FICHA TÉCNICA



Título obra Los desarraigados

Autoría José Humberto Robles Arenas

Dirección Xavier Rojas

Elenco Lola Tinoco, Judy Ponte, María Eugenia Ríos, Carlos Navarro, César Castro, Antonio Corona

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Reposición de Los desarraigados de Humberto Robles Arenas, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 7 marzo 1962.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de marzo de 1962

Columna Teatro

Reposición de Los desarraigados de Humberto Robles Arenas, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

Con mucho tino don Celestino Gorostiza escogió como segunda obra para la temporada de oro del teatro mexicano, que está llevando adelante en el Fábregas, Los desarraigados, de Humberto Robles Arenas, que es una de las piezas que pueden considerarse como clásicas de nuestra literatura dramática de mediados del siglo que corre.(1)

Los primeros días se registraron buenas entradas, si no tan altas como las de Los signos del zodiaco, al menos muy suficientes para cubrir la nómina, que es muchísimo menor que en aquella pieza. Y se pudo notar que la gente estaba verdaderamente interesada en la obra y que aplaudía con gusto las interpretaciones.

David Antón logró una escenografía que sirve perfectamente a la comedia; muy funcional, y con unos toques de cursilería que dan realismo al ambiente, Xavier Rojas supo imprimir fuerza a las actuaciones, para las que contó con dos actrices fundadoras, de las que crearon la obra y en los otros papeles, con actores que le hacían por primera vez, pero de los que logró un rendimiento tan excelente como el que han dado quienes la han hecho en otras ocasiones.

De la obra, nada necesitamos decir, puesto que es conocida; sólo que vuelta a ver apasiona tanto como la primera vez, que se la sigue con el mayor interés, y que parece cada vez más sólida, más permanente, a medida que mayor trato se tiene con ella.

De las actuaciones, sólo podemos confirmar lo que ya dijimos a su tiempo de la de Lola Tinoco que está eminente, y de la de Judy Ponte, que le valió un premio de la crítica. Siguen luciendo ambas tan perfectas y magníficas como siempre, y contribuyen en mucho, con su sinceridad y su fuerza, a la emotividad de la obra, que despierta intensas reacciones en los espectadores.

De los artistas nuevos en los papeles diremos: María Eugenia Ríos nos sorprendió, pues nos parece que avanza con rapidez; de Las alas del pez para acá no sólo ha adelgazado, con lo que se afinó su figura, sino ha adquirido aplomo, se ha centrado, y ha borrado de su rostro algunas expresiones amargas que la distorsionaban. Nos gustó Carlos Navarro, si bien un poco pasado de edad para su personaje, cumple con el decoro de quien ya muchas veces ha demostrado ser un profesional excelente; César Castro, el joven actor que llamó nuestra atención como Lalo Walter en Los signos, sigue ganando sufragios, por su simpatía personal, su desenvoltura, y por el fuego que pone en su interpretación.

El personaje más difícil fue encomendado a Antonio Corona, de quien francamente no creímos que pudiera con él; fuera de algún defecto de maquillaje, terroso y ceniciento por demás, Corona supo hacer su papel sin dejar nada que desear; atravesó por toda la obra identificado con él, y no falló a nuestro juicio, al llegar la escena culminante, la de la borrachera, una escena que si bien ayuda mucho al actor, también le presenta peligros que Corona supo sortear.

Los desarraigados es una magnífica obra que hay que ver, o que volver a ver, y que habrá de constituir el segundo y franco triunfo de la temporada de oro del teatro mexicano.


Notas

1. Véase la crónica del estreno respectivo el 21 de septiembre de 1956 incluida en este volumen.