FICHA TÉCNICA



Título obra Íntimas enemigas

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Magda Guzmán, María Teresa Rivas, Eva Calvo, Virginia Gutiérrez, Martha Patricia, Angelines Fernández, Beatriz Aguirre, Héctor López Portillo, Manuel Lozano, Miguel Maciá, Ángel Casarín, Luis de Léon

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Íntimas enemigas de Luis G. Basurto]”, en Siempre!, 21 noviembre 1962.




Título obra La paz

Autoría Aristófanes

Notas de autoría Héctor Azar / adaptación

Dirección Héctor Azar

Elenco César Arias de la Cantolla, Rafael Villar, Arcadia Lara, Jorge Duhalt, Álvaro Matute Aguirre

Música Verdi

Notas de Música Temístocles Solera / compositor

Espacios teatrales Teatro de la Universidad

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Íntimas enemigas de Luis G. Basurto]”, en Siempre!, 21 noviembre 1962.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de noviembre de 1962

Columna Teatro

Íntimas enemigas de Luis G. Basurto

Rafael Solana

En el teatro puede pasar cualquiera de estas cuatro cosas: que una obra tenga gran éxito de crítica y de taquilla (como fue el caso de Cada quien su vida); que una obra, o dos, no tengan ningún éxito ni de crítica ni de taquilla (como hace poco le pasó al teatro Xola); o que una obra tenga éxito de crítica, pero no de taquilla; o que tenga muy poco éxito de crítica, pero mucho de taquilla. No hay ninguna otra combinación posible, como no sean aquéllas en que consideren los medianos resultados en un sentido o en el otro.

Hace poco se estrenó una obra de Wilberto Cantón excelente, que tuvo un triunfo enorme de aplauso, del público y de la prensa; pero lamentablemente la gente no ha querido ir a verla, tal vez a causa del título, con lo que se pierde de algo verdaderamente bueno. Poco después ocurrió que, por el contrario, una obra de Luis G. Basurto que, como otras de las suyas recientes, descontentó a los aristarcos, ha complacido en cambio a las masas, y está haciendo entradas impresionantes. Entienda usted al teatro.

La noche del estreno de Íntimas enemigas(1) el ambiente era corrosivo; en los entreactos se hacían chistes, y podía presumirse que las crónicas serían virulentas, como efectivamente, en una medida o en otra, se fue viendo que eran algunas; pero desde el día siguiente puntual se presentó el público en la taquilla a dar una buena entrada, y otra mejor al día siguiente, y otra todavía mayor al otro día; total, un éxito más, de taquilla, de aquel de nuestros dramaturgos que mejor conoce al público y que con mayor acierto le da por su lado... cualquiera que ese lado sea.

Será la monjita, serán los piropos al Papa, serán los trajes de las señoras; el caso es que la gente está yendo, y que Luis Basurto, diga la crítica lo que quiera, se ha apuntado un éxito más.

Ahora bien; nosotros somos parte de esa crítica y también tendremos que decir algo además de tomar nota, con satisfacción, de ese éxito de taquilla que, después de todo, no es lo más importante ni lo más decisivo, aunque tenga su importancia. Que si buenas entradas está haciendo Basurto, mejores las hizo Paco Malgesto con sus tenorios, y ya ustedes saben lo que es eso.

Basurto ha escogido un camino, y lo sigue con firmeza y con fe. Los elementos que en otras ocasiones le han dado el triunfo, los vuelve a jugar, insiste en ellos, los baraja y... vuelve a obtener ese triunfo ¿Podría recriminársele? Sobre todo si ve que un colega suyo, que hace una obra literaria espléndida, no alcanza ese éxito, no logra trascender a las grandes masas, sino solamente obtiene, aunque eso sin duda es halagüeño, el aplauso de sus colegas y de los censores.

Ninguno otro de nuestros comediógrafos tiene un sello tan acusado como Basurto. Basta oír o leer una escena, un bocadillo suyo, para saber quién lo firma. Hay personajes que se repiten (como el solterón algo filosófico y cínico que hace frases, o algunos criados) y otros que sufren leves mutaciones (donde hubo un padrecito, poner una monjita, donde hubo una abuela poner una tía, o una hermana, o una suegra); se reúne gente a destapar sus cofres de secretos y darse las grandes insultadas; se escoge una noche de solemne cena para ventilar asuntos que estaban en cartera desde hacía años. Así ocurre en muchas obras de Basurto (y hasta en alguna de Cantón). ¿Es malo tener ese sello? ¿No sería, en otros escritores, alabado? ¿No sería considerado como un indicio de personalidad y de fuerza?

Íntimas enemigas es una comedia benaventina. ¿Que ya no se usa la benaventino? Tal vez. Pero Benavente fue un gran autor, así reconocido hasta por la academia de Suecia, que le dio el más grande de los premios literarios del mundo. “Teatro de guante blanco”, le llama Magaña Esquivel; “teatro de taza de té”, le dice don Fernando Mota. Sí, es verdad, eso es Íntimas enemigas; pero a muchas otras cosas que fueron eso mismo, desde El abanico de Lady Windermere y Un marido ideal hasta La princesa Bebé y La noche del sábado las hemos admirado y aplaudido. Los golpes teatrales, los efectos escénicos, en que la obra de Basurto abunda, pues... estarían mal en cualquier otra parte, pero no en el teatro; ser teatral será delito en un discurso académico, en una conferencia, o en un sermón, pero, ¿en una pieza de teatro? No puede ser malo que la comedia sea cómica, que el drama sea dramático, que el teatro sea teatral. Basurto en ningún momento se compromete a “retratar la vida”, o a cosa otra ninguna. Nos ofrece teatro, y teatro nos da, teatro teatral, que a muchos no gusta, pero que le llega a un público sencillo, al que Basurto lo dirige.

La pieza es verbosa, su diálogo es abundantísimo y espesísimo, y su maquinaria artificiosa y bastante falsa; pero así ha sido siempre Basurto, o casi siempre. Y así ha llegado a ocupar el sitio envidiable que ocupa.

Puesto a dar una opinión personal, quizá tuviéramos que confesar que no es precisamente nuestro ideal este teatro; que preferimos en la escena otro tipo de conversaciones, otro de relaciones entre los personajes, otra manera de idear las tramas; pero Basurto parece saber muy bien lo que quiere, y saber hacerlo muy bien.

Una ovación premió la noche del estreno la lujosa escenografía de David Antón, y las damas han admirado mucho los trajes (algunos de ellos tan artificiosamente traídos a cuento) de las actrices. Dos de ellas, además de traje, estrenan cara, y cuesta algún trabajo reconocerlas, cuando no hablan. Encontramos que el director las entonó a todas por la tremenda, sobre todo a Magda Guzmán y a María Teresa Rivas, siempre exaltadas, sibilinas, excitadas y tensas. A Eva Calvo le suenan a falso o a hueco, por momentos, lo mismo su estrepitosa alegría que su inesperado sentimentalismo; Virginia Gutiérrez actúa con mucha discreción detrás de su nueva máscara, que todavía no puede animarse con gestos sinceros (ni tal vez podrá, en algún tiempo). Martha Patricia está descolorida. Angelines Fernández, con su cara propia, está por lo menos auténtica. A Beatriz Aguirre le dieron el papel más difícil de tragar. Lo hace todo lo convincentemente que puede hacerse.

De entre los caballeros, vuelve a hacer muy bien Héctor López Portillo el papel que ya otras veces ha hecho, Manuel Lozano se enoja, a nuestro juicio, demasiado, y se muestra más austero y rígido de lo que fuera necesario, y Miguel Maciá a ratos se ve inteligente y mundano, y luego se deja tratar como un gusano. Angel Casarín es demasiado joven para su papel mudo. Luis de León, que debuta, sin duda habrá de hacer más adelante grandes progresos, si su nombre, o su seudónimo, ha de quedar en la historia.

Como director también tiene Basurto su estilo. Esta vez compone bien, aunque deja algunos saleros olvidados en medio de las conversaciones; pero a nuestro juicio ha entonado demasiado por lo alto, como un miedo de que la gente no entienda bien lo que pasa si no se grita mucho y con muchísimo enojo.

Héctor Azar dirige su propia adaptación de La paz de Aristófanes

Durante algunas semanas todas la noches, y en ocasiones dos veces la misma noche, unos grupos de particular aspecto, formados principalmente por estudiantes universitarios, esperaban en una especie de café, decorado con carteles teatrales, para formarse en una pequeña cola e invadir un local aterciopelado, con más tipo de estuche que de teatro;(2) les congregaba el interés por conocer la versión escénica que de La paz, una de las comedias menores de Aristófanes, el padre de la comedia, hizo Héctor Azar, el varias veces premiado joven realizador teatral, que labora para la Universidad Nacional.

Para su “Paz” Azar integró un grupo más numeroso que escogido. Salta a la vista que no todos los jóvenes y las jóvenes que aparecen en escena han determinado seguir la carrera del teatro. Lo más probable es que la sigan pocos y hasta es posible que ninguno la siga; pero ya estén destinados a convertirse en abogados, en médicos, en químicos, en arquitectos o en filósofos, a todos hará bien haberse puesto en contacto con una obra literaria de valor permanente, y haberse sujetado a las disciplinas de interpretarla. Si se encuentra justo que todos los alumnos de las escuelas hagan ejercicios físicos, para mejorar su salud o fortalecer sus músculos, también parece aconsejable que ejerciten su mente y su voz, y los movimientos de su cuerpo, en la actividad teatral. Como idea pedagógica, esa nos parece estupenda.

Azar no ha montado La paz tal como la encontró en la traducción, probablemente argentina, de la que se ha servido. Hizo profundas modificaciones, para convertirla, de polvosa pieza de museo, en algo vivo, comprensible, expresivo. La modernizó. Proporcionó al escarabajo el ruido de un jet, vistió a los esclavos de blue-jeans y dotó a los jóvenes atenienses de chamarras, copetes, cadenas y mocasines, como a rebeldes sin causa de nuestro tiempo. Todos los efectos buscados se logran felizmente, el público lo comprende y lo sigue todo; y La paz, gracias al adaptador, vuelve a vivir, se convierte en una cosa actual, como escrita ayer; aunque no parezca posible encontrar explicación a un coro de hace 130 años, romántico, y cuya letra en los programas erróneamente se atribuye a Verdi, que le puso música, cuando es de Temístocles Solera.

El espectáculo, que desgraciadamente habrá desaparecido para la fecha en que esta nota se publique, era encantador; su frescura, su juventud, su vivacidad, lo hacían delicioso; su duración era de menos de una hora, pero parecía de diez minutos. Azar hizo un despliegue de ingenio, de buen humor, de gracia, en el montaje y en la dirección; y cada joven puso lo que pudo para cumplir con su parte. Nos tocó ver (pues no en todas las funciones actuaban los mismos intérpretes) a César Arias de la Cantolla, a Rafael Villar, a Arcadia Lara, a un Jorge Duhalt en quien creímos volver a ver a un Miguel Duhalt Kraus que conocimos hace treinta años (¿su padre, quizá?) y a Álvaro Matute Aguirre, que nos parecieron dotados para el arte. Pasamos, en fin, una hora agradabilísima, aplaudimos con el entusiasmo más encendido estas promociones culturales, que honran a la Universidad, y obtuvimos la sospecha vehemente de que otra vez, como varias antes, habrá de ser premiado Héctor Azar por su talento y por su novedad en estos trabajos valiosísimos de teatro no profesional, en los que tan admirablemente descuella.


Notas

1. El 1º de noviembre, en el teatro de Los Insurgentes. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. La obra se estrenó el 12 de octubre en el teatro de la Universidad. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.