FICHA TÉCNICA



Título obra Moby Dick

Autoría Orson Welles

Dirección Ignacio Retes

Notas de dirección Ignacio Retes y Julio Prieto / traducción

Elenco Ermette Zacconi, Narciso Busquets, Aarón Hernán, Héctor Andremar, Jacqueline Andere, Jorge Mateos, José Carlos Ruiz

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Ignacio Retes dirige Moby Dick en versión de Orson Welles]”, en Siempre!, 7 agosto 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de agosto de 1963

Columna Teatro

Ignacio Retes dirige Moby Dick en versión de Orson Welles

Rafael Solana

Se habla mucho de antiteatro, actualmente, y se da a esa voz diferentes significados, el antiteatro se vuelve teatro, a fuerza de inteligencia, de talento creador de quienes lo hacen. El anónimo redactor de estas líneas no recuerda, en toda su vida, dos anuncios de espectáculos teatrales más antiteatrales que los que inmediatamente va a mencionar: el anuncio, en el teatro Quirino, de Roma, de Los diálogos de Platón, y el anuncio, en el teatro Xola, de México, de Moby Dick; podrán parecer distantes de lo teatral otras cosas (la novela Ana Karenina, por ejemplo o los versos del Arcipreste de Hita, o los de Quevedo); pero nada sonó a los oídos de este columnista más chocante, más increíble, que esos dos casos que ahora trae a colación.

Y, sin embargo, tiene que confesar que esos dos espectáculos positivamente teatrales, maravillosamente teatrales, serán de los que en el resto de su existencia recuerde con mayor admiración y más agrado. Lo de Roma (quizá ya lo contó alguna vez, pero viene al caso volver a hacerlo) era prodigioso. Aparecía el escenario a oscuras, solamente con una mancha de luz (spotlight) y en ella un anciano, vestido con un trapo verde oscuro. De la oscuridad salían voces que hacían preguntas. Sócrates sin apenas moverse (se le suponía prisionero, encadenado) contestaba con discursos. El actor, Ermette Zacconi, decía aquellos discursos (por ejemplo, acerca de la inmoralidad del alma) con tan increíble maestría, con tan asombroso talento, que el público teatral de Roma, el público de la ópera Verdi, descendiente del público del Circo Romano gritaba, vociferaba, tiraba los sombreros en alto, y prorrumpía con frecuencia en ovaciones como las de la plaza de toros. ¡Aquel actor sí que era un genio!

Pues bien: igualmente desconfiable, como posible pieza de teatro, que los filosóficos diálogos a que acabamos de aludir, parece la novela de Herman Melville que los norteamericanos consideran una de las mayores obras maestras de la literatura universal, aunque no todo el mundo comparta, por ahora, opinión tan exaltada. Una novela farragosa, de muchos centenares de páginas, de acción sumamente diluida, y uno de cuyos principales méritos está en la recreación de un ambiente marino, como los de Conrad, o los de Loti. De esa novela se han sacado buenas películas; pero... ¿una obra de teatro? La perspectiva parecía muy poco prometedora.

Pero ocurre que con genio teatral, con talento extraordinario, por parte de quien la ideó (Orson Welles) y de quienes en México la realizan (productor, director, actores) ante los ojos del desprevenido espectador, la obra Moby Dick(1) levanta uno de los más admirables milagros teatrales que podamos recordar. La obra... seguimos creyendo que no es una maravilla despampanante; no es La guerra y la paz, no es Crimen y castigo, no es El Quijote; pero su postura en escena, su escenificación, eso sí que es admirable; eso sí que hace historia, en nuestro medio.

No es rigurosamente la primera vez que vemos algo así; ya Vittorio Gassman y su Teatro Popular Italiano nos dieron un anticipo; Pirandello nos había dado otros más antiguos; pero nunca las cosas habían salido tan perfectas.

Moby Dick es antiteatro porque renuncia deliberadamente a todo lo teatral, a todo lo que convencionalmente llamamos teatral, para crear otra teatralidad más profunda; hacer realidades teatrales de las más ostensibles irrealidades; eso es teatro. Y está tan bien hecho, por todos, que los espectadores lo aceptamos, con delicia.

En verdad que nunca se había pedido más al espectador, que lo que en Moby Dick se le pide; el espectador es la verdadera estrella del espectáculo, es quien trabaja más, quien hace mayor esfuerzo, tal vez quien tiene mayor mérito. Todo del juego se hace dentro de su mente, que él facilita, ingenua materia prima para la magia de la teatralidad.

Moby Dick, tal como Orson Welles concibió el espectáculo teatral, y Prieto y Retes lo realizan, es el triunfo de la palabra. La palabra, la más grande conquista del arte y del hombre, había venido siendo pospuesta, relegada; se daba mucha importancia a la mímica, en algunos teatros (Alexandro) y la riqueza física, corpórea, de decoraciones leñosas, de mobiliario, de pieles y sedas, de cinturones y coronas, de anillos y hebillas, de botones y guantes, en otros (Seguro Social). Parecía concederse todo eso, que es físico la primacía; y ahora viene la reivindicación: la primacía es de la palabra; la palabra lo puede todo, en el teatro; es allí donde reside la verdadera magia. No serán las copas lujosas ni las coronas lo que nos haga creer que estamos frente a un rey, sino la palabra “rey”; el teatro Xola parecía ignorar esto, todo lo gastaba en plumas y en collares. Si otro teatro hubiera venido a ganar esta batalla en contra de esa idea materialista, el Seguro Social habría sufrido una humillante derrota; lo asombroso es que sea el mismo Seguro Social quien haga esta revolución, en contra de sí mismo.

Con palabras, nada más que con palabras, pero palabras mágicas, tocadas por el talento de todos los realizadores, se construye ante los espectadores atónitos, arrobados, todo un mundo; la palabra mar basta para que sintamos su olor de iodo y su fresco aliento en la cara; la palabra ballena es suficiente para que la veamos, con su joroba blanca con su chorro, con sus arpones clavados, con su mirada furiosa. Las meras palabras pronunciadas nos hacen ver y sentir barcos, ballenas, olas, más que si se hubiese encontrado la manera de imitar con madera, con cartón, con trapos o con hule (y no ha faltado quien lo intente) lo que es irrepresentable en el escenario... ni necesitaba ser representado, como ahora se ve, puesto que la palabra tiene por sí misma fuerza para evocarlo, para crearlo. Un ejemplo más, muy claro: el papel de un niño negro lo hace una señorita rubia; no necesita pintarse con corcho, ni ponerse una peluquita, para que tengamos delante de los ojos (de los ojos interiores, de los ojos de la mente) al niño negrito; sólo un tonto no se dejaría engañar, y no entraría en el juego.

Otro ejemplo: los actores hacen varios papeles; una vez son un personaje y otras otro, y no nos confundimos en ningún momento; otro más: no se necesita esconderle la pierna al que sale de cojo para que le creamos que está cojo; se lo creemos bajo su palabra; como a otros actores les creemos que son principales, que son ricos, que son inteligentes, que son jóvenes, y, a las actrices, que son bellas... bajo su palabra, es decir, bajo la palabra del poeta, del creador, del que escribió la obra, si tiene talento (y sí lo tienen los artistas que lo interpretan) para hacernos caer en el engaño en que estamos deseando caer, desde que nos aproximamos al teatro.

Un castillo de palabras, un mundo de palabras, de nada más que palabras, sin telones, ni trajes, ni pelucas, ni muebles, es Moby Dick; ¿quién ha tachado como defecto de una obra teatral el ser verbosa? ¿Y qué otra puede ser, si no eso? A ver movimiento va uno al ballet, o al futbol; a ver colorines, a una exposición de pintura, o de flores; al teatro va uno a oír las líneas, y quienes las sepan decir mejor (como López Tarso, o la Guilmain) serán los considerados mejores actores; no quienes más salten (como hizo Hirsch) ni quienes luzcan las mejores joyas (como a veces ha hecho Marilú Elízaga). A fuerza de palabras nos meten los artistas en un mundo que, después de todo, nada nos importa, y con el que nada tenemos que ver, pero cuyo prodigio consiste en surgir ante nosotros únicamente por la fuerza de la palabra.

Se preguntarán ustedes con terror, al leer que no hay ni decoración, ni ropa, ni botines, ni anillos... ¿y qué ha sido de Julio Prieto? ¿Ha naufragado, como la nave ballenera? Pues... no. Brilla con mayor esplendor que nunca; porque ha demostrado (¿o ha encontrado?) que tampoco él necesitaba de mucha leña y de mucho trapo para triunfar; su mano segura está en unas cuantas luces, en el color del ciclorama, en el engaño de unas cuantas sombras que nos hacen pensar que vemos lo que no estamos viendo (como en la escenografía de El buque fantasma). Por una vez suple con imaginación (la suya y la de los espectadores) la falta (que antes allí siempre había sido sombra) de elementos materiales. Entra en el juego con absoluta franqueza, aceptando sus reglas (y no como aquel escenógrafo español que pretendió, con la mayor impudicia, crear una decoración, en el antiguo Seguro Social, para una obra pirandelliana que prohibía usarla). Prieto encuentra esta vez en la más absoluta desnudez del escenario la ocasión de hacerse sentir de todos modos, aunque sólo sea con manchas de luces (y eso era la escenografía de la ópera Moses und Aaron, de Schomberg que el año pasado vimos en Berlín).

Pero quizá el mayor triunfador de la jornada (después del espectador desconocido) sea el director, Ignacio Retes; él es el principal “cuentista”, el principal engañador; pero sólo puede engañar a condición de creer él mismo en lo que cuenta; si él no tuviera una fe vigorosa no podría transmitir al público la ilusión, en ese acto de hipnotismo, en este truco del mago Maravilla que es la función teatral que le ha sido encomendada. Lo principal es que hace hablar claro y bien a sus actores (sólo uno, muy secundario, tiene alguna dificultad en este sentido); hablar bien, es la escuela del Seguro Social; ¡qué magníficas voces hay allí, y qué bien manejadas! Las que se contrataron para Moby Dick son excelentes; no perdemos una sílaba, todo está claramente pronunciado, y entonado con exactitud; de allí hace la magia. ¿Movimientos? Los justos, sin excesos de mal gusto. ¿Composiciones? Las más naturales, las de mayor sencillez, y eso el público lo agradece. Cuando se necesita algún movimiento de conjunto para imitar una maniobra naval, o un desastre, todos lo hacen a una, creyendo en lo que hacen y haciéndonos creer. El sostener la ilusión sin dejarla caer ni por un momento es un mérito enorme de Retes; jamás lo hemos visto dirigir mejor, y nunca tuvo entre sus manos una obra más difícil.

En cuanto a los actores... forman un conjunto tan parejo, tan coherente, que se teme ser injusto si no se les menciona a todos; por la magnitud de los papeles, sobresalen algunos: Narciso Busquets, desde luego, que después de haber sido un encantador niño, hace 25 años, y luego una especie de Michelin, hombre grueso y aparatoso, pero de escasa sensibilidad (Agamemnón, Enrique VIII) ahora asume papeles de vastísima gama de matices, y en todos convence. Luego, Aarón Hernán, que roe el hueso (el narrador, Ismael) y sabe hacerlo con personal simpatía; muy bien también en su adusto y puritano segundo de a bordo Héctor Andremar; excelente de voz, como siempre, Ruiz, y atinadísima Jacqueline Andere en el más convencional de todos los papeles; también encontramos muy acertado, a Mateos, pero tendríamos que ir diciendo uno por uno los nombres de todos los demás miembros de la compañía, pues no desentona nadie.

Como autor de la obra ¿a quién felicitar? No, ciertamente, a Melville, que ideó la anécdota y trazó los personajes, pero de seguro jamás imaginó que su novela sería llevada a un escenario teatral. El creador del espectáculo, el que lo imaginó, ha sido Orson Welles; ese es el verdadero autor. Y un aplauso muy especial merecen los traductores(2).Cuando hemos inquirido quiénes eran (o quién era) admirados por la exactitud de los bien cortados endecasílabos (pues abundan los hermosos versos) fue nuestra gran sorpresa saber que esta vez no se trató ni del padre Garibay ni de ningún escritor de pro, sino de... Julio Prieto, que entre sus muchas ocupaciones ha encontrado tiempo para versificar, y con mucho talento. Tuvo una colaboradora que llamó... ¿Mina? y a quien no tuvimos tiempo de identificar.

Recomendamos Moby Dick, como el más fascinante, el más milagroso, de cuantos espectáculos teatrales haya presentado hasta ahora el Seguro Social.


Notas

1. Estrenada el 24 de julio. P. de m. A: Ignacio Retes
2. Ignacio Retes y Julio Prieto. Idem.