en México, 1944-1965, 2 vols. México, INBA-IPN, crónica del 5 de julio de 1964.
2. Donde la estrenó el 3 de julio. P. de m. Biblioteca de las Artes.