FICHA TÉCNICA



Título obra Los secuestrados de Altona

Autoría Jean Paul Sartre

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Rafael Llamas, Beatriz Sheridan, Emma Teresa Armendáriz, Carlos Bracho, Augusto Benedico, Juan Félix Guilmain, Alicia Castro Leal, Alberto Catani

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los secuestrados de Altona de Jean Paul Sartre, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 19 febrero 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de febrero de 1964

Columna Teatro

Los secuestrados de Altona de Jean Paul Sartre, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

El grupo "Teatro Club", léase Rafael López Miarnau y señora, continúa adelante con un proyecto que merece el más franco aplauso y el mayor estímulo: el de dar a conocer a una reducida parte del público teatral mexicano las más ásperas obras del teatro de calidad, antiguo o moderno; obras que ni remotamente pueden tentar a los empresarios comerciales, y que por algún motivo tampoco han merecido la atención de los oficiales, tales como el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto del Seguro Social o la Universidad Nacional Autónoma.

Cada vez que López Miarnau y Emma Teresa Armendáriz anuncian un estreno(1), se puede estar seguro de que se tratará de algo interesante: quizá algo con lo que se pueda no estar de acuerdo, como fue el caso de La parodia, de Adamov, o tal vez algo por todos conceptos excelente, como fue el de El alquimista, de Ben Jonson; pero siempre algo de altura, diferente de lo que se suele encontrar en los escenarios que en México podríamos llamar "boulevardiers" si estuvieran más o menos en la misma calle o en el mismo rumbo, como en París, pero que, ya que no la misma ubicación, tienen el mismo género.

Ahora han puesto una obra de Sartre; este autor, ustedes lo recuerdan, hizo furor en México hace una docena de años; sus obras pequeñas, pero que para nuestro público resultaban de buen tamaño, La prostituta respetuosa y A puerta cerrada (en las que intervino la gratamente recordada Martha Elba) produjeron un gran impacto; también otras, como Las manos sucias, que se puso en el viejo Caracol; pero con las obras grandes, como El diablo y el buen Dios, por ejemplo, o Nekrassov, nadie se había atrevido; esas dos, además de una longitud exagerada, tienen pluralidad de escenarios y un pueblo de personajes; Los secuestrados de Altona no presenta esos inconvenientes de producción, ya que su reparto es corto, y no requiere sino dos decorados; pero... es también obra larga y fatigosa, en cinco pesados actos; para ser puesta ante el público mexicano, no solamente habría sido necesario traducirla del francés al español, sino también reducir sus proporciones, lo que no es difícil, ya que hay mucha insistencia, mucha reiteración en sus diálogos; el público de México, que tiene la desventaja de cansarse pronto, en el teatro, en cambio tiene la ventaja de comprender rápidamente; no hay que masticarle las cosas durante tres cuartos de hora para que las entienda; capta con velocidad, y le basta con que se digan dos veces, una vez, media vez, las cosas, para saber de qué se trata. Los cinco tremendos actos de Los secuestrados (una hora dura el primero, y los otros cuatro tres cuartos cada uno) podrían haberse reducido, en la versión, a tres actos que en total no pasaran de dos horas y cuarto, o hasta de dos horas, lo que habrían agradecido los espectadores.

Nos dirán los empresarios que, ya que lo que buscan no es atraer al público (más bien se diría que ahuyentarlo) sino dar a conocer cosas buenas de otros países, prefieren apegarse al texto con todo rigor, aunque se les duerman los espectadores, o se les vayan a media obra, y tendrán razón; pero ya en ese plan, para ser más exactos, y ya que se dirigen a un grupo reducido, aguantador y culto, mejor de una vez no tradujeran la obra sino la dieran en francés, como en alemán se da La Walkiria, cuando se da; que ya hecho el ánimo de ir al teatro no en busca de diversión, sino de ciencia, igual le darían al entendido y selecto público.

El defecto principal que nosotros hemos encontrado a Los secuestrados de Altona es su longitud excesiva, que nos pareció pesada porque está hecha de repeticiones. En Londres vimos el año pasado Peer Gynt, de Ibsen, que dura cuatro horas, y el público no pestañeaba, porque no dejaban de pasar cosas nuevas y grandes durante todo ese tiempo; pero en Los secuestrados no es ese el caso; hay discursos, largos discursos, y hay reiteración obstinada de algunas escenas fatigosas; El diablo y el buen Dios, del mismo Sartre, que hemos visto en París, a la compañía francesa de Pierre Brasseur y María Casares, y también a la alemana de Hans Messemer, se defendía a base de espectáculos, de multitudes, de guerreros, de batallas, aunque tampoco le faltan discursos; pero en Los secuestrados muchas fatigosas conversaciones habrían podido ser recortadas, sin falta de respeto para el autor; se habría tratado de una adaptación legítima a los modos de entender el teatro de un público que habita otro país y otro continente, y para el que no tiene que considerarse obligatorio retenerlo cuatro horas en un espectáculo, como en Francia es ya una inveterada costumbre.

La obra es buena, como del excelente autor que la firma; su exposición es interesantísima; las primeras escenas de su primer acto tienen un enorme fuerza, una gran valentía, en el planteamiento de la situación; después..., después los discursos florecen en los labios de los personajes y se tiene tiempo de descabezar algunos pequeños pistos sin perder nada de importancia. Tiene Sartre, a veces, al lado de su gran sentido de lo dramático, un cierto estilo de editorialista, que le obliga a desenvolver sus explicaciones a lo largo de parrafadas que parece que no van a tener fin.

La dirección es buena, sostenida; pero encontramos que López Miarnau tiene una especie de particular deleite por el tempo grave; escoge obras muy serias, muy graníticas, en las que no cabe la sonrisa. En la que estamos comentando metió muchas risas, pero todas ellas son sardónicas, que es un estilo de risa que ha dejado usarse; acaba por metérsele al público un poco en la mollera esa risita, como se mete un perfume desagradable; todos se ríen en el mismo tono, que es un tono que como el vestido de Emma Teresa Armendáriz para el segundo acto, ya habíamos visto en El señor perro; ¡qué falsas, qué postizas, qué fuera de cacho se oyen todas esas risas! Ya que no las pudo entonar más convincentes, también en este caso habría el director podido, con toda legitimidad, recortarlas.

Se trata de una obra, en términos generales, difícil de interpretar. Tiene su personaje fácil (relativamente), y lo hace con tanto lucimiento Rafael Llamas, que no dudamos que le darán el premio los críticos, que todavía, a su edad, se asombran con las interpretaciones de locos, de ciegos, de mudas, de morfinómanas y de borrachas. Mucho más difícil nos parece el papel que correspondió a Beatriz Sheridan, quien ya ha pasmado a la crítica con papeles de mensa, en obras muy modernas, y que ahora tal vez la deje fría, en uno que tiene muchísimos más bemoles; ha progresado mucho, a nuestro juicio, esta joven actriz, y de todos sus progresos el único que no aplaudimos es el ensanchamiento por la base que ha adquirido su persona, y que unos pantalones imprudentes subraya. Los pantalones sólo deberían estarles permitidos a las actrices mientras ellas no rebasen cierto metraje; después, sería sabio renunciar a ellos, como tan a tiempo hicieron Andrea Palma, o doña Prudencia Grifell.

El papel que se repartió Emma Teresa tiene varias facetas, y en todas lo saca ella adelante; no da mucho el tipo de una seductora estrella teatral alemana, que uno imaginaría tal vez de mayor alzada, o rubia (aunque no indispensablemente) y más en el modelo de Anita Ekberg, o algo así; su ropa para el acto de la seducción nos pareció un tanto... inesperada; pero cuando tiene que representar el aspecto autoritario, dominante, imperioso de aquella mujer, Emma Teresa acierta de lleno; su actuación puede ser considerada como sobresaliente.

Carlos Bracho, en un papel menos destacado, logra dar el tipo y sabe identificarse con su personaje, que contiene contradicciones internas difíciles de manifestar, como, por ejemplo, su aparente rebeldía ante el padre, que parece manifestación de independencia, pero que no es en realidad sino sumisión a la voluntad de su esposa. Creemos que la actuación de Bracho es plausible.

Augusto Benedico no logró acercarse a la caracterización física de su personaje, a quien sus propios hijos llaman "Hindenburg", sin duda porque le encontraban parecido con el canciller de hierro, al menos en el carácter; Benedico, demasiado modestamente vestido para ser un emperador de las construcciones navales, protege con una bufandita pobretona su cáncer de garganta (fuma 30 cigarros el día, se nos informa, para hilaridad de quienes relacionaron esta revelación con la campaña antinicotínica que actualmente se hace en los periódicos del mundo); resulta algo blando, algo quebradizo don Augusto, que no cuaja una de sus mejores interpretaciones. De Llamas, con haber dicho que les encantará a los críticos creemos haber dicho bastante. Juan Félix Guilmain (en dos papeles), Alicia Castro Leal y Alberto Catani se ven jóvenes e inexpertos al lado de los artistas muy toreados con quienes alteran. La escenografía de Julio Prieto, pobre y sin imaginación.

Es una obra digna de conocerse, Los secuestrados de Altona, y su dirección y su interpretación merecen, en términos generales, elogio; pero hay que ir advertido de que se trata de un espectáculo de resistencia, prolongadísimo y fatigoso, y hasta, en algunos momentos, desagradable.


Notas

1. El que se reseña tuvo lugar el 31 de enero en el teatro Orientación. P. de m. A: Emma Teresa Armendáriz