FICHA TÉCNICA



Título obra Los hijos sobrenaturales

Autoría Federico Reparaz

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Aurorita Campuzano

Productores Jorge Landeta

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los hijos sobrenaturales de Federico Reparaz, dirige Óscar Ortiz de Pinedo]”, en Siempre!, 15 enero 1964.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   15 de enero de 1964

Columna Teatro

Los hijos sobrenaturales de Federico Reparaz, dirige Óscar Ortiz de Pinedo

Rafael Solana

Las gentes de cada generación saben dónde encontrarse; los jóvenes se buscan en esos cafés existencialistas que el regente de la ciudad clausura con entusiasmo digno del Ejército de Salvación, o en los patios universitarios; los hombres maduros, en los toros, o en los cabarets; pero si desea uno encontrarse en ese ambiente especial que crean las personas de reposo, las que nacieron cuando alboreaba este siglo, o cuando declinaba el anterior, entonces debe uno, o subirse en un tranvía, o asistir a una sesión de la Academia, o meterse en el teatro Jorge Negrete, donde Óscar Ortiz de Pinedo, Emilio Brillas y Aurorita Campuzano hacen las delicias de quienes sobreviven de la clientela que las hermanas Blanch tuvieron hace un tercio de siglo: cabezas grises, vientres rotundos, ojos fatigados que se parapetan detrás de espejuelos, tacones bajos, hacen una parroquia como la que imaginamos que tendrá el café de Tacuba, al que no hemos vuelto desde hace algunos decenios.

Pero ¡qué felicidad, la de toda esa gente, cuando se les pone en escena la vieja comedia de Federico Reparaz Los hijos artificiales. Por modernizarla un poco le han cambiado el adjetivo por el de sobrenaturales. Y, además de la vetusta pieza, se representan las variaciones que sobre ella han escrito el propio Ortiz de Pinedo y Pablito Prida. Con esta guarnición ya la obrita no dura 90 minutos, sino 150, pues se le ha metido una hora de relleno. Por cierto, no es el relleno lo menos eficaz; la comedia misma tiene su gracia; pero la "adaptación" (antes se decía "las morcillas") tiene también la suya; y entre el autor original y sus reparadores han hecho una diversión un tanto prolongada, pero de una asombrosa eficacia; ahora las situaciones, más despaciosamente explicadas, no escapan a nadie, y casi no crean confusión sino en la escena; y, bien masticados, dichos con calma, sin prisa, para dar tiempo al público de que los capte, todos los chistes pegan; hay que agregar unos segundos de pausa después de cada chiste para dejar al público reír a gusto, y que no se pierda de lo que sigue.

Esto era el teatro en tiempos de nuestros padres, y esto sigue siendo, por lo visto, para muchas honorables familias, pues los llenazos son de escándalo. Esta obra juzgamos que ha de pegar muchísimo más que la anterior, pues no nada más es mejor, sino que le llega más al inocente público.

Jorge Landeta, que sabe lo que se trae entre manos, ha tomado la cosa muy en serio; no ha mirado por encima del hombro esta ancestral pieza, ni desdeña los recursos en que son maestros los cómicos de su compañía. Y entonces, honradamente, produce un espectáculo en el que él mismo cree, y que resulta bocado de cardenal para su público. Ha reunido un buen reparto, ha encomendado la dirección a Ortiz de Pinedo (que de esta manera cobra tres sueldos) y ha hecho que todos estudien bien sus partes; perfectamente sabidas y entonadas, con cada actor sacando el máximo de partido a cada papel, no es extraño que el público se dé por satisfecho, aplauda feliz, ría a rabiar, y salga recomendando a sus amigos que no dejen de ver esta obra.

Ella, en sí, es buena, en su género. No es comedia de chistes (muchos de los que tiene le han sido adaptados recientemente) sino de enredo, de situaciones; como las de Feydeau, que ya está en el altar de la Comedia Francesa; mentiras, sorpresas, falsas identidades, confusiones, entradas imprevistas, intempestivas, la escena llena de gente, desmayos... todos los recursos, manejados con extraordinaria habilidad por el autor, por el director, por los artistas. Agréguese a todo esto, que ya es mucho, la personalidad de los intérpretes. Óscar Ortiz de Pinedo es un prodigio de simpatía personal, de gracia; su entrada en escena es comentada con efusión; nada hace, nada dice, nada calla, nada medita, que no produzca efecto cómico en el público. Y el papel que ahora se ha repartido es uno de los que mejor le vienen de cuantos le tenemos visto; su buena presencia, su elegancia en escena, pero sobre todo, su gracia, hacen que su público, el que llena el teatro por verle, le agradezca todos sus movimientos y todos sus bocadillos; es una verdadera estrella, una auténtica vedette.

No le va a la zaga en méritos histriónicos Brillas; menos elegante o de menos buena presencia, no es menos simpático, ni es menos cómico. Brillas obtiene enorme resonancia para cada una de sus frases, y, lo que lo hace excepcional en su gremio, también con sus silencios arranca risas; establece una comunicación que casi llamaríamos complicidad con el público, se acerca a los espectadores como nadie; su virtuosismo en los papeles de comedia ha llegado a ser digno de la mayor admiración y del más sincero aplauso.

Menos de nuestra devoción es Aurorita Campuzano, que en esta obra se da vuelo, exagera hasta la distorsión, incurre en voces y en gestos, en movimientos y en entonaciones subrayados sin mesura; pero... también ella es eficaz, también ella le llega al público y provoca sus risas. De todos modos, su trabajo es inferior al de sus dos compañeros, que son dos maestros.

En otro tono, en otra escuela, encontramos excelente a Eva Calvo, moderna, justa, reducida a segundo término ante aquellas fieras, pero guapa, elegante y actriz. También se conforma con un segundo lugar, con la sombra, la linda Marina Marín. Otros actores cumplen, inclusive, el hermano de Brillas, un poco fuera de papel, a nuestro juicio.

No es teatro moderno, no es teatro de vanguardia, ni muchísimo menos; pero, en su género, es teatro bien hecho, y muy certero el que están haciendo Landeta y sus huestes, y se merecen el gran éxito de público que obtienen. Nosotros desde aquí les damos un aplauso muy entusiasta.