FICHA TÉCNICA



Título obra El enemigo del pueblo

Autoría Henrik Ibsen

Notas de autoría Arthur Miller / versión, Jacobo Muchnik / traducción

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Augusto Benedico, Rafael Llamas, Alfredo W. Barrón, Nicolás Rodríguez, Jorge del Campo, María Rubio, Emma Teresa Armendáriz, Mario Orea, Álvaro Ruíz, José Peña Pepet, Antonio Alcalá, Eduardo Romero, Guillermo Martínez

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Bertha Mendoza López

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El enemigo del pueblo de Ibsen, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 11 octubre 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   11 de octubre de 1961

Columna Teatro

El enemigo del pueblo de Ibsen, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

Esta profesión de cronista de teatros debe de ser muy amarga, para algunos. Nos da compasión, a veces, ver cómo sufren ciertos colegas nuestros, que viven en una ciudad en que todos los espectáculos son deplorables, y les atacan al hígado, les producen asco, desprecio o indignación; clasifican ellos las cosas que ven en ridículas, pésimas, malísimas, malas, y, excepcionalmente, regulares.

Nosotros vivimos en otra ciudad, de seguro, puesto que no vemos sino cosas que, en el peor de los casos, son regulares, y de allí pasan a buenas, excelentes y óptimas. Será que tenemos la cuidadosa precaución de no asomar la nariz por lo que ya adivinamos mediocre, para evitarnos sufrimientos, como otros tienen la de no asomarse por lo bueno, para regodearse sólo en el derramamiento de hiel. Esta semana, por ejemplo, nos da mucha pena decirlo, por si alguno de nuestros lectores es de los que únicamente se divierten leyendo palos y pitorreos, sólo podemos reseñar espectáculos de primer orden, estupendos. Humildemente pedimos perdón por ello. Los que quieran leer cuchufletas y censuras, ya saben dónde encontrarlas.

Hoy comenzamos por un estreno teatral para el que no encontramos en nuestro tintero (así se decía cuando había tinteros) elogios suficientes: el de El enemigo del pueblo, de Ibsen;(1) a veces hemos dicho aquí mismo que Ibsen nos parece anticuado (está en ese período, que también atraviesan Strindberg, O´Neill, Bjoerson y muchos otros autores, de crisálida, en que ya no se es moderno y todavía no se resurge clásico); pero el director Rafael López Miarnau ha escogido una versión modernizada, remozada por Arthur Miller, nada menos; no se limitó Miller a poner "democrático" donde antes decía "liberal", para hacerlo más comprensible a las nuevas generaciones, sino ennobleció el drama suprimiendo algunas ironías tibias (las pocas que dejó son candentes), y mejoró al personaje casi borrando toda la historia de los ponches, que, en la versión original, deja la duda de si es el doctor un quijote, o un iluso, o un borrachín; el cuarto acto verdaderamente lo rehizo Miller, dándole mucho mayor vigor que el que originalmente tiene; y el director supo imprimirle, en la realización, toda la fuerza requerida. Conocíamos la obra de Ibsen, y la admirábamos (moderadamente, pues no es Ibsen uno de los mayores santos de nuestro calendario); pero ahora, en la versión de Miller, la encontramos magnificada (¡y es tan excepcional que cuando se ponen las manos en una obra maestra, sea para mejorarla!).

Estamos hablando de la soberbia obra y de su estupenda modernización en un sentido puramente artístico; pero preferimos no opinar acerca de hasta qué punto es oportuno, políticamente, en un momento en que nuestro país, y muchos otros que forman la mitad del mundo, se aferran a la democracia, el ridiculizarla, como Ibsen y Miller lo hacen en esta pieza, hecha para destruir ese fetiche, para pulverizar a ese ídolo. Que las masas sólo tienen razón con 50 años de retraso, y que es fácil manejarlas de acuerdo con intereses turbios, son tesis sostenidas por la obra, tan brillantemente que ha de quedar desconcertado quien con atención siga las argumentaciones, si es de principios democráticos. Pero, insistimos, no se trata de asentar aquí un juicio político, sino solamente uno artístico; y en ese sentido la obra no tiene por dónde atacarla; es formidable, y está hecha en forma ejemplar.

Para López Miarnau, el director, éste es en verdad el triunfo inicial de su carrera, en la que todo lo anterior puede considerarse como esos sonidos que el concertista arranca de su instrumento, para afinarlo, antes de comenzar el concierto. Ahora sí que ha hecho un trabajo notable, que empequeñece todo lo anterior hasta hacerlo olvidar. Entrará de seguro, por esta labor, en la terna de los mejores directores del año (tal vez la encabece). No es posible regatearle aplausos.

Julio Prieto se resignó a no ser en esta ocasión la estrella máxima del espectáculo; ambientó la obra sin recurrir esta vez, como cuando trabaja para el Seguro Social, a torrentes de anillos, de botones o de plumas. Su trabajo es plausible, pero no deslumbrante; merece elogios, pero nos deja con la boca abierta.

En cuanto a las actuaciones...

No es nuevo para el público mexicano el actor Augusto Benedico. Le recordamos muchas cosas muy buenas; trabajos de mérito en Una luna para el bastardo, en El viaje de un largo día hacia la noche, en Que no quemen a la dama, y, nosotros, con particular agrado, en La casa de la Santísima; pero todavía no había encontrado ese papel a su justa medida que parece estar reservado, una sola vez en la vida, para cada artista; ahora lo encuentra; esta es la actuación cumbre de su carrera, es el personaje con el que mejor se ha identificado, del que se ha compenetrado mejor, y el que más vivamente hace sentir al auditorio. No tiene tropiezo; en todo está perfecto, de caracterización, de dicción, de comprensión, de gestos y de tonos. Será el rival de López Tarso por el premio al mejor actor del año.

También está estupendo Rafael Llamas. Espléndida comprensión de la psicología del personaje (a pesar de ser demasiado joven para él) y formidable proyección en el público de la antipatía que debe irradiar, a despecho de que personifica un cúmulo de virtudes burguesas, tales como el ahorro, el afán de prosperidad, el amor al orden, la visión de grandes empresas, la inteligencia política, el tacto... se hace odioso, y logra hacer aborrecibles todas las virtudes que representa.

También Alfredo W. Barrón hace odiosa la virtud que practica, la moderación; está este actor, a nuestro juicio, un poquito redicho, un poco meloso por demás; es decir, menos bien que otros actores, que están perfectos; pero también merece aplausos, y los obtiene.

En su estilo de actuación que ya ha pasado de moda, pero que en esta oportunidad tiene extraordinaria eficacia, don Nicolás Rodríguez borda su personaje de abuelo, al que saca notable partido. Jorge del Campo y María Rubio nos parecieron exactos, en personajes secundarios, y con escasa ocasión de lucimiento, por sus personajes muy breves, Emma Teresa Armendáriz, Mario Orea, Álvaro Ruiz, que nada dejan que desear; a un agradecido papel brevísimo, de borracho, le saca brillo José Peña "Pepet"; Antonio Alcalá, Eduardo Romero, Guillermo Martínez, y dos niños, completan (con algunos coristas) un reparto en el que casi no es posible señalar la menor falla a nadie.

Todavía tendríamos que mencionar con elogio, la traducción, de Jacobo Muchnik, sin tacha, y el vestuario de Bertha Mendoza López, en especial el que luce Llamas, excelente. Para terminar por pedir a todos nuestros lectores que por ninguna causa se queden sin ver esta obra formidable, tan espléndidamente dirigida y actuada, y que constituye una clase de teatro que haría honor al arte dramático en cualquier ciudad del mundo. Es positivamente un espectáculo teatral de primer orden.


Notas

1. La obra se estrenó el 22 de septiembre en el teatro Orientación. P. de m. A: Emma Teresa Armendáriz.