FICHA TÉCNICA



Título obra Los duendes

Autoría Luisa Josefina Hernández

Dirección Xavier Rojas

Elenco Rosa María Moreno, Luis Bayardo, Alma Martínez, Alma Martínez, Alicia Quintos, Enrique Aguilar

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los duendes de Luisa Josefina Hernández, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 23 febrero 1963.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de febrero de 1963

Columna Teatro

Los duendes de Luisa Josefina Hernández, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

Una epidemia que se abatió sobre la compañía del teatro del Granero (probablemente no se trataba sino de alguna ligera afección catarral comunicada de unos a otros) obligó a la empresa a posponer el estreno de Los duendes de la fecha señalada a otra en que lamentablemente, ya no sería posible al anónimo autor de esta columna asistir a esa representación; cuando lo hizo saber así, con sus excusas más humildes, este redactor a dicha compañía, obtuvo como respuesta la sorpresa de una representación especial organizada para él, en fecha conveniente. Profundamente agradecido por esta inusitada y gentilísima deferencia pudo pues este cronista ver la pieza tal como el público podría conocerla, 48 horas más tarde(1), y está de este modo en aptitud de ofrecer a sus amables lectores una impresión de lo que es esa comedia, que hoy está en el cartel en nuestro simpático y acreditadísimo teatro en círculo.

Desde luego, hemos de felicitar a Xavier Rojas por haberse decidido a montar en su frecuentado local una obra mexicana. En los últimos años ha mostrado una marcada preferencia por las extranjeras, especialmente las muy audaces, del teatro más vanguardista y más atrevido que se hace en Inglaterra, en Estados Unidos o en el continente europeo, algunas de estas obras (si hemos de ser francos, la mayor parte de ellas) han constituido grandes éxitos para el director mismo y para toda la empresa; reclamábamos, sin embargo, que en ese teatro se diese cabida a la producción nacional, y ahora que así se ha hecho no podemos menos que alegrarnos.

No escogió esta vez Xavier una pieza nueva, reciente, como hace con las de Londres o Nueva York, sino una que tenía ya algunos años, quizá lustros, de permanecer en los cajones; su autora, doña Luisa Josefina Hernández, ha alcanzado un decoroso nombre en el padrón de las modestas glorias literarias dramáticas nacionales, y muy justiciera ha sido la actividad de Rojas al rescatar del polvo del olvido esta pieza, que merece ser conocida y juzgada, por el renombre y el prestigio de que ya disfruta su autora.

Tanto ha leído uno en los periódicos que la señora Hernández tiene un gran talento (lo afirman ella misma y sus amigos o discípulos Carballido, Magaña o Hugo Argüelles) que llega uno a sentir cierta vergüenza en confesar que no puede comprobarlo. Será ese talento como aquellos sonidos que hay para llamar perros, y que el oído humano no escucha, o como ciertas estrellas que los miopes no ven en el firmamento, pero que allí están, y que el telescopio muestra. La primera vez que conocimos la comedia Los duendes nos dejó fríos; la segunda, tampoco la hemos entendido, como desde luego atribuimos esa incomprensión a nuestra reconocida y aceptada estupidez, y no a la incapacidad de la escritora para hacerse inteligible, nos proponemos castigar nuestra estulticia con un empeñoso estudio; hemos de volver, a ver si la tercera vez, o la cuarta, o la quinta, acabamos por comprender algo; así hemos hecho, a veces con algún éxito, con las obras musicales de Schomberg o con las pinturas de Kokoschka. Creemos que los admiradores de la señora Hernández, todos ellos tan inteligentes, no pueden estar equivocados, ni mucho menos todos ellos tan honorables, confabulados para tomarle el pelo a la gente, a menos que, todos ellos tan bromistas, se trate solamente de una inocentada. Quisiéramos invitar a todos nuestros lectores a que personalmente conocieran esta pieza, a la que no faltarán panegiristas (¡personas inteligentísimas!) y a que cada quien se formara un juicio; porque dejarse llevar de la mano de los tratadistas a veces conduce a bromas pesadas, a balmoreadas grotescas, a engaños mayúsculos.

La obra, al menos, no es tan profundamente amarga como otras de la autora, que tienen sabor a cuasia. Tampoco es de risa, aunque tenga un par de chistes (el de la botella y el otro) que hacen reír, y otros (el del dinero en el banco) que hacen llorar. Es una especie de suspenso, de inquietante espera, de algo que va a suceder o a decirse, o a desenvolverse o a explicarse... y que nunca llega. Se parece a aquellas oberturas de Wagner en que comienza a sonar una especie de niebla de música, sin que jamás llegue a definirse nada inteligible; desde que comienzan a hablar de los personajes de Los duendes, cada uno por su lado, siguiendo el hilo de sus propios pensamientos, de sus sentimientos, de sus obsesiones o de sus manías, ya se produce esa neblina de palabras y ya está el espectador suspendido en el aire, como la tumba de Mahoma, sin tener a qué asirse ni dónde posar. La obra no es realista, desde luego; pero ¿es acaso poética? ¿Quién podría jurarlo? ¿Es simbólica? ¿Usted cree? ¿Es alegórica? ¿Es filosófica? ¿Es social, o demagógica, como otras de la autora? ¡Qué arriesgado sería comprometerse con cualquiera de esas definiciones! Es... como alguna música de Debussy (usada como fondo) inasible, etérea, y digan ustedes mismos si éstas son virtudes en ella. Hay teatro muy sólido, como el de Ibsen, y otro muy fluido, como el de Wilde; pues Los duendes pertenece al género del teatro gaseoso. Siquiera no son gases venenosos. Habrá quien los califique de saludables. Anóteseles al menos la ventaja de ser inocuos.

Obra de este género, ni comedia, ni drama, ni poema, ni cosa que lo parezca, presenta sin duda serias dificultades para los actores, y para el director que ha de manejarlos; hacer llorar es, en el teatro (y en el cine) relativamente fácil, también es muy sencillo hacer reír a carcajadas, con pasteles y con resbalones; hacer sonreír, en comedia fina, ya es más difícil; pero mantener al público en una mueca, sin reír ni llorar, en babia, en espera de algo que no llega nunca, sin ser Godot, creyendo que va a ser magia, o fantasmas, que va a oír chistes, o que va a desentrañar un suceso, y que nada de eso pase, es para los artistas un tour de force. Los que Xavier Rojas escogió esta vez, como siempre, o casi, son excelentes, y han sabido salvarse de una situación tan comprometida. Un poco hacia la farsa tiran dos de ellos, Rosa María Moreno en su caracterización de la abuela de Caperucita roja, y Luis Bayardo en su mecánico consultor de relojes, pero los salva de llegar a la payasada su clase, y, de seguro, la mano del director, que les señaló justos límites. Rosa María es sin duda la actriz que más va a llamar la atención del público, si, como sinceramente deseamos, llega a haberlo; ya el hecho de que una muchacha guapa como es ella haga un papel de anciana, que le venía más a doña Amparo Villegas, da el tono de irrealidad de la pieza; algunas músicas misteriosas o luces extrañas subrayan que estamos en un mundo de fantasía, pero no en el mundo de las hadas, como en una pieza de Maeterlinck, sino en una mezcla de realismo con imaginación o con superstición, como en Cat, book and candie, o como se llamara aquella pieza de brujas que en la Casa del Arquitecto se representó en la época en que probablemente Luisa Josefina escribía esta obra, antes de volverse brechtiana o tortonwilderiana, o lo que sea en estos días.

Muy simpática, muy amable, está Rosa María en la defensa de su personaje; muy brillante y encantadora la joven y linda Alma Martínez, que encarna el personaje juvenil, y un poquito dramática por demás, dentro una pieza tan chocarrera y liviana, Alicia Quintos. Estas tres mujeres, de diferente edad, y diferente temperamento, ¿simbolizan tres épocas de la vida, ligera una, y obsesionada por los amores, grave la otra, preocupada por la ciencia, y chocha la tercera, reblandecida y vuelta a la primera infancia? ¡Quién sabe! ¡Esto y muchísimo más se puede interpretar de texto que, como los Evangelios, o Los duendes, se prestan para ver en ellos lo que uno mismo quiera poner!

Felices son también las actuaciones de los dos galanes, Enrique Aguilar y Luis Bayardo, que sin duda son hoy dos de nuestros más talentosos actores jóvenes. Desenvueltos, llenos de simpatía, hacen llevadera la obra, y ya que no se cubren de nuevos laureles, pues no se prestan sus personajes para inolvidables caracterizaciones, sostienen su renombre bien ganado, con decoro y con prestancia.

No será la dirección de Los duendes, una de aquéllas que suelen atraer sobre la cabeza de Xavier Rojas premios; pero sin duda da él una convincentísima muestra de su capacidad al no naufragar en una pieza tan peligrosa.

Ojalá que no sea Los duendes, un desastre de taquilla, que luego desanime al director de poner piezas mexicanas. No todas las que existen son tan esotéricas ni están dedicadas a un público tan inteligente, de sabios o de genios. Otras hay, hechas para el común de los mortales, para las masas numerosas e indoctas.


Notas

1. La obra se estrenó el 5 de enero. Xavier Rojas medio siglo en la escena. p. 154.