FICHA TÉCNICA



Título obra Orestiada

Autoría Esquilo

Dirección José Ignacio Retes

Elenco Isabela Corona, Emilia Carranza, María Idalia, Meche Pascual, Socorro Avelar, Narciso Busquets, Antonio Medellín, Luis Lomelí, Antonio Gama

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del nuevo teatro Hidalgo con la Orestiada de Esquilo]”, en Siempre!, 30 mayo 1962.




Título obra Agamenón

Autoría Esquilo

Dirección José Ignacio Retes

Elenco Isabela Corona, Emilia Carranza, María Idalia, Meche Pascual, Socorro Avelar, Narciso Busquets, Antonio Medellín, Luis Lomelí, Antonio Gama

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del nuevo teatro Hidalgo con la Orestiada de Esquilo]”, en Siempre!, 30 mayo 1962.




Título obra Las Coéforas

Autoría Esquilo

Dirección José Ignacio Retes

Elenco Isabela Corona, Emilia Carranza, María Idalia, Meche Pascual, Socorro Avelar, Narciso Busquets, Antonio Medellín, Luis Lomelí, Antonio Gama

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del nuevo teatro Hidalgo con la Orestiada de Esquilo]”, en Siempre!, 30 mayo 1962.




Título obra Las Euménides

Autoría Esquilo

Dirección José Ignacio Retes

Elenco Isabela Corona, Emilia Carranza, María Idalia, Meche Pascual, Socorro Avelar, Narciso Busquets, Antonio Medellín, Luis Lomelí, Antonio Gama

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del nuevo teatro Hidalgo con la Orestiada de Esquilo]”, en Siempre!, 30 mayo 1962.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de mayo de 1962

Columna Teatro

Inauguración del nuevo teatro Hidalgo con la Orestiada de Esquilo

Rafael Solana

La ciudad de México ha sido dotada de un nuevo y magnífico teatro, el Hidalgo,(1) que repone el antiguo de ese mismo nombre que estuvo situado en las calles de Regina, y que fue alguna vez centro de la cultura metropolitana; allá ponían los domingos, Consuelo Solano u otras actrices más antiguas, obras como Treinta años o la vida de un jugador, Flor de un día o espinas de una flor, San Felipe de Jesús, y María Conesa o Carmen Delgado hacían bolos con La corte del Faraón y otras piezas clásicas; pero también allá se iniciaron Mauricio Magdaleno y Juan Bustillo Oro con su Teatro de ahora, allá hizo Julio Bracho Lázaro rió, y don Celestino estrenó sus primeras obras, y el caballero Usigli actuó y cantó en El candelero, y allá estrenó el maestro Chávez el Bolero de Ravel y El buey sobre el tejado, de Milhaud y Petrouchka, y Fundición de acero, y otras novedades sensacionales; allá conocimos a Ernest Ansermet, y a Claudio Arrau, y a Michio Ito, y a Xenia Zarina... toda una época, toda una historia, aquel viejo teatro Hidalgo, que se dejó morir, y cuyo nombre se resucita ahora en lugar más céntrico, a espaldas del Palacio de Bellas Artes, en donde, nos informan quienes saben, estuvo el Hotel San Germán, sobre la vieja calzada de Tlacopan.

Es un teatro moderno, espléndido. Amplio, con vestíbulos que, como de otro teatro, en Buenos Aires, observó Lola Membrives, parecen de aeropuerto. Es de una sola planta y su corte recuerda al de Insurgentes; pero es cómodo, sin ser lujoso, y aireado, sin ser frío; su escenario es vasto, dispone de buenas luces, y se nos asegura que su acústica es excelente, lo que en la primera obra no pudimos comprobar por la doble circunstancia de que se nos obsequió con butacas de honor en las primerísimas filas y de que se trata de una obra tan gritada que desde la Alameda podrían oírla los sordos, sin ayuda de ningún artificio.

Excelente local, uno más, y el mejor, de los que tenemos que agradecer al Seguro Social, y que ojalá no cierre pronto el señor Uruchurtu, como ha sido la triste suerte de alguno anterior. Y excelente también la idea de estrenarlo –ya que lo de inaugurar los teatros mexicanos con obras mexicanas no pasó de ser una quijotada de algunos ilusos, más ridiculizada que aplaudida– con la trilogía esquiliana, que es probablemente la más antigua obra de teatro que se conserva, pues fue estrenada hace 2 420 años; forman este conjunto de tres piezas unidas por el asunto más que por los personajes las tragedias Agamenón, Las Coéforas (Xoephoroi, en griego, y no Las suplicantes, Iketides, como equivocadamente se dice en el programa) y Las Euménides, Agamenón ya se ha representado antes, y muy recientemente la ha puesto, o la está poniendo, Jébert Darién en el teatro Orientación; Las Coéforas ya la declamó María Douglas, con orquesta; Las Euménides, representada, es nueva para nosotros y lo más nuevo es ver las tres piezas juntas, aunque para ello hayan debido ser un poco recortadas; por momentos se hace un poco pesado sobrellevar las tres horas y pico de espectáculo; pero vale la pena, porque la trilogía tomada en su conjunto tiene nuevos valores estéticos, diversos de los que posee cada una de las piezas contemplada separadamente. Agradezcamos al Seguro Social y al director Retes, la magnífica oportunidad que nos brindan de acercarnos a lo que sin exageración de ninguna clase podría llamarse la primera piedra del teatro universal.

Aunque las escenografías griegas suelen ser muy sencillas, Julio Prieto encontró la manera de hacerse aplaudir un par de veces la monumentalidad de sus escenarios, muy funcionales, de muy buen gusto y perfectamente adecuados para crear el ambiente arcaico, miceniano, que quiso el decorador dar a la obra; hizo para Argos una especie de Ciudad Satélite curvilínea, en que un grupo caprichoso de robustas columnas da la idea, si no de servir para sostener ningún frontón ni techumbre alguna, al menos de anunciar algo grandioso, una morada real, por ejemplo; jugó hábilmente el escenógrafo con los desniveles que le facilitó una escalinata; de otra echó mano para la obra final. Entonó en sangrientos rojos el primer acto, y en polvosos grises el segundo, y dejó que en el tercero reinara el espejeante manto, que muy bien imitaba al sol, de Apolo, en contraste con el mohoso verde de que vistió a las Erinias. Se gastó una fortuna en pelucas, a cuyo rigor solamente Isabela y Meche Pascual tuvieron la certeza de sustraerse; y cuajó tres magistrales máscaras para las Furias, que, coronadas de percebes, daban una impresión al mismo tiempo apetitosa y horrenda. Julio Prieto es un genio escenográfico que rebasa ya el ambiente teatral mexicano; pasmados ante sus creaciones, ya no se nos ocurre nada qué decir a cerca del él, sino sólo proponerlo para el premio Nobel de escenografía, si tal cosa existe. Quizá sea ya, y no lo sabemos bien a causa de lo poco que viajamos, el mejor escenógrafo del mundo.

La dirección de José Ignacio Retes tiene, a nuestro juicio, dos cualidades principales, y un importante defecto; la primera de las virtudes es la claridad de la dicción de todos los artistas; no se pierde una sola palabra del texto, y nosotros somos firmes creyentes en que lo principal en el teatro son precisamente las palabras; todos los actores, aun los que hablan desde detrás de máscaras, pronuncian con la mayor nitidez, dentro de la escuela que ha venido a crear López Tarso. Se les oye sin que se pierda una sílaba lo que debe oírseles, y nada más, sin uno solo “¡ajem!” ni un “¡ejem!, ni un suspiro ni un “¡ay!” que no estén escritos. Esto es bueno, y evita un pecado del que no están limpios todos los directores ni todos los actores de todos los teatros; la segunda cualidad es la de que siempre compone bien su escena, sin hacer deliberadamente frisos o bajo relieves; las actitudes, las posiciones, siempre son teatrales, sin llegar a escultórica. Se ayuda Retes para esto de las luces, de las posibilidades que en cada caso le presta el vestuario, y, naturalmente, de la escenografía.

El error que nos atrevimos a señalar es el haber pisado a fondo el pedal del fortísimo, y haber desechado todo matiz y todo medio tono; dejó, o tal vez exigió, que todos gritaran, algunos desaforadamente; no hay nada dicho, sino todo está voceado, aún diríamos vociferado; esto imprime alguna monotonía al espectáculo, y no deja de fatigar no digamos ya a los actores, algunos de los cuales acaban con la garganta desgarrada, sino a los espectadores mismos que quisieran llevar una sordina para atenuar aquellas estentorias aclamaciones.

El reparto de La Orestiada es muy extenso; como que es el de tres obras diferentes, si así quiere verse. La mayor parte de los actores sólo actúan en una de las tragedias; son pocos los que pasan de una a la otra, y sólo Isabela Corona está en las tres, aunque en la última sólo con el carácter de sombra liviana, al parecer, en una reminiscencia del Tenorio, sobre un pedestal o cosa que lo valga que nos hace temer que el primer verso de su interlocutor haya de ser: "Mármol en que Clitemnestra..."

Isabela en el papel de la autoviuda, es la figura principal. Sobre ella está basada la propaganda, y su nombre es el más destacado en los anuncios. Ella es una figura de nuestro teatro. Es una heroína nacional ya, como doña Virginia o como doña María Tereza; ¿quién se va a atrever a juzgarla? Sería impropio, irrespetuoso, sacrílego, hacerlo; a una diosa de la escena, a un monstruo sagrado, se le llevan flores o se le ofrecen sacrificios, como por ejemplo el del silencio, pero no se la somete, como a cualquier principiante mortal, a la severidad de un juicio, Isabela es una leyenda, una conseja; el público la respeta y la admira y siempre ha sabido que así debe hacerse; decir de ella que su mejor acto es el segundo parecería ir en demérito de actuación en el primero; preferir su traje azul sería como tachar el colorado; elogiar su registro medio podría ser tomado como una acusación contra la exageración cavernosa de su registro contralto, y señalar su acierto en las escenas de lágrimas no faltaría quién lo tomase como frialdad hacia sus escenas de hipócrita y diabólica sonrisa. ¡Loor a la diva! ¡Incienso a sus plantas! Ella es una divinidad de la escena. Vayan ustedes mismos y júzguenla, si se atreven.

Nosotros nos conformaremos con hablar de las figurillas, cuya grandeza no nos arredra. El público destacó con su aplauso, sobre toda otra persona, a Emilia Carranza, que está muy guapa y que hizo convincente y convencidamente, con sinceridad comunicativa, el papel de Electra; bella voz, no demasiado baja, y ponderadas actitudes. Fue un aplauso muy merecido el que oyó. También arreciaron las palmas según pudimos advertir, para premiar a María Idalia, excelente en el difícil personaje de Casandra; quizá pidió demasiado a su garganta, en los últimos momentos de su actuación; de un instante a otro temíamos que la rompiera; será mejor que se mida otras noches; pero estuvo muy bien de figura y, sobre todo, de profundidad. Meche Pascual compuso una Atenea hermosa, algo distante y fría, algo impasible y como desinteresada de lo que estaba pasando. Y Socorro Avelar, como principal Euménide, lució una voz espléndida y manejada con maestría. Fue, para nuestro gusto, una de las mayores triunfadoras de la noche.

Se dice que costó trabajo encontrar un Agamenón. Narciso Busquets está bien de tipo, y no dice mal; se le puede aplaudir, aunque no como si fuera la principal estrella masculina del espectáculo; esa estrella es Antonio Medellín, que aunque tenga mucho mejor tipo para Cuauhtémoc que para Orestes, sabe decir muy bien su personaje, que es sin duda el principal de su sexo en toda la trilogía; encontramos que para el papel de Apolo no pudo escogerse a nadie mejor que Luis Lomelí, que da el tipo como nadie en México lo habría dado; Lomelí la noche del estreno incurrió en una gritería furiosa, que ojalá contuviese en las siguientes noches, como tendrá que hacer, si no de grado, por fuerza, pues no hay órgano que resista eso varias noches seguidas. Antonio Gama, nada dejó que desear en su incorporación de Egisto; sacó avante su escena de racconto. Y ya no queda espacio para hablar de todos los demás artistas del largo reparto, que cumplen a satisfacción.

Será La Orestiada, como Edipo, algo que todos quisieran y deban ver, y puede constituir otro taquillazo del teatro griego.


Notas

1. Inaugurado el 9 de mayo. P. de m. A: Ignacio Retes.