FICHA TÉCNICA



Título obra Nota roja

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Fernando Wagner

Elenco Carlos López Moctezuma, Enrique Aguilar, Héctor Andremar, Enrique Bécker, Antonio de Hud, Enrique Reyes, José Luis Pumar, Farnesio de Bernal, Sara Montes, Mariela Flores

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Nota roja de Wilberto Cantón, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 30 octubre 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de octubre de 1963

Columna Teatro

Nota roja de Wilberto Cantón, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Conocíamos ya, por lectura, la nueva obra de Wilberto Cantón, Nota roja, que no pudimos ir a ver estrenar en Puebla, como era nuestra intención; pero hemos asistido a su ensayo general en el teatro Milán, la noche anterior a la anunciada para su estreno en la capital, y podemos transmitir a ustedes las impresiones que en esa representación recibimos.

Omitiremos hablar de la escenografía de David Antón, que esa noche no estaba todavía completa, faltaban algunos muebles, algunos cuadros, un espejo, un tocadiscos y otros detalles; pudimos advertir sin embargo, que se trata de una escenografía que tiende más hacia lo funcional que a lo lujoso; la obra tiene muchos cambios, y lo importante es lograr que se hagan rápidamente; ese propósito se alcanza, y la obra puede fluir; ya otras veces resolvió Antón problemas semejantes en obras de su casi homófono, como Tan cerca del cielo, por ejemplo, Nocturno a Rosario, que también requería un escenario múltiple.

Cantón ha escrito, otra vez, como el año pasado, en que fue premiado como el mejor autor nacional, una pieza excelente. Le ha dado forma de un reportaje, casi novelesco, con un personaje que se dirige al público y cuenta parte de los sucedidos, mientras otros se ven en escena, algo así como El huevo, que ustedes ya vieron, o como Escándalo en Puerto Santo, que tal vez también recuerden, ha situado la acción en Liriguay, un país distante, para que no vayamos a suponer que cosas como las que ocurren en escena son posibles en México, ni muchísimo menos vayamos a cometer el gravísimo error de imaginar que algún personaje de la comedia puede tener algún parecido siquiera remoto o accidental con algún gobernador de alguna provincia fronteriza, con algún tapado, con algún televicentro o con alguna cadena de periódicos de nuestra patria. El espectador que se sienta tentado a establecer coincidencias no tiene que pensar que el Liriguay está lejísimos de aquí, y que las cosas que allá puedan ocurrir ninguna relación tienen con las de nuestro país, que está mucho más refinado. También pudo haber dicho Cantón, como el Indio Fernández tuvo que decir en María Candelaria, que tales cosas sucedieron en 1913, año que lo resiste todo, pues fue el de Victoriano Huerta, pero ya Wilberto acababa de usar de ese recurso en su obra anterior y se veía feo repetir; discretamente recortó el autor de su texto la palabra “tapado”, que se le había escurrido, y que por ser un modismo netamente azteca podría haber inducido a equívoco de algunos observadores.

Si la acción se inicia en las calles de Bucareli, ello se debe a que para acá fue enviado, como diplomático, por el gobierno liriguayo, uno de los principales personajes, algún tiempo después de ocurridos los acontecimientos que forman la trama de la pieza.

De todos modos, siendo el Liriguay un país hermano, la obra ha de interesar al público mexicano, que verá retratados en ella problemas y personajes que, ya que no sean nuestros, tienen con nosotros al menos un parentesco espiritual, como el que nos liga con la vecina república de Panamagua, que es donde se desarrolla una chistosa comedia que pronto va a estrenarse en el teatro Fábregas, hija de la pluma de don Alfonso Anaya, el autor que mejor taquilla ha logrado en la larga temporada que se viene sosteniendo ya por dos años en ese teatro.

Cantón es ya un dramaturgo maduro, perfectamente conocedor de su oficio y también es un viajero muy observador, que en sus prolongadas correrías por el extranjero ha penetrado en la psicología de ciertos ambientes y de ciertos personajes; su retrato de un político liriguayo está muy cuajado. Construyó su reportaje en los actos que se subdividen en varios cuadros, y movió un elevado número de personajes, a todos los cuales supo caracterizar hábilmente. El interés del público va siempre a más. La escena de la invención y de la demostración de una nueva verdad tiene altura kafkiana, y no deja de oprimir un poco el ánimo del espectador, que se preguntará, no sin angustia; ¿realmente, en ese ambiente viven aquellos pobres liriguayos? Tal vez haya algo de exageración artística, pues en realidad, aunque el autor llame a su obra “reportaje”, no se trata precisamente de dar información periodística sobre costumbres y modos de ser de algún pueblo remoto, sino de crear una obra dramática, en aras de cuya intensidad y de cuya fuerza parece muy legítimo recargar algunas tintas.

En un papel que parece forjado a su medida, y en el que le basta aparecer, para dar con su sola presencia una gran energía al personaje, volvemos a ver a Carlos López Moctezuma, el gran actor de siempre, tan seguro, tan insinuante, y tan terrible, cuando llega el momento de serlo; en la galería de los personajes cantonianos este señor Rosales habrá de figurar al lado del ministro de justicia que hace poco hizo Jambrina, también muy bien.

Breve, pero magnífica, es la intervención en la pieza de Enrique Aguilar, que crea, con gran dinamismo, y con fina atención, un característico personaje de la alta vida política liriguaya, el secretario particular de un magnate. Un personaje que en algún momento podrá recordar a algunos al licenciado Gumersindo de Atentado al pudor; sólo aplausos merece Enrique por su magnífico trabajo.

Notable también nos pareció el de Héctor Andremar, un periodista del tipo del de A puerta cerrada, de Sartre, con sus ambiciones, sus ideales, sus esperanzas, sus ilusiones y también con sus fracasos, con sus topes contra la pared, contra el cascarón de un huevo dentro del que no cabe. Muy noble personaje, tal como lo escribió Cantón, que pone en él las frases más encendidas, y tal como lo dice Andremar, que se identifica con él, y convence.

Personajes secundarios, bien sacados también, son el que hace Enrique Bécker, algo pálidamente, el encomendado a Antonio de Hud, que está muy en tipo, el que encargaron a Enrique Reyes, ágil y simpático, como otras veces, y el que repartieron a José Luis Pumar, a quien vimos algo verde y falso, al lado de artistas más hechos a los escenarios profesionales. Farnesio de Bernal cuaja una buena caricatura de un funcionario menor, sin incurrir en exageraciones. Otros muchos artistas nuevos hacen papeles más pequeños.

Reaparece en esta obra, en un papel chico, pero que ella saca muy bien, la siempre guapa Sara Montes, que puede volar más alto; y se nos presenta por primera vez como profesional una chica a quien ya vimos antes en Y quisieron ser toreros, de Rojas: Mariela Flores; es joven, y tiene condiciones; sin embargo, quizá sea en esta ocasión el punto más flojo del reparto; su peinado no se ajusta mucho a lo que la obra menciona (una cabeza llena de tubos) ni su físico es todo lo glamoroso que el papel de actricita, modelo, futura estrella, etcétera, deja imaginar. Ella saca honorablemente las escenas de mayor responsabilidad; pero sin duda dista mucho de brillar en ellas.

Fernando Wagner ha dirigido con mano certera, ha caracterizado los tipos sin hacer de ellos parodias gruesas, trasmite al público emociones, mantiene el ritmo de la pieza, y sostiene el interés de los espectadores, por todo lo cual puede ser felicitado sin reservas.

Imaginamos que habrá de ser Nota roja una de las obras que figuren en la terna de los cronistas de teatros, a pesar de que no acostumbran ellos dar el premio mayor dos años seguidos a una misma persona, lo que en este caso tal vez haya de resultar una injusticia en contra de Wilberto.