FICHA TÉCNICA



Notas El autor cita versos de José Zorrilla sobre la escenificación de Don Juan Tenorio por indios otomíes y cita versos de la versión mulata de la obra homónima

Referencia Armando de Maria y Campos, “Zorrilla en México. Una noche vio representar su Tenorio en la troje de una hacienda por un indio otomí”, en Novedades, 2 diciembre 1947.




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Columna El Teatro

Zorrilla en México. Una noche vio representar su Tenorio en la troje de una hacienda por un indio otomí

Armando de Maria y Campos

A los pocos días de llegado a México, José Zorrilla marchaba con el conde de la Cortina a una hacienda que un primo de este prócer andaluz-mexicano, don José de Adalidad, en los llanos de Apan, donde el autor de Don Juan Tenorio pasó largas temporadas. Viviendo en la hacienda de Apan, en una ocasión pasaron a la que Zorrilla llama "la hacienda de Los Reyes" para presenciar las fiestas del día de san José, nombre que llevaban el poeta, el conde de la Cortina, el propietario de la finca, la hija mayor de éste y varios de los invitados a la fiesta. Durante los varios días que duró la celebración de esa fecha –marzo de 1855– los invitados gozaron de corridas de toros a la campirana, riñas de gallos y baile; Zorrilla pudo comprobar la ya arrolladora popularidad de su Don Juan Tenorio.

Dondequiera que Zorrilla iba, su Tenorio lo precedía como heraldo que anunciaba su fama. A los once años escasos de estrenado el magnífico drama fantástico-religioso ya lo representaban los campesinos de las haciendas mexicanas, usando como escenario sus trojes. El mismo Zorrilla, en unos versos graciosos y desenfadados cuenta el episodio, tan fuertemente vinculado a la tradición del Tenorio en México. Durante uno de los días de fiestas en conmemoración de san José, vagando a caballo por los campos, se vio sorprendido por un nublado. Años más tarde recordó en verso el episodio, rematando con él los versos qu en cierta función de beneficio leyó en el teatro Español, de Madrid, mucho después de su vuelta de México. En la composición que leyó aquella noche habla mal –como ya era costumbre en él– de su Don Juan:

Con defectos tan notorios
vivirá aquí diez mil soles,
pues todos los españoles
no la echamos de tenorios.

Y si en el pueblo le hallé
y en español le escribí
y su autor el pueblo fue...
¿Por qué me aplaudís a mí?

La descripción de la sorpresa que le causó ver representar su Don Juan por indios que recitaban en una jerigonza extraña, mezcla de otomí, castellano y andaluz, es ésta:

Sobre mí a un anochecer
un nublado se deshizo,
y entre el agua y el granizo
me dejó una hacienda ver

Eché a escape y me acogí
de la casa entre la gente,
como franca lo consiente
la hospitalidad allí.

Celebrábase una fiesta:
que en aquel país no hay día
que en hacienda o ranchería
no tengan una dispuesta;

y son fiestas extremadas
allí por su mismo exceso,
de las hembras embeleso,
de los hombres emboscadas.

Entré e hice lo que todos;
y cuando creí que al sueño
se iban a dar, di yo al dueño
gracias por sus buenos modos;

mas mi caballo al pedir,
asiéndome de la mano
me dijo el buen campirano
soltando el trapo a reír:

–¿Y a quién hay que se le antoje
dejar ahora tal jolgorio?...
Vamos, venga usté a la troje
y verá el Don Juan Tenorio.

Y a mí que lo había escrito
en la troje me metía;
y allí al paso me salía
mi audaz andaluz precito.

Mas ¡ay de mí, cual salió!
Lo hacía un indio otomí
en jerga que el diablo urdió;
tal fue mi Don Juan allí,
que ni yo lo conocí,
ni a conocer me di yo.

Tal es la gloria mortal,
a quien Dios se la confiere,
si librarse de ella quiere
se la torna Dios en mal.

Entonces, Zorrilla vivía en México con $250.00 que le enviaba mensualmente don Isidoro Lira, director del Diario la Marina. Con esto y algo que le mandaban sus amigos de Cuba, Bustamante y Romero, con la generosidad de sus hospedadores y con algunas deudas que iba adquiriendo, el poeta se las arreglaba. Sin embargo, aquella temporada en la finca de Apan debió ser triste para el poeta. "Tenía yo, pues, en México –escribe en los Recuerdos del tiempo viejo– lo que he tenido siempre después, el vacío del corazón, ocasionado por la pérdida de lo único que había mantenido mi existencia: la fe. En mi mesa no había ya tintero, ni a la cabecera de mi cama un libro, el espíritu dormía, la inteligencia funcionaba pero no producía, y el cuerpo vivía, pero no gozaba la vida. A las seis de la mañana me iba a matar conejos para almorzar; a las once, ardillas para comer, y a las cinco de la tarde tórtolas para cenar; mi criado francés, que era profesor en la ciencia culinaria, se ocupaba de la cocina, y yo de la escopeta, y a las nueve nos acostábamos".

No debió sorprenderle mucho, sin embargo, este "Tenorio otomí", pues en La Habana acaban de verlo representado por actores mulatos. En el teatro Albisu una mulata clara recitaba así los versos de la escena de sofá:

Don Juá, don Juá, yo lo imploro
de tu hidalga compasió:
arráncame e corasó
o ámame porque te adoro.

El don Juan, mulato también, durante la escena del cementerio, se había arrancado por guajiras:

Mármol en quien doña Inés
en cuerpo y sin alma existe.
¡Vida mía!
Mármol en quien doña Inés
en cuerpo y en alma existe,
deja que un triste, que un triste
llore un momento a tus pies...