FICHA TÉCNICA



Título obra El oído privado y El ojo público

Autoría Peter Shaffer

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Luz María Aguilar, Manolo Fábregas, José Gálvez

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El oído privado y El ojo público de Peter Shaffer, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 4 septiembre 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   4 de septiembre de 1963

Columna Teatro

El oído privado y El ojo público de Peter Shaffer, dirige Manolo Fábregas

Rafael Solana

Como una evocación de aquellos tiempos, que él es demasiado joven para haber conocido, en que las funciones teatrales se hacían por tandas y a las puertas de las carpas los gritones ofrecían “Esta y l´otra por el mismo boleto”, Manolo Fábregas ha dado en la flor, con una generosidad que en él no sospechábamos, de ofrecer ¡dos obras, dos!, por el mismo precio de entrada. Como si su teatro estuviese en crisis, y necesitara alentar al público con “ofertas”, como cuando los sastres hacen trajes con dos pantalones, o los fabricantes de medias dan pares de tres, o la perfumería “Urania” daba ¡tiempos aquellos!, dos litros de finísimo perfume por el mismo precio de uno, que era dos pesos con 50 centavos.

Manolo encontró en Londres dos obras del mismo autor, Peter Shaffer, el de Ejercicio para cinco dedos, que allá se dan juntas porque allá, en Inglaterra como en el continente, existe la costumbre de hacer durar cuatro horas los espectáculos teatrales; en México no tenemos ese hábito, y no agradecemos, sino al revés, ni las corridas de ocho toros ni los programas de dos obras. Manolo podría haber dado aquí, y nadie se lo habría tomado a mal, en una función El oído privado, y en otra, con nuevo boleto, El ojo público; cada una de ellas es más larga que La zapatera prodigiosa y que El señor perro, o Edipo; que sólo en los bolos dominicales se acostumbra eso de dar por el mismo boleto La viuda alegre y El conde de Luxemburgo.

Además de la longitud, está la calidad. Cada uno de esos dos espectáculos es tan bueno, que bien vale no digamos los doce pesos a que rígidamente se ajusta el teatro en México, sino más, si se pudiera. Son buenas las obras, es excelente la presentación, y las interpretaciones son impecables. Tendría de sobra el público, por su dinero, con cada una de estas comedias; verlas las dos por 12 pesos, por 6 pesos cada una, es una especie de obsequio, que el público no puede agradecer, porque la atención tiene un límite, como el estómago, y esto de darle a uno dos obras por el precio de una es como cuando en esas casas de huéspedes españolas le dicen a uno que puede por los mismos cinco pesos comerse toda la fabada y todo el cocido; no se disfruta ninguna de las dos.

Shaffer es, indudablemente, un autor magnífico. No muy original; parece haber tomado la inspiración para sus comedias en algo tan conocido como el Anatol, de Arturo Schnitzler; son ellas, como las del autor vienés, estudios psicológicos, variaciones para tres dedos, con un actor, una actriz, y un actor secundario (en Schnitzler se llama Max, y es siempre el mismo, mientras va cambiando la dama). En el El oído privado se limita Shaffer a enfrentar a dos tipos muy diferentes, uno introvertido y extrovertido el otro, un idealista y el otro práctico, uno espiritual y el otro sensual; en fin, Don Quijote y Sancho, una vez más, como siempre. O Pickwick y su criado, para traducirlo a términos británicos. El autor les presenta al reaccionar ante una muchacha, que se esfuerza en pintar simple, vulgar, corriente, prototipo de medianía. Por cierto, bajo la dirección de Manolo, nos dio una gratísima sorpresa Luz María Aguilar al interpretar este personaje, que “bordó”, en el sentido que en el teatro se da a este verbo. Estuvo perfecta sílaba por sílaba (¡y Baguer creyó que ceceaba por defecto!) en ese papel al que dio toda la profundidad de su sentido. Por su parte, Manolo, en el personaje central, y José Gálvez en la contraparte, alcanzaron también la eminencia, para lo que Manolo tuvo que vencer dificultades mayores, pues resulta que a los dos les venía muy bien el mismo tipo, el del mundano, el cínico, el epicúreo, el simpático profesional. Dejándose de lo que siempre había sido parte de su personalidad teatral esta vez hizo Fábregas no el villano, como habría parecido lógico, sino el romántico, que intenta tratar a la mujer con las mismas consideraciones con que trata a sus discos, sin apenas tocarlos, y quedándose embobado ante ellos. ¡Qué bien comprendida la obra, y qué bien trasmitidas al público todas sus emociones! Las escenas mudas, que abundan, y que son muy importantes (entre ellas una que ya estaba el “Bohemia”, y que allá se llamaba che gelida manina) salieron irreprochables, y el público se sintió tentado de ovacionarlas.

¡Qué a gusto nos habríamos ido a nuestra casa, después de ver El oído privado, a meditar, a recordar todas las bellezas teatrales, poéticas, de tan hermosa obra, y a reconsiderar todos los aciertos del director y de los tres actores! Habría bastado esa obra magnífica para que pudiéramos decir que habíamos tenido una noche de gran calidad.

Pero no, no quiso Manolo que con eso nos conformáramos. Nos quiso dar más, atiborrarnos, retacarnos y nos dio todavía dos horas más de espectáculo, con otra obra, tan buena como la anterior, pero que ya tenía que cogernos cansados, y que habríamos agradecido más ver independiente, frescos, en otra diferente jornada.

La segunda obra se llama. El ojo privado, y, según algunos, debe considerársele mejor que la primera. Nosotros no tuvimos esa opinión, pero tenemos que descontar de la que nos formamos el cansancio de haberla visto en segundo turno.

La encontramos menos profunda, menos poética, menos lírica que la anterior; aunque tal vez más cómica, más ágil, y con una anécdota más chispeante... aunque tampoco se pierda de vista por la originalidad, como ocurre como la primera.

El tipo que Manolo compuso para esta segunda obra nos pareció innecesariamente recargado; si en El oído privado está Manolo lleno de naturalidad, casi diríamos de inocencia, y al final de verdadera emoción, en cambio en El ojo público de lo que pareció lleno fue de habilidad, de oficio, de trucos. Aunque todo eso también, naturalmente, el público lo aplaude y lo agradece.

A nuestro juicio, no habría necesitado Manolo para dar contraste a su actuación (contraste que ya no sería necesario si las piezas se dieran por separado, como tanto bien les haría) ni cambiar por completo de voz adoptando una de levantino muy propia de comedias más gruesas que éstas, ni ponerse una peluca tan colorada, unas cejas encendidas, en esta segunda comedia a él le tocó hacer el papel que en la otra hizo Luz María Aguilar, es decir, el de la persona mediana, cotidiana, vulgar, que es vista de modo diferente por una fantasía exaltada, romántica, que en este caso, pues los papeles se cambiaron, es la encomendada a Luz María Aguilar. Manolo mismo, que la dirigió en ambas piezas, está creyendo que Luz María está mejor en El ojo público que en El oído; nosotros no tenemos esa opinión; creemos que caló más hondo en el papel de la tonta, que es muy delicado, que en el de la lista, que es brillante, espectacular, con grandes parrafadas, que por cierto saca la señorita Aguilar muy bien; en este papel el autor puso más brillantez que ternura; y a ratos quizá se nos quedó Luz María un poquito corta en este sentido. Manolo, por su parte, prefirió asirse a trucos, a efectos, a exterioridades, que nos estorbaron un poco la visión, y que a él no le dejaron penetrarse en el personaje con la misma hondura con que caló en el anterior.

En la segunda obra el mejor actor nos pareció José Gálvez, que justamente porque en la obra había hecho un personaje algo desorbitado, exageradillo en su caracterización (calcetines rojos, lentes negros, sombrero de alas ridículas) para establecer el contraste hizo en El ojo público un hombre serio, casi adusto, flemático y británico, mesurado; bien vestido, y al que supo dar, para los momentos cómicos, una ponderación digna del mayor elogio, para él mismo y para su director. En este juego de los contrastes, de los matices, que Manolo director manejó con maestría, le tocó en esta obra a Gálvez llevar la parte de mayor dignidad, que ciertamente no es la de mayor efecto en el público grueso, sino al contrario.

Shaffer da en esta obra una lección de cómo se hace teatro. Con un argumento pequeñísimo, un chascarrillo casi, ha hecho una obra entera, que dura 110 minutos sobre la escena. La entrada del personaje femenino está preparada con habilidad magistral. El planteamiento de la personalidad del ojo público es un acierto pleno. Como en su obra anterior, se ve a este autor muy bajo influencia de la música. No solamente habla de Bach y de Mozart, de Tchaikovsky, de Britten y de Puccini, y usa sus composiciones, sino concibe a los personajes en términos musicales, como soprano, tenor y barítono, como violín, viola y chelo, y desarrolla su pequeño tema con alardes de virtuosismo en un contrapunto sabio, en fugas cromáticas que producen, por geométrica exactitud, el deleite matemático, musical, pues, del espectador, que ve construir con palabras un edificio de razonamientos, de silogismos, de correctas deducciones lógicas, hijas de los caracteres y de la situación establecidos como premisas, y que no necesitan en sí mismos ser hallazgos de una gran originalidad, ni conducir a impensados términos.

Vea usted, se lo recomendamos vivamente, El oído privado y El ojo público; pero, si no le pesa gastar 24 pesos en vez de 12, si prefiere usted el deleite al ahorro, véala por separado, una un día y otra otro; la disfrutará mucho más, eso podemos asegurárselos.