FICHA TÉCNICA



Elenco Josefina Baker

Espacios teatrales Teatro Lírico

Notas Semblanza de Joséphine Baker, cantante y bailarina estadounidense radicada en París, citando crónicas de la época

Referencia Armando de Maria y Campos, “Lo que va de ayer a hoy o una breve historia delirante de Josefina Baker”, en Novedades, 26 noviembre 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Lo que va de ayer a hoy o una breve historia delirante de Josefina Baker

Armando de Maria y Campos

En San Luis –Saint Louis, Missouri, Estados Unidos–, ciudad fundada por los franceses, partida por gala en dos por el río Mississipi, siempre lleno de un barro amarillento, a cuyo lado el Sena parisiense es un arroyuelo, nació el 3 de junio de 1906, hija de negra, a su vez hija de negros, y de un español aventurero, la que habría de ser el torbellino del charleston, primero, exquisita "diseuse" ahora, quien sabe qué mañana, ¡Josefina Baker!... San Luis era, a principios de siglo, cuando Josefina Baker se levantó del suelo como una lombriz inquieta, la ciudad de los cien mil negros, en la que se vendía de todo: madera, granos, harinas, máquinas, algodón, y en la que se cantaba y se bailaba siempre que no se trabajaba.

Josefina Baker bailó desde niña, y, adolescente, debutó en Filadelfia, en una "troupe" de tercer orden. Recorrió la legua. Un empresario que se fijó en ella la definió certero: "Bailas como un mono". Rodando, rodando, la contratan para la revista negra Shuffle along, que se estrena en Nueva York y se representa, sin interrupción, durante dos años: 1923-1924. El público fijó su atención en la Baker; ella confesó, entonces, por qué: "Yo pasé del segundo piano al primero a fuerza de gesticular y de lanzar mis brazos y mis piernas a la cabeza de los espectadores". Otra gran revista negra le da ocasión de lucir con luz propia: Chocolate dandies. En pleno éxito, el salto a Europa.

"Recordaré siempre la primera representación de la Revista negra en el teatro de los Campos Elíseos –dictó la Baker al periodista francés Marcel Sauvage para unas Memorias de Josefina Baker que circularon profusamente en París en 1927–. El charleston era aún desconocido. La sala estaba oscura; el escenario, iluminado. Había veinte personas en la primera fila de butacas. ¡Andando! Charleston... Los tramoyistas miran. Los bomberos están estupefactos. No se hallan acostumbrados a recibir golpes de trombón en el estómago. Al final, entre bastidores, los más jóvenes ensayan imitar; quisieran hallar el charleston. Mueven torpemente las piernas, lanzan patadas al aire... Las veinte personas de primera fila de butacas mueven las piernas. Ya comienza a poseerles el charleston. El charleston: una invasión de hormigas en las pantorrillas... 'Yes, sir, that's mi boy'".

Veinte personas, ni una más, le bastaron a la Baker para que "todo París", y, en consecuencia, "todo el mundo" –no olvidemos el año: 1925– supiera lo que había llevado de América, de las riberas del Mississipi, a Europa, precisamente a las márgenes del Sena. ¡Perla negra, poesía negra: Josefina Baker!

La Revista negra, con la Baker al frente, desde ciertos puntos de vista igualó para París, la revelación de los ballets rusos. Como ellos, la Revista negra fue violentamente discutida, despertó entusiasmo, cóleras; acabó por imponerse, y triunfó rotundamente. "Cómica desnudez de bronce", llamó Andrés Levinson a la Baker. A los ojos de Pierre Mac-Orlan, Mistinguett representaba la expresión estilizada para el music-hall de un subconsciente infinitamente trágico, en tanto que la Baker revelaba un inconsciente "que desplaza las líneas, atropella nuestras maneras de ver y nos recuerda el orden primitivo". Así la describió Marcel Sauvage: "Piernas largas, voluntariosas, frenéticas; trasero palpitante, dedos crispados o acariciadores, finos y largos. Un rostro ardiente, espiritual; ojos brillantes, labios bezudos... Alternativamente ondulante, perezosa o estridente, la Baker plasma, al ritmo de los saxófonos y de los banjos, imágenes fantásticas, de una precisión emocionante. Su danza, que va del charleston de la Carolina del Sur a las mímicas simples, opone, bajo una forma caricaturesca, pero potente, el instituto de la civilización".

Guardo una crónica de Pierre de Regnier, de la Revista negra, escrita en pleno triunfo de la Baker. Creo de oportunidad recordar algunos de sus párrafos: "Todo París se halla en la sala oscurecida... Los músicos de la orquesta negra, con sus instrumentos, desfilan uno a uno en la oscuridad ante el telón gris perla... Y se alza el telón... Charleston... Entonces es cuando entra en escena, rapidísimamente, un extraño personaje que camina con las piernas encogidas, lleva unos harapientos calzoncillos, y tiene algo de canguro, de sesen gum y de corredor ciclista. ¡Josefina Baker! ¿Es un hombre? ¿O una mujer? Tiene los labios pintados en negro; su piel es de color del plátano; sus cortos cabellos se aplastan contra la cabeza como si se la cubriesen con caviar; su voz es sobreaguda; un perpetuo temblor la agita; su cuerpo se retuerce como el de una serpiente o, más exactamente, parece un saxófono en movimiento, y los sones de la orquesta parecen surgir de la extraña mujer. Gesticula, tuerce la vista, hincha las mejillas, se desarticula, abre ampliamente las piernas y, al fin se marcha a cuatro patas, con las piernas altas y el trasero más alto que la cabeza, como una joven jirafa".

¿Es horrible o encantadora? Nadie lo sabe. Nadie tiene tiempo para ello. Viene como se va: rápida, como un aire de one-step. No es una mujer, ni una bailarina: es algo extravagante y fugitivo, como la música: el ectoplasma, si así puede decirse, de todos los sonidos que oímos... El final: un cabaret. Una danza bárbara ejecutada por las girls y Josefina Baker. Esta danza, de una rara inconveniencia, es el triunfo de la lubricidad, el retorno a las costumbres de lejanos tiempos; la declaración de amor hecha silenciosamente, con los brazos por encima de la cabeza, con un simple gesto hacia adelante con el vientre y un estremecimiento de la parte posterior. Josefina se halla completamente desnuda, con un pequeño collar de plumas azules y rojas sujeto a la cintura y otro alrededor del cuello. Esas plumas titilan acompasadamente, y su titilar se halla sabiamente graduado. Josefina se remolinea en su plumaje, las girls gritan y el telón cae entre un rodar faraminoso de la batería y un golpe de címbalo definitivo".

Así conquistó Josefina a París. Pero París no se deja conquistar de balde; les gana el corazón a sus conquistadores espirituales. Lo primero que hizo la Baker para sentirse francesa fue montar su propio cabaret, en pleno Montmartre. Bailó para su propia clientela. La reclamaban de cien partes del mundo; iba, bailaba y cantaba, y volvía a París, negra por fuera, francesa –¡de París!– por dentro. Empezó a desnudarse menos, y a cantar mejor. Hará unos doce o trece años alcanzó indiscutible consagración presentándose en el teatro Marigny, de París, por supuesto, y haciendo, y cantado y bailando, la protagonista de la famosa opereta de Offenbach –estrenada hace sesenta años por Anna Judic–, La creole. Bailó con delirante frenesí, como en sus primeros años, y cantó con la gracia y la finura de un pájaro tropical. ¡Otra –y la misma– Josefina Baker!

Llegó la guerra que desató la locura de Hitler, y la Baker, como buena francesa, se alineó en las filas de la resistencia degaullista. Sosegado el mundo, la Baker, pájaro que abrió sus alas sobre las aguas del Mississipi y cruzando el océano colgó su nido cerca del Sena, aprendió a cantar en francés, pulió su espíritu, refinó su baile y atemperó su frenesí. Ahora pasea por el mundo su arte maduro de gran artista, universal por muy francesa.

¡Lo que va de ayer a hoy! Qué deslumbrante –y disciplinado– camino de Damasco ha tenido que recorrer esta inquietante mujer, del baile charleston a la canción Mes deux amour, que estas noches canta en el Lírico...