FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad

Autoría William Shakespeare

Dirección José Solé

Elenco Miguel Córcega, Farnesio de Bernal, Guillermo Orea, Carlos Riquelme, Baviera, Toni Carvajal, Patricia Morán, José Gálvez, Mónica Serna

Escenografía Julio Prieto

Coreografía Gullermina Peñalosa

Música Blas Galindo

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Productores Instituto Mexicano del Seguro Social

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La tempestad de William Shakespeare, dirige José Solé ]”, en Siempre!, 8 julio 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de julio de 1964

Columna Teatro

La tempestad de William Shakespeare, dirige José Solé

Rafael Solana

Lo bueno de las grandes obras teatrales, y todas las de Shakespeare lo son, es que aguantan un piano; se puede hacer con ellas lo que se quiera, y siempre sobreviven; tomemos, por ejemplo, la tragedia de Romeo y Julieta; en México se hizo una representación de esta obra en que, según dijo Rodolfo Usigli, "los monaguillos oficiaron la misma mayor"; y la obra salió indemne; más recientemente se hizo otra versión que tampoco fue del todo feliz, y la obra no falleció; se han hecho películas, en serio, como la de Norma Shearer y Leslie Howard, en moderno, como la de Pierre Brasseur, en broma, como la de "Cantinflas", o en vernáculo, como aquélla de María Félix y Jorge Negrete, en que los Montescos se llamaban Montenegros y los Capuletos Capetillos, y todo pasaba bajo el cielo de ese Jalisco que ni se raja ni pierde; se puede hacer una ópera como la de Gounod, un ballet como el de Prokofiev, una obertura como la de Tchaikovsky, una telenovela, un comic, una radionovela, y todo lo soporta, ¡es mucho Shakespeare!

Para poner otro ejemplo: el Seguro Social, que antes ha montado Romeo y Julieta y Otelo, quiso honrar el año del cuarto centenario del nacimiento de Shakespeare con la escenificación de otra obra suya, y escogió la última, y una muy poco conocida: La tempestad; no recordábamos haberla visto en escena nunca. Eso íbamos ganando, pues Hamlet, Macbeth, Rey Lear, Mercader de Venecia, Duodécima noche, Fierecilla domada y otras obras del mismo autor, algo, aun mucho, alguna, las hemos visto ya; sólo que Pepe Solé, el joven, muy inteligente, muy enérgico, muy preparado director a quien esta tarea fue encomendada, no quiso presentarnos esa pieza en tono de comedia, como habríamos esperado, sino hizo con ella, como quien hace un ballet, una ópera o una zarzuela, una féerie, es decir, un cuento de hadas; un espectáculo, que nos mantuvo por dos horas fijos en el escenario, y en muchos ratos muertos de risa. Las bellas frases que suelen citarse de esta pieza, no alcanzamos a distinguirlas, o nos fijamos poco en ellas; los delicados caracteres, no pudimos observarlos; el sentido filosófico de la comedia, ese bello ejemplo de serenidad y de sabiduría que es Próspero, esos ángeles del bien y del mal que, se nos había explicado, eran Ariel y Caliban, tampoco los vimos, porque en la versión de Pepe Solé, Ariel es una bailarina y Calibán un payaso. Y Próspero un actor engolado y algo gritón, que dice mal los versos.

Nos preguntamos, después de ver esta representación(1): ¿habría sido un éxito ver la comedia como la habíamos leído, reposada, algo sibilina, poética, melancólica y aburrida? Ahora pensamos que no. Que para que La tempestad interesara al público era necesario que alguien, y le tocó a Pepe Solé, la galvanizara, la animara con bailes y cantos, con monísimas coristas, y con actores cómicos muy eficaces; en esta forma, es cierto que la poesía se diluyó, o salió huyendo; pero en cambio el público estuvo feliz, se divirtió de lo lindo; sobre todo en las escenas de los clowns.

De Calibán, ese Polifemo triste y torpe en quien Shakespeare quiso, tal vez, simbolizar los apetitos terrenales, sólo quedó en manos de Solé y de Miguel Córcega, un número de circo, un mimo atlético o un gimnasta chistoso; más chistoso si se le complica con Farnesio de Bernal, en un papel de risa loca; pero el colmo de lo chistoso si llega como tercero en concordia Guillermo Orea, que se roba la noche con una fenomenal actuación jocosa, de borracho, que arranca las carcajadas más honradas; ¿que qué diría Shakespeare si se levantara de su tumba y viera esto? ¡Nada! ¿Qué iba a decir? ¿Qué dijo cuando Mario Moreno hizo el papel del amante de Verona? Se encogería de hombros, y tal vez hasta se alegraría de ver que cuatro siglos después del suyo todavía la gente se divierte con sus cosas... o con las que otros crean en torno a ellas.

Julio Prieto construyó una escenografía estupenda, en el género féerie, cambiante, llena de imaginación, fantástica en todo momento; la ropa, como siempre en el Seguro Social, es abundante y excelente; hay, porque allí sobra para todo, música, orquesta dirigida por Blas Galindo, bailables, coreografía, que es un acierto de Gullermina Peñalosa. Hay cuerpo de baile, y por eso debemos felicitar mucho a la compañía, pues se trata esta vez de verdaderos pimpollos, de lindísimas y tiernísimas jovencitas, llenas de encanto y de frescura; y en cuanto a los actores, un verdadero derroche, un despliegue apabullante; hasta para decir un par de líneas, las de diosas, por ejemplo, se utilizan artistas de cartel y que tendrán asignadas altas cifras en la nómina; todo un Carlos Riquelme para un papel en que no hay lucimiento posible; todo un Baviera para otro que resulta pequeño y sin relieve; Orea, a quien ya citamos, convierte en estelar un papel secundario, por el enorme suceso que con él obtiene; pero ni Toni Carvajal es lo bastante joven para el suyo (el Seguro tiene en su compañía muchos artistas más apropiados), ni todo el mundo se explica con facilidad por qué de la extensa baraja de la empresa fue seleccionada Patricia Morán para el papel de la damita ingenua; José Gálvez, que fue ya exonerado de sus culpas, pudo haber tenido una rentrée más lucida en un papel más de acuerdo con sus condiciones; actor de tonos agudos, fuertes, excelso en los personajes acusadamente simpáticos o antipáticos, da poco y mal este anciano sereno y noble, que lo único que tiene que hacer es decir con dignidad los versos, y esto no es el fuerte de Pepe. Córcega hace un trabajo hercúleo, admirable, soberbio, como el de Busquets en El gorila, por lo menos, al incorporar a un monstruo de voz distorsionada y lleno de posturas incómodas y de brincos, al grado de que llegue a parecer que a él lo dirigió Alexandro; y la señorita Mónica Serna cubre su papel de Ariel en forma pizpireta y graciosa, como si se tratase de un personaje de comedia musical, y no de un ángel, más bien filosófico que circense; parece más Puck que Ariel; y más Peter Pan que las otras dos cosas.

Con todas estas pequeñas observaciones, La tempestad, de Pepe Solé, nos parece un gran espectáculo, original, novedoso, rico, no muy shakespearino, pero sí muy teatral, que tiene gran éxito en el público. Y Guillermo Orea el rey de la función, por las ruidosas carcajadas que arranca.


Notas

1. La obra se había estrenado el 19 de junio en el teatro Hidalgo. Idem.