FICHA TÉCNICA



Título obra Tal día como hoy

Autoría Eugenio O’Neill

Dirección Fernando Wagner

Elenco Miguel Ángel Ferriz, Rita Macedo, Luis Aceves Castañeda, Adriana Roel, Enrique Aguilar, Anita Blanch

Grupos y compañías Compañía de repertorio del Instituto Nacional de Bellas Artes

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Debut de la Compañía de Repertorio del INBA con Tal día como hoy de Eugenio O´Neill]”, en Siempre!, 21 junio 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de junio de 1961

Columna Teatro

Debut de la Compañía de Repertorio del INBA con Tal día como hoy de Eugenio O’Neill

Rafael Solana

Debutó al fin la compañía de repertorio del Instituto Nacional de Bellas Artes,(1) que por tan largos años habíamos estado esperando, y por la cual habíamos clamado desde las páginas de una de estas revistas, desde hace un lustro o dos, por lo menos. La noche del debut no cabía un alfiler en la Sala Chopin, llena a reventar del más selecto de todos los públicos posible; hasta estaba el ministro de la Educación, que honra con su presencia pocos espectáculos teatrales.

Pero... resultó esa presentación, en cierta medida, una especie de parto de los montes. Para lo mucho que se esperaba, fue poca compañía, y menos obra. Un cierto cansancio se fue apoderando de algunos espectadores, y no faltó quien aprovechara el primer entreacto para escapar, con el higiénico pretexto de ir a respirar en la calle un poco de ese aire que en la sala estaba tan escaso.

"Una obra lenta, fatigosa y con un reparto equivocado", diría, días más tarde, el crítico Magaña Esquivel, a quien no se puede tachar de hostil al Instituto, en cuyos escritorios ha pasado gran parte de su vida; un juicio acertado, al que no nos atreveríamos a mover ni la coma, así nos pareció a nosotros la obra, y así encontramos el reparto.

Eugenio O´Neill es el gran fantasmón de la literatura dramática norteamericana; en una época en que ese grande y vigoroso pueblo no había tenido todavía la fortuna de producir ningún gran dramaturgo, ni tampoco ningún gran músico, o escultor, o pintor, o novelista (apenas un poeta y el autor de unos cuentos fantásticos) es muy explicable que los críticos de esa nacionalidad, ansiosos de poseer una figura compatriota, inflasen a ese comediógrafo y propalasen por el mundo la versión de que era un gigante de la literatura; durante muchos años, los de mi juventud, lo recuerdo muy bien, tuvimos que soportar, con obligado asombro, latazos como Strange Interlude, Emperor Jones, o Mourning becomes Electra, y la obrita Donde está la cruz eran inevitables en todos los grupos estudiantiles o en los teatritos experimentales.

Pero, por fortuna para ese país admirable y robusto, ya comienzan a abrirse en sus gruesas o fornidas ramas algunos botones artísticos, y no parece ya necesario, ni siquiera discreto, el inflar desorbitadamente autores por razones nacionalistas. Hoy que tiene ya la literatura dramática norteamericana un Arthur Miller, y un Tennessee Williams, y hasta, en menor escala, una señora Luce, o una Lilian Hellman, ¿no sería oportuno considerar que ya no viene al caso atosigar a la humanidad con tan soporíferas y agobiadoras piezas como Una luna para el bastardo, El largo viaje hacia la noche, y este Tal día como hoy, libérrima traducción que se ha dado a la obra A touch of the poet?

A nuestro juicio, las razones de seguir poniendo a O´Neill (y también el Seguro Social puso algo suyo, Marco Polo, una obra de poquísimo mérito, y que interesó en escala muy reducida) son incomprensibles; ni se trata de nada nuevo, pues Anna Christie cumplirá el año entrante 40 años, y de lo del premio Nobel ya hizo un cuarto de siglo, ni tampoco de algo clásico, inmortal, pues cada obra que se pone de este escritor nos confirma más en la idea que él no pasará a la historia. Tampoco se trata, y esto es lo peor, de algo agradable. Acuérdense ustedes del malísimo rato que se pasaba con El deseo, cuando la puso María Douglas, y del que nos hizo tragar Isabela Corona en su papel de morfinómana, en el Granero. No hay ingenio en las frases, ni agudeza en la observación de los caracteres, ni habilidad en la construcción, ni tampoco verismo en los retratos, que son exagerados, falsos y mórbidos como ellos solos. En esta nueva ocasión llega el espectador a fatigarse por las muchísimas veces que una hija le dice "viejo imbécil y borracho" a su padre, lo que tampoco es, para agotar todas las finalidades que puedan buscarse al teatro, aleccionador, instructivo o estimulante. Si no va uno a divertirse, si no va uno a aprender, si no va uno a admirar el dominio del oficio (a este propósito diremos que el primer acto es una sucesión de diálogos tan inocente como sólo la habíamos visto, en Puebla, en una obrita nacional que se llamaba no recordamos a cuántas columnas; y con el fin de que nunca llegue a haber en escena tres personas, cada nueva que va a entrar da un portazo antes de hacerlo, para que una de las dos que había ya se escape)... ¿a qué va uno al teatro, cuando anuncian una obra de O´Neill? No acertamos a explicárnoslo.

Pero en fin, esta obra pesada, larga, falsa, desagradable y ruda fue escogida para hacer la presentación de la compañía de repertorio; cabía esperar, como recurso final, que hubiese sido porque los papeles les venían muy bien a los artistas, que obtendrían lucimiento con ellos, aunque la obra fuese un castigo del cielo. ¡Pero tampoco pasó eso!

Por el contrario, casi todos los artistas entran forzado en sus papeles. Miguel Ángel Ferriz, en el suyo, forzadísimo; no es ya él, por su aspecto voluminoso, con la línea derramada y la pronunciación confusa, el hombre que fue imponente, y que algo de aquello conserva; lo saca adelante porque es muy buen artista, y cumple; pero nada más; otra que está muy falsa en su personaje es la joven, linda y seductora Rita Macedo, perfectamente mal escogida para un papel de suegra, que, además, dice con una monotonía y una llaneza que provocan en forma inevitable el que la diosa dispensadora del reparador sueño nos vaya envolviendo con su manto, como habrían dicho los griegos o, como más modernamente habrían dicho los americanos, que el hombre del saco de arena nos vaya echando grandes puñados a los ojos. Sólo quedaron despiertos unos amigos, que aplaudieron su mutis, ¿O tocaron palmas por el regocijo que les produjo ver que ya había terminado aquella anestesiante escena?. Seria injusto criticar a otros artistas con esta obra, en la que todos los papeles son tan poco gratos. Luis Aceves Castañeda saca el suyo, sin tener el lucimiento que alcanzaba con el Holofernes de Judith, de Hebbel; Adriana Roel aparece opaca, descolorida; Enrique Aguilar por profesionalismo, y en espera de adecuada compensación, aceptó en esta obra una partecita de muy escaso brillo, y apenas Anita Blanch se hace merecedora de algún elogio, por haberse podido salvar, con su habilidad profesional, su experiencia y su caudal de recursos, de lo que la mejor voluntad y la más grande simpatía no consiguen evitar que consideremos como naufragio. Y vaya una parte de la culpa a la cuenta del director, Fernando Wagner, que no pudo evitar que resultasen de plomo algunas escenas, y nulo el movimiento de la obra, y fatigosos y monocordes los tonos de algunos artistas.

Pero lo importante es que ya la compañía de repertorio del Instituto Nacional de Bellas Artes está caminando. Tiene en ensayo obras que podemos prometernos que sean mejores, o siquiera más divertidas, que esta inicial, y en las que también nos atrevemos a suponer que habrá papeles que permitan a los excelentes artistas que la componen obtener un lucimiento personal mayor que el que alcanzaron en esta inauguración que no podemos calificar de afortunada.


Notas

1. En el mes de mayo. Armando de Maria y Campos. 21 años de crónica teatral en México, 1944-1965, 2 vols. México, INBA-IPN, crónica del 4 de junio de 1961.