FICHA TÉCNICA



Título obra Querido embustero

Autoría Kilty Jerome

Dirección Kilty Jerome

Elenco Dolores del Río, Ignacio López Tarso

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Actuación de Dolores del Río e Ignacio López Tarso en Querido embustero de Jerome Kilty]”, en Siempre!, 25 septiembre 1963.




Título obra Rosmersholm

Autoría Henrik Ibsen

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, Augusto Benedico, Mario Orea, Ángel Casarín, María Rivas, Nicolás Rodríguez

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Actuación de Dolores del Río e Ignacio López Tarso en Querido embustero de Jerome Kilty]”, en Siempre!, 25 septiembre 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de septiembre de 1963

Columna Teatro

Actuación de Dolores del Río e Ignacio López Tarso en Querido embustero de Jerome Kilty

Rafael Solana

Al fin presentó Dolores del Río en México su versión de Querido embustero; la noche de prensa había un lleno estrepitoso(1) ; María Félix llevaba encima un millón en joyas y entre todas las demás invitadas, incluyendo a Silvia Pinal, Ana Bertha Lepe, etcétera, otro millón. Se habla de “la nerviosidad del estreno” olvidando que la pieza había sido ya representada allí mismo la noche anterior, y en Guadalajara algunas otras noches.

Cuando aparecieron los dos únicos intérpretes de la pieza, en el sobrio decorado que compuso David Antón, Dolores del Río parecía una reina y Nacho López Tarso, que sin corona, armadura, dalmática o manto imperial desmerece mucho, físicamente, se veía bastante insignificante; ella era la del señorío, la de la majestad, la de la elegancia, y, por supuesto, la de la belleza y la gracia. Se veía Nacho como un auxiliar, como un criado de ella; como si hubiera sido contratado para ayudarla a vestirse.

Pero a medida que la pieza fue avanzando, los papeles se cambiaron. Al rato ya el dueño del escenario era Nacho, y Dolores se tenía que reducir, hermosamente acomodada en su sofá, como una perla en su estuche, a escucharlo. Cuando terminó Ignacio la tirada acerca del horno crematorio, hasta don Fernando Soler rompió a aplaudir, inconteniblemente (y si alguien tiene derecho en México a tener celos de Ignacio, es don Fernando); acabábamos de oír a un actor. ¡Qué manera de recitar una página! Como dijo esto López Tarso, dudamos que lo hayan dicho antes Brian Aherne o Pierre Brasseur, a quienes no hemos visto en este papel.

La obra no es cosa del otro mundo; no deja de haber algo de engaño en eso de decirle al público que son “las cartas de amor de Bernard Shaw”; son algunas cartas de Shaw, que tratan de amor muchísimo menos que de negocios o de otros asuntos, y las de una actriz que no es una literata; pero están armadas con malicia, traducidas con la mayor elegancia y la mayor distinción (por el maestro Novo) y, esto es lo que resulta muy importante, dichas con categoría, con encanto, por el más grande actor que hoy tenemos en activo (de modo que esto no va con usted, don Fernando) y por una actriz, si no que es la mejor de nuestro teatro, es una mujer bellísima, inteligentísisma, de una gran elegancia y de una calidad casi incomparable; pongan ustedes estas cartas en manos de unos jóvenes estudiantes de teatro y no habrá quien las soporte; pero dichas por Ignacio y escuchadas por Dolores... ¡qué soberbio espectáculo de altura, de finura, de nobleza y de alcurnia!

Si Dolores del Río quería dar al público de México un gran espectáculo... no diremos teatral, sino, casi mejor, literario, debe estar contenta, pues ha logrado ese propósito. Si sólo quería lucirse ella (no es ese su carácter, de seguro que no trataba de eso) tendríamos que decirle que se equivocó; primera equivocación, escoger una obra cuyo papel principal es el masculino; segunda, llevar en ese papel a Ignacio López Tarso, que es un actor con el que no puede nadie; la tercera equivocación, ésta ya mucho mejor, y muy fácilmente remediable, es quedarse sin mangas en la segunda parte del primer acto; ella luce mucho más hermosa (sus brazos se ven mucho más cerca del mármol, más lejos de la gelatina) cuando usa unas pequeñas mangas, como las del bello traje blanco del acto segundo.

Gran noche para los espectadores la del Querido embustero; nuevo enorme triunfo de López Tarso, en un papel tan nuevo para él, y tan sin asiderados, sin trucos, sin apoyos; honorable éxito de actuación, y brillante de elegancia y de belleza, para Dolores; victoria para el director Lew Riley, que hizo con tino el poco movimiento que la obra requiere, pero puso todos los finos matices que la ironía, unas veces fina, otras no tanto, del texto requería; acierto del traductor, que era personaje importantísimo en esta obra hecha sólo para oír. Plausible trabajo del dramaturgo, Jerome Kitty, que cosió los pedazos de cartas y les puso bisagras; palmas para Antón, que puso cuatro trastos, pero supo escogerlos.

Ojalá que tenga esta pieza el culto público que se merece.

Rosmersholm de Enrique Ibsen, dirige Rafael López Miarnau

Llega uno a preguntarse si no serán Rafael López Miarnau, Emma Teresa Armendáriz, y los distinguidísimos artistas que en sus aventuras teatrales les acompañan, unos masoquistas de un nuevo género, todavía no estudiado por los psiquiatras, que encuentren su morboso placer en obtener repetidos como inmerecidos fracasos. Les encanta hacer cosas buenas, y aun excelentes, que no interesan a nadie, da la impresión de que estas personas se sintieron complacidas de insultar al público con la bondad de sus trabajos, que no encuentran la comprensión o el apoyo de ese público.

Pero ellos no desmayan, y vuelven por más. Cada fracaso de taquilla sigue el cuidadoso estudio de una nueva gran obra, y su excelente postura en escena; como si no les importara a ellos tener gente, sino sólo hacerlo bien, para deleitarse y aplaudirse ellos mismos.

Ahora están haciendo, y qué bien, Rosmersholm, de Ibsen;(2) con media escenografía muy apropiada de Julio Prieto, ropa conveniente, y un tono declamatorio y patético que, si conviene a Ibsen, no va mucho con el público contemporáneo nuestro. Emma Teresa Armendáriz está más linda que convincente; su serena belleza latina no va mucho con la desesperación de la nórdica señorita West. Augusto Benedico ni física ni moralmente se llega a saber hacia dónde mira; resulta su personaje, que debiera parecer férreo, algo inconstante, y hacia el final no poco alocado; contrariando la opinión sesuda de algunos colegas; a quien hemos encontrado mejor ha sido a Mario Orea, con unos espejuelos dramáticos, que estrenó en El niño y la niebla; estiradamente hace Ángel Casarín un papel breve, mientras no llega la joven y guapa María Rivas a identificarse con el suyo de anciana chismosa.

Mientras hacen tan excelentes obras clásicas Emma Teresa y López Miarnau, y todos los de la compañía, están aprendiendo; Orea ya había tomado un primer curso con La danza macabra, de Strindberg, y sabía lo que es este teatro del sol de media noche, lastrado de ideas en forma un poco abusiva; Benedico ya había estado en Un enemigo del pueblo y había pronunciado frases que alguna vez fueron tremendas, aunque nos parece que muchas de ellas han ido ya perdiendo su fuerza; por ejemplo, ya no suena tan terrible como hace 80 años aquello de “por lo menos ha tenido la valentía de vivir la vida a su capricho”, que fue una audacia en el siglo pasado y que ahora se oye como una tontería.

Lo que nos preguntamos es si también el público está aprendiendo, si le sirva a alguien más que a los que lo están haciendo este estudio de los más importantes, pero los más enfadosos dramaturgos de antaño. Tenemos la impresión de que nadie más aprovecha estas lecciones; de que se están tomando estos inteligentes y valiosos artistas unas molestias que pocos han de agradecerles.

Un aplauso antes de cerrar esta nota, para Nicolás Rodríguez, que, otra vez, como antes en una pieza semejante, saca mucho lucimiento personal de un personaje secundario.


Notas

1. Teatro de los Insurgentes. P. de m. A: Biblioteca de las Artes
2. La obra se estrenó el 5 de septiembre en el teatro Orientación. P. de m. A: Emma Teresa Armendáriz