FICHA TÉCNICA



Título obra Los caballeros de la mesa redonda

Autoría Jean Cocteau

Dirección José Solé

Elenco Guillermo Aguilar, Ofelia Guilmain, José Gálvez, Blandine Patricia Morán, Rafael Llamas, Enrique Reyes, Juan Salido, Jorge Martínez de Hoyos

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los caballeros de la mesa redonda de Jean Cocteau, dirige José Solé]”, en Siempre!, 25 abril 1962.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de abril de 1962

Columna Teatro

Los caballeros de la mesa redonda de Jean Cocteau, dirige José Solé

Rafael Solana

Una vez más a quedado confirmado pero ahora más parlamentariamente que nunca, que el principal de los propósitos que persigue el Seguro Social al hacer teatro es lucir al escenógrafo que tiene, que es probablemente el mejor de México, y es muy posible que uno de los más notables del mundo. No es censurable. Una mujer que tuviera ojos bellísimos sería natural que se disfrazara de odalisca, para mejor lucirlos y una de bellas piernas, de colegiala. Lo mejor que tiene el Seguro Social es su escenógrafo y nos parece perfectamente lógico que lo ostente, que de ello presuma.

Todo, sin embargo, debe detenerse en ciertos límites, y ya algunas veces el Seguro Social los ha rebasado. En Marco Polo, por ejemplo, donde vimos que la pieza tenía una calidad literaria muy escasa (a pesar de estar firmada por un autor ilustre, cosa que bien puede suceder) mientras el lujo de los decorados y del vestuario resultaba impresionante.

Otra vez se ha caído en ese exceso con Los caballeros de la mesa redonda, de Jean Cocteau, obra malísima en la que jamás se habría pensado si no fuera porque se presta para el lucimiento excepcional del escenógrafo. Ni siquiera en un curso sobre literatura francesa, por informar a los estudiantes acerca de un autor famoso, habría habido motivo para escoger la que podría calificarse, pensamos que sin riesgo, como la peor de sus obras. Tiene Cocteau varias excelentes, tal vez algunas flojas, y desde luego esta pésima, si Homero dormitó a veces, nada debe llamar la atención el que también el autor de La máquina de escribir y de La máquina infernal haya maquinado una pieza infernalmente escrita, por la que no lo habría aprobado ningún profesor de primer año de técnica dramática.

Es posible que el estreno de esta obra sea histórico,(1) que marque una fecha, y que todavía dentro de muchos años, cuando ocurra alguna nueva catástrofe teatral, algún espectador de buena memoria comente: “No me había aburrido tanto desde el estreno de Los Caballeros de la mesa redonda”.

Porque nada tan letal se había presentado en México, al menos, que nosotros podamos recordar, desde que Rita Macedo puso Intermezzo, de Giraudoux. El primer acto de Los caballeros es de tal naturaleza, que hasta los mosquitos se desploman, aletargados en mitad de su vuelo. Es un acto larguísimo, y lleno solamente de literatura, en la peor acepción de la palabra; los gestos, los visajes o los brincos de Guillermo Aguilar son suficientes para mantener los ojos de los espectadores siquiera entreabiertos; se va cayendo en un encantamiento como los que en escena se supone provocan el mago Merlín; se va uno volviendo de piedra, en la butaca.

El segundo acto es como de otra obra; es divertido, accidentado; los actores caen anestesiados, pero los del público nos despabilamos un poco. Es precisamente en el segundo acto donde Julio Prieto se desencadena y brilla en todo su esplendor. Trucos como no los veíamos desde Rambal padre; puertas que se abren y se cierran solas, mesas que aparecen servidas, un ajedrez que se juega solo, sillas derribadas por personajes invisibles, murciélagos que vuelan (menos bien que los de Drácula) y unos candelabros parecidos a los de la película La bella y la bestia, y que imaginó el propio Cocteau. Este acto resulta divertido, además, por la actuación de Ofelia Guilmain. Los que ya se disponían a marcharse, se quedan.

Pero se arrepienten, porque el tercer acto, que es de otra obra diferente de las del primero y el segundo, vuelve a las andadas; es completo de psicología, esta vez no por obra de un mago, sino por olvido del autor; y Pepe Gálvez nos parece una imitación de Otelo prolongada e indiscreta, que a unos irrita y a otros adormece.

Los caballeros de la mesa redonda es la peor obra que el Seguro Social ha puesto, incluyendo las de nuestros antiguos enemigos personales.

Pero si la pieza merece vituperio, son dignos en cambio de aplausos, además del aclamado escenógrafo, el director y algunos de los actores.

José Solé ha hecho un trabajo excelente, galvanizando, siquiera sea por momentos, a los personajes de cartón que trazó Cocteau en el más desafortunado de sus momentos. Particularmente digno de loa es el trabajo que obtuvo Solé para caracterizar, en dos artistas distintos, al duende Genifer, alojado primero en Guillermo Aguilar y posteriormente en Ofelia Guilmain; esa ilusión imaginada por el autor, realmente la única idea teatral feliz de toda la obra, la consiguió Solé plenamente, y no se trataba de algo fácil. Por esto sobre todo habría que aplaudirlo; pero también por ciertas composiciones agradables a la vista. Lograr que la mayor parte de la gente se quede hasta el final de la representación, y que buena parte de esa gente permanezca despierta, es un alarde y un triunfo del director, con esta comedia.

En cuanto a los artistas, aplaudiremos en primer término a Ofelia, que ya nos tenía un poco hartos de su majestad y de su seriedad, y a quien por fin vimos romper su molde para hacer algo diferente, probando con ello que sería perfectamente capaz de incorporar distintos personajes, si no le ofrecieran siempre el mismo; en los actos primeros y tercero es más o menos la de siempre (que ya es bastante); pero en el segundo nos pareció simpatiquísima, perfectamente encajada en la farsa, y dueña de una gama amplísima que es lástima que no explote en toda su latitud.

José Gálvez está otra vez bien, pero aproximadamente igual a otras veces; en esta temporada ha hecho varios reyes, el de oros, el de copas, el de espadas... ahora el de bastos. Buena caracterización, porte, buen estilo para llevar la ropa y la corona, clara dicción... pero su personaje esta vez es insostenible; en el primer acto es un lelo y en el último un Otelo “ersatz”; no pasará esta actuación de Pepe a la historia; solamente a su propia galería de testas coronadas.

Guillermo Aguilar, cuya celebridad en el teatro cachirulesco orientó los juicios de algunos críticos, nos pareció muy vivaz y muy inquieto en su papel; muy blanda en su Blandine Patricia Morán. Mal escogido para el papel de amante Rafael Llamas, algo campanudo y tétrico, nada romántico. Aceptable en su papel de baboso, Enrique Reyes, y perfecto en el de menso Juan Salido. Nada nos sería más grato que volcarnos en elogios para nuestro admirado y querido amigo el “Mapache” Jorge Martínez de Hoyos; pero ahora sí que ni con la mejor voluntad es eso posible. Fue una desventurada idea escogerlo para el papel del Mago Merlín.

Por supuesto, ya comenzaron a parecer en las revistas planas que nos informan que todo es maravilloso y que el Seguro Social hace el único teatro que hay en México. Pero ya el público va sabiendo a qué atenerse con respecto a esas publicaciones.


Notas

1. Tuvo lugar el 6 de abril en el teatro Xola. P. de m. A:Biblioteca de las Artes.