FICHA TÉCNICA



Título obra Escándalo de Puerto Santo

Autoría Luisa Josefina Hernández

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Yolanda Guillaumin, Juan Manuel Díaz, Dolores Linares, Graciela Martínez, María Teresa Monroy

Escenografía Guillermo Barclay, Augusto Ramírez

Música Leonardo Velázquez

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Escándalo de Puerto Santo de Luisa Josefina Hernández, dirige Dagoberto Guillaumin]”, en Siempre!, 5 diciembre 1962.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   5 de diciembre de 1962

Columna Teatro

Escándalo de Puerto Santo de Luisa Josefina Hernández, dirige Dagoberto Guillaumin

Rafael Solana

Posiblemente no tenga en todo México la novela La plaza de Puerto Santo, de Luisa Josefina Hernández, un admirador más entusiasta que el anónimo autor de esta columna. Este innominado escritor considera esa obra, con pasmo y sin envidia, como un asombroso modelo de perfección estilística, como un prodigio de gracia, un dechado de fino humor y una obra maestra en el género narrativo. Su respeto hacia la autora creció enormemente cuando conoció esta joya. La ha recomendado por los medios a su disposición y la ha dejado a su alcance, cerca de su cabecera, para alivio de sus noches de insomnio. Su regocijo no tuvo límites cuando supo que la novelista, que en realidad había conquistado la celebridad, primeramente, como dramaturga, había convertido su novelita maravillosa en una obra de teatro. Abrigó la ilusión de que la obra teatral fuese tan buena como la obra novelística, con lo que sería ya estupenda, o tal vez mejor, y, en tal caso, alcanzaría la región de lo sensacional, de lo sublime. Con esas bien fundadas esperanzas este cronista anónimo acudió al teatro, ocupó ansiosamente su butaca, y con los ojos bien abiertos y el espíritu bien templado esperó a que se produjera el prodigio.

El prodigio, ¡ay!, no se produjo. La señora Hernández, insatisfecha de su anterior producción dramática, tal vez con motivo, evoluciona, o por lo menos cambia, constantemente, como el enfermo hace con su postura en busca de alivio o de mejoría. Ahora está entregada, como una de esas chifladas damas americanas que se usaban hace 40 años, y que descubrían nuevas religiones, y las abrazaban con frenesí, a una nueva religión literaria, que tiene por profeta a Bertoldo Brecht, autor alemán fallecido hace algunos años, pero todavía de moda en Europa. Esta simpatía de doña Luisa Josefina por Brecht la había adivinado ya este periodista sin nombre, que recientemente, al ser recibido en Berlín por la viuda de Brecht, la eminente actriz Helen Weigel, a quien años atrás había conocido en París, sugirió el nombre de la señora Hernández (que es tedescoparlante) a la señora Weigel, como el de la persona más capacitada, en México, para traducir (en aquel momento no se nos ocurrió pensar que también para imitar) a Brecht. Doña Helena movió melancólicamente la cabeza como pensando “¡quién sabe, quién sabe!”; ¿conocía ya algunas obras de Luisa Josefina? No lo creemos. ¿A qué atribuir, entonces, aquella desconfianza? ¿A simple presentimiento? ¿Intuición femenina? ¿O fue aquel suspiro que se escapó a la señora Weigel producto de otros desencantos?

Lo que habíamos creído, y como tal aplaudido, mera simpatía de Luisa Josefina Hernández por Brecht, inclinación literaria, explicable y culta curiosidad por un autor importante, parece haberse convertido, para desgracia de la inteligente autora, en obsesión, en obstinación, en manía. Las más recientes piezas de nuestra escritora, bajo la influencia tiránica del talentoso autor alemán, son tales, que hacen buenas las anteriores que conocíamos, y en las que ese cruel dominio no se había hecho sentir. La historia de un anillo, si desde este punto se mira, resultó una muy pálida y lamentable calcomanía de Die dreigaroschen oper, aunque tan simpática apareciera ante los ojos de quienes prefirieron verla como una resurrección de la antigua zarzuela; como un Chin chún chán 1962; pero en la nueva producción teatral de la fundadora de la escuela luisapepinista no hemos podido encontrar, como tal vez ella buscó, un regreso a In dirckicht de stadter o a Trommeln in der nacht, que ya vendrían resultando, ahora, obras algo envejecidas, sino... una exhumación de Galdós, que ese sí que es un autor (teatral) apolillado y que fuera de moda. Al hacer la adaptación escénica de su estupenda novela doña Luisa Josefina no tomó la pluma, para reescribir, con los mismos personajes, pero dentro de otra modalidad literaria, la misma narración, sino las tijeras, para cortar algunos diálogos, y el engrudo para pegarlos uno después de otro, a caigan como cayeren, valiéndose de que es muy “brechtiano” no dividir las obras en tres actos, ni en cinco, como se hizo en otros tiempos, ni en dos, como ya hacen Alfonso Paso y Wilberto Cantón, sino en veinticinco cuadros, como hacen... quienes no se toman la molestia de hacerlo de otro modo; el versolibrismo dispensó a los poetas de la fatiga de cortar, de medir y de rimar sus versos; pero hubo entre los que los siguieron muy pocos de la talla de Walt Whitman o de Rubén Darío; el actolibrismo perdona ahora a los dramaturgos de la monserga de arquitecturar sus piezas y de darles armazón, de buscar los telones (una de las más amargas tareas) y de medir la atención del público. Ahora el autor hace lo que le da su gana y que el que venga atrás que arree; si se cansa el espectador en los cambios, si le suda el copete al escenógrafo, allá espectador y el escenógrafo; si el interés se diluye, si la armonía se pierde... culpa será de los estúpidos asistentes, que no saben ver teatro moderno. Van a seguir este sistema muchos autores y de seguro algunas autoras. Ojalá que alguno tenga el talento de Brecht, o el de Frisch! Pero... ¿lo tiene la señora Hernández?

Este anónimo e ignorante cronista no sabría pronunciarse por la afirmativa. Encontró su ídolo roto, su obra novelística, tan querida, traicionada, deslavada, empalidecida. No halló una pieza de teatro, que era lo que esperaba de una fecunda y tenaz dramaturga, sino una novela escenificada, como muchas escribió Galdós y algunas Baroja u otros escritores hoy considerados pasados de moda; para colmo de antiteatralidad discurrió la autora sentar en una orilla del escenario a un personaje que nos advierte: “Ahora se oirá que tocan la puerta, irán a ver, y será don Fulanito”. Y, dicho y hecho, se apaga una luz, se enciende otra, tocan la puerta, va alguien a ver ¡y es don Fulanito! Si fuera novela, bastaría con que nos lo hubieran contado para que lo creyéramos; si fuera teatro, habría sido suficiente con que lo viéramos. Puesto que nos lo cuentan y lo vemos, ¿es a la vez novela y teatro? A lo mejor lo que pasa es que ni es novela ni es teatro...

No, qué desgracia; Escándalo en Puerto Santo(1) no es mejor que La plaza de Puerto Santo; ni siquiera igual. Ni remotamente parecida. La comedia es una tristísima réplica de la novela, como la copia de un bello cuadro hecha por un niño con los dedos mojados en lo que debajo de sí mismo pudo encontrar (un niño muy pequeño); nuestra decepción fue profunda. No nos atrevíamos a volver el rostro hacia aquellos amigos a quienes antes del principio habíamos anticipado, imprudentemente: “¡Ya verán qué obra!”. No nos atrevíamos a aplaudir.

Si alguna vez hemos tenido la impresión penosa, dolorosa, de ver convertido en un esperpento lo que antes conquistó con su belleza (como en el viejo tango: “flaca, fané desgallada”) fue esta noche. ¡Ay, triste noche! Más le hubiera valido a este ignaro cronista sin nombre quedarse aquella fecha en su casa, y conservar una ilusión.

Contribuyó a subrayar lo que de grotesco tenía esta apesadumbradora parodia la dirección de Dagoberto Guillaumin, que concibió la obra como una pastorela infantil. Les pintó chapas redondas a las niñas, como a las peponas de hace 40 años, y se consiguió las más chillantes sedas para los trajes de los caballeros. Pero no se preocupó, de seguro ni pensó en ello siquiera, en dar un tono humorístico, de fina farsa, a lo que eso nos había parecido cuando la leímos. Ni una sola sonrisa, ni en los rostros de los actores, ni en los de los espectadores; los artistas muy enojados, muy golpeados, casi como si fueran de Basurto. Y para arrancarle al público algunas carcajadas, recursos desesperados, como un deschongue de dos actrices, los bigotes alacranados de un actor a la bata verde de otro (esa bata, y ese tono de verde, que en la novela adquieren tan intencionada significación); para que de una viuda pueda decirse que ha llegado a parecerse a su extinto marido, según la sagaz observación psicológica de la penetrante novelista, el director ¡le pone corbata! Verdaderamente, una dirección burda; no, no era la pieza (eso creíamos nosotros, pero ya no podíamos estar seguros, con los cambios) un guiñol, un teatro de títeres; era una comedia, mal construida, mal hilvanada (brechteada, completamente), pero con un espíritu, con un alma que podrían haber sobrenadado del mal cortado traje. Pero ese poco que hubiera quedado, ese perfume de fino humor, de gracia, de ingenio, de humana simpatía hacia los cruelmente satirizados personajes (en un autor de talento puede haber bondad hasta en la crueldad) eso lo hizo desaparecer el director Dagoberto Guillaumin con su concepción tosca, basta, falta de sutileza y de comprensión; la manejó con guantes de box, y rompió todo lo que pudo haberse salvado. La acabó de convertir en una chacota, en una pachanga del más barato género.

Imposible enjuiciar a los artistas; aun Yolanda, que ha probado su inteligencia (en Las estatuas de marfil y en otras obras), poco pudo hacer si le pusieron toda la intención de su personaje no en el tono de sus parlamentos ni en la expresión de sus gestos, sino en la jactancia de su polisón; Juan Manuel Díaz, que no parece mal actor, se pasó la noche sentado contándonos el argumento; Dolores Linares, menos exagerada que otras actrices, atinó mejor que ellas; Graciela Martínez tiró por lo más palurdo, y María Teresa Monroy incurrió en payasadas de dar vergüenza.

¿También Dagoberto quiso ser brechtiano? Pues jamás hemos visto obra brechtiana alguna en este plan, ni a la señora Weigel, guardadora del fuego sagrado de Brecht, ni a Jean Vilar, en París, ni aquí a quienes, con muchísimo decoro, han puesto algunas obras de Brecht, entre las cuales la que mejor impresión nos ha hecho ha sido Terror y miseria bajo el Tercer Reich. Lo que Dagoberto puso se pareció más a lo que don Roberto Soto, don Joaquín Pardavé y doña Amelia Wilhelmy hicieron algunas veces, sin duda no las más dignas de recuerdo, en teatros como el Lírico o el Iris, en temporadas de revista, y en busca de la resonante carcajada de una fragante galería ¿Es en un público equivalente en lo que ha pensado Guillaumin al echar lo que consideramos un penoso borrón sobre su carrera de director escénico?

En fin, no todos han de ser aciertos en las carreras artísticas de las gentes; y a veces, como dijo el maestro Verdi, “también tienen alguna grandeza las caídas de los genios, cuando tropiezan en el oscuro camino, en su seguimiento de una lejana lucecita”.

La escenografía, de Guillermo Barclay y Augusto Ramírez, a base de pequeñas y alegres viñetas, y dejándolo casi todo a la imaginación, resultó bastante para resolver el problema planteado por la autora (catorce escenarios). La música, atribuida a Leonardo Velázquez (quien, en todo caso, sufrió la influencia de la Polka de circo de Stravinsky, o de algo semejante) es divertida y predispone al público a reír anticipándole que lo que va a ver en escena será chistoso.

Habríamos querido salir corriendo a volver a leer La plaza de Puerto Santo, como quien, después de comer algo desagradable, corre a lavarse los dientes.


Notas

1. Se había estrenado el 16 de noviembre en la Sala Villaurrutia. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.