FICHA TÉCNICA



Título obra Las paredes oyen

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Dirección Jébert Darien

Elenco Elda Peralta, Carlos Ancira, Carlos Bribiesca, Lourdes Canale, Mario Delmar, Regina Cardo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las paredes oyen de Juan Ruiz de Alarcón, dirige Jébert Darien]”, en Siempre!, 20 marzo 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de marzo de 1963

Columna Teatro

Las paredes oyen de Juan Ruiz de Alarcón, dirige Jébert Darien

Rafael Solana

Lo que más nos impresionó, la noche del estreno de Las paredes oyen en la sala 5 de diciembre, fue el brillo de los ojos de Alexandro Jodorowsky cuando estalló la ovación final, y el telón se abrió media docena de veces para que los artistas agradecieran las espontáneas palmas que les estaba tributando un público satisfecho y complacido. Había una enorme alegría en aquellos ojos; eran como los de un desterrado que vuelve a ver su patria, y la patria de todo artista es el aplauso del público. Respiraba hondo, como aquel que ha pasado un largo peligro y toca al fin playa. Era el sediento que vuelve a beber, después de una prolongada agonía; era el hambriento ante el cual se ha vuelto a poner una mesa bien servida.

Alexandro Jodorowsky ha sufrido persecución injusta, que él mismo ha exagerado; de sus últimas apariciones en público, como actor y director teatral (también es cuentista, en todos los sentidos que tiene la palabra, y es maestro) se escribió muy mal, pero, si recordamos bien, no tanto como para que ahora tenga que aparecer este estimable enamorado de su arte con disfraz, con el pelo un poco recortado (la nariz, imposible), con la voz cambiada, y con nombres falsos en los programas (dos, uno para su participación como actor y otro para su colaboración como director). Imaginar que sólo con estos subterfugios podría volver a pisar un escenario mexicano es ya un poco de delirio; tampoco fueron sus escándalos tan graves como para hacer aconsejables estas precauciones. Pero, en fin, ama el teatro, y le gusta hacerlo hasta en esto; tomó un papel secundario, puso nombres fingidos, y nos apareció por allí ceceando y falsificando el tono de su voz como si con eso ya no fuera a conocerlo nadie.

Su participación, después de sus escándalos con el teatro modernísimo, en una representación de un clásico, es ya toda una palinodia. Parece humildemente sometido, dispuesto a hacer algo por completo distinto de lo que hasta ahora hizo. Sacrifica su orgullo en aras del teatro. En todo esto, especialmente si, como es el caso, no se tiene contra él ninguna animadversión, sólo puede verse una modestia digna de aplauso, y una prueba más de un amor al arte, que merece aprobación y estímulo.

Como actor, esta vez Alexandro Jodorowsky, actualmente Alberto Goya no saca los pies del plato; cumple apenas discretamente, como quien se somete a una disciplina, pero sin mucha devoción; como director (se puso otro nombre distinto, que ya se nos olvidó) más bien comete errores; su iluminación arbitraria, y algunos de sus efectos más provocan la risa del ridículo que la sonrisa de la gracia. En estos errores tiene dos cómplices: Jébert Darién, que aparece como director principal, y , sobre todo, Felguérez, el escenógrafo, que está muy bien en lo muy moderno, pero desacierta plenamente en esta comedia, donde recurre a expedientes muy pobres, y que no tienen la menor novedad y provoca que algunas escenas resulten paródicas; desde luego se advierte que no siente el menor respeto por el mayor de nuestros clásicos. Le restó grandeza, convirtió en chocarrera y simplicidad lo que pudo aparecer, con ayuda, como más decoroso y menos inocente.

Sólo de esto (de la escenografía, o mejor dicho la ausencia de ella, de la dirección, y de la iluminación) podemos quejarnos; todo lo demás en la pieza es grato, aun delicioso, empezando por la pieza misma, que puede medirse con las mejores de Lope de Vega o de Tirso, por sus bellezas idiomáticas, su preciosa versificación, la gracia de su enredo, superándolas a todas por su intención moralizante. En realidad Juan Ruiz de Alarcón más que divertir al público con sus comedias se proponía dictarle una lección. A la que contiene Las paredes oyen se llega a través de una intriga divertida, y por medio de personajes muy bien caracterizados, y todos ellos simpáticos.

Para nuestro gusto, lo más notable de la actuación en Las paredes oyen está en la belleza, la distinción y la elegancia de la actriz Elda Peralta, que, si todavía no es una María Guerrero, deja ver progresos muy estimables; dice los versos con una gran naturalidad, lo que los hace sonar a veces un tanto pálidos, si contrastan con los que en forma más enfática dicen otros actores. Inmediatamente después pondríamos la buena interpretación de Carlos Ancira, que exagera un poco, sobre todo en vestuario, la pobreza física de su personaje, pero que pone en él emoción y verdad, lo hace el centro de la comedia, y el portavoz del autor. Mejor vestido, muy bien entonado, con su papel, muy bien entendido, y conservándole simpatías a pesar de que se trata del que resulta ser el villano de la obra, Carlos Bribiesca. Vestida como por Gironella (de reina María Ana o de algo igualmente velazqueño) Lourdes Canale luce un peinado que roba cámara a los de las otras actrices. Acierta de lleno con su papel. Y encontramos también impecable a Mario Delmar como duque de Urbina con la elegancia en el vestir que fue posible dentro de un presupuesto que suponemos modesto. Es guapa la otra actriz, la señorita Cardó, por más que su peinado nos pareció un tanto estrafalario. Y supieron cumplir con corrección los jóvenes actores que asumieron los papeles de criados.

En fin, que fue una plausible representación la de Las paredes oyen que debemos agradecer a Elda Peralta, a Carlos Ancira y a Alexandro. Y, sobre todo, es una gran satisfacción ver que hay quien se acuerde del Juan Ruiz de Alarcón, nuestro mayor hombre del teatro, nuestra figura internacional de mayor prestigio, el hombre que se codeó con Lope, con Cervantes y con Góngora, a quien el Seguro Social y el propio Instituto de Bellas Artes tienen tan olvidado, quizá para que corra la misma suerte que se ha decretado a sus compatriotas, mientras para Lope, para Shakespeare o para Esquilo todas son fiestas.