FICHA TÉCNICA



Título obra La ronda

Autoría Arturo Schnitzer

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Luis Lomelí, Jana Keinburg, Salvador Zea, Elda Peralta, Leono Llausás, Sergio Jurado, Farnesio de Bernal, Carlos Ancira, Berta Lomelí, Beatriz Sheridan, Héctor Ortega

Espacios teatrales Teatro de la Esfera

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La ronda de Arturo Schnitzer, dirige Alejandro Jodorowsky]”, en Siempre!, 14 junio 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de junio de 1961

Columna Teatro

La ronda de Arturo Schnitzer, dirige Alejandro Jodorowsky

Rafael Solana

Ahora el teatro de vanguardia, allá por Polanco, pone una obra que tiene mucho más de medio siglo de edad; un autor vienés de la época en que más pobladas tenía las patillas el emperador Francisco José, del siglo de los valses, cuando Esperanza Iris todavía no se coronaba emperatriz de la opereta, sino estaba apenas en la compañía infantil.

De manera que ya verán ustedes que eso de la vanguardia y la no vanguardia es completamente relativo. Puede escribirse hoy mismo una obra que mañana califiquen los críticos de anticuadísima (como ocurrió con la composición musical El Pesebre, del maestro Casals, a la que se tachó de "decimonónica") y puede haberse escrito hace 70 años una que hoy escojan los "niños terribles" de nuestro teatro como muy moderna y muy vanguardista.

La ronda, de Arturo Schnitzler, que es la obra estrenada en el teatro de la Esfera(1) a la que nos estamos refiriendo, ni siquiera era completa novedad en México, pues hace años que la vimos en una deliciosa película francesa, que todavía pesa demasiado en el recuerdo de los espectadores, estorbándoles un poco el disfrute de la actual versión teatral; en efecto, por muy injusto que ello parezca, ¿cómo es posible evitar acordarse de que en el papel que hace Luis Lomelí vimos a Antón Wohlbrook, que en el de Jana Keinburg estuvo Josette Simó, que el que ahora hace Salvador Zea la hizo entonces Serge Reggiani, que en el de Elda Peralta vimos a la encantadora Danielle Darrieux, que en el de Leonor Llausás trabajó en la película Simone Signoret, que el personaje ahora encomendado a Sergio Jurado lo hizo con primor y con admirable buen gusto Fernand Gravey, que en el que ahora hace Farnesio de Bernal estuvo antes Jean-Louis Barrault, o que el que hace Carlos Ancira lo creó, de manera inolvidable, el nunca bastante llorado Gérard Philip? Verdaderamente se exponen a mucho estos jóvenes artistas al medirse con la memoria de los más grandes intérpretes que el cine francés ha tenido.

Pero... ya está hecho. Alejandro quiensabecuantosky, el director chileno que ya se nos quedó en México, y que está desarrollando una plausible e intensa actividad, reunió a un grupo ciertamente heterogéneo, pero muy entusiasta y se puso a la obra, de montar una chacota o farsa, como ustedes quieran llamarla, inspirada en el texto de la obra schnitzleriana, que es muy hermosa. A pesar del tono francamente circense de algunas escenas, la calidad de la obra se conserva, y brilla. Es una pieza que hay que conocer, no solamente como una de las bellas del autor de A la cacatúa verde, y de Anatol, sino como representativa de una civilización y de una época, y porque tiene cualidades dramáticas, literarias y humanas que creemos que la salvarán en el tiempo, y la harán digna del aprecio de las futuras generaciones como ya lo fue de las pasadas y lo está siendo de las vanguardias del presente.

Al franco y ferviente elogio que dedicamos a la comedia, que pensamos que nadie debiera dejar de conocer, vamos a agregar ahora unas cuantas palabras sobre la dirección, la postura en escena y las interpretaciones.

A nuestro juicio, Alexandro habría hecho una trabajo más meritorio (pero, desde luego, más difícil) si hubiera conservado el espíritu de comedia fina llena de gracia y de sprit, que tiene la obra originalmente, en vez de convertirla en algo que quiere ser jocoso, y que en muchos momentos, con la ayuda de eficaces artistas, lo consigue. Creemos que no era necesario recurrir a ciertos alardes pantomímicos, ni apayasar a ciertos artistas hasta hacer de ellos más clowns que actores; la obra tiene ingenio, picardía y buen humor suficientes para mantener al público con la sonrisa a flor de labio, sin tener que recurrir a buscarle las cosquillas con exageraciones grotescas. Alexandro ya probó que es un buen director de pachangas. Ahora sería tiempo de que probara que tiene además algunos otros talentos; esta habría sido una magnífica oportunidad para ello.

La escenografía y el vestuario fueron resueltos con habilidad,(2) si se parte de la base de que opera la compañía dentro de una franciscana pobreza y la pieza pide muchos cambios y mucha ropa.

Entre los actores hay de todo, desde el que triunfa de la manera más franca hasta aquél cuya presencia en el escenario llega a lamentar el público, con cierta impaciencia. Para mencionarlos a todos, seguiremos un orden progresivo de méritos, según nuestro juicio.

En el papel del soldado, Salvador Zea, a nuestro parecer, desacierta, en parte por sus propias limitaciones de actor, que solamente ha tomado el curso de pantomima, pero que está horro [sic] de todos los otros conocimientos que un actor teatral necesita; y en parte por la defectuosa dirección que fue impresa a su trabajo, mecanizándolo como si fuera la marioneta de La lección; este pasar de una obra a otra, de un estilo literario a otro, y querer seguir siendo el mismo actor y haciendo las mismas cosas, difícilmente podrá conducir al éxito a nadie.

Tampoco nos gustó mucho Leonor Llausás, a quien hallamos algo incolora en un personaje al que es perceptible que no le prestó el director particular atención. Leonor incurre en cierta obviedad para crear su tipo, al que da poca profundidad. No está en una de sus mejores actuaciones.

Carlos Ancira, el actor que ha llegado a brillar eminentemente en muchas obras de vanguardia, tomó a caricatura su personaje (así le fue trazado por Alexandro) y volvió simplemente chistoso lo que pudo tener mucho mayor penetración. Ni siquiera entró en tipo a nuestro juicio) ni rozó los problemas de carácter sentimental que su conde habría podido tener en otras manos (y no es necesario acordarnos de Gérard Philip para caer en la cuenta de ello).

Sergio Jurado, a quien apenas conocimos hace poco en la obra de Jaime Rojas Y quisieron ser toreros, también tiró más por el lado de la chacota que cualquier otro, para hacer del bello papel del marido algo así como una réplica del don Hilarión de La verbena de la paloma; y no se trataba de eso, creemos nosotros.

Berta Lomelí, menos cuidada ahora que en otras ocasiones por lo que se refiere al físico no puso suficiente calor en el papel de la gran actriz (¿era, en el cine, Edwige Feuillére?, no lo tenemos muy seguro en la memoria); también prefiere subrayar lo que en el papel hay de mecánicamente chistoso a buscarle alguna profundidad psicológica o sentimental. Y pudo, pensamos, haber vestido con mayor propiedad.

Beatriz Sheridan le hace mucha gracia a la gente; pero repite casi sin cambiar ni punto ni coma su trabajo de La lección, que era una obra muy diferente; mismos tonos de voz, mismas risas, mismos gestos, mismos retorcimientos, pero va en abono de la joven actriz el hecho de que el público le festeja su actuación muy ruidosamente.

Luis Lomelí carga con el papel más difícil, el más peligroso, y debemos confesar, gustosamente, que lo saca adelante; se necesita una sangre muy ligera y una gran simpatía personal para ese personaje suelto, sin interlocutores, que se dirige al público, y que debe procurar variar no solamente de sombrero, sino de tono, al hacer el preludio de cada cuadro. Para nuestra manera de ver las cosas, Luis Lomelí ha acertado.

Farnesio de Bernal tiene un éxito loco en su papel, especialmente en el primero de sus dos cuadros; hace reír a mandíbula batiente; está dinámico, está bullente, está incansable; ¿qué pasaría si lo viera Schnitzler desde el más allá? No queremos ni pensarlo. Se llevaría de seguro un disgusto muy grande. Porque ese personaje no está imaginado así, en un ángulo uno debería ser una aguda sátira sabia de la vanidad de los poetas y los dramaturgos; prefirió Alexandro hacer con Bernal un payaso más en su área, y lo consiguió.

La linda y juvenil Elda Peralta no incurre en apayasamientos tan notorios como los de algunos de sus compañeros; consigue conservar la finura que es en ella natural, y sin embargo, tiene comicidad su papel, especialmente en el primero de sus dos cuadros; por su buen gusto, por su medida en la búsqueda de lo cómico, debemos felicitar a Elda Peralta, como una de las mayores triunfadoras de La ronda.

La otra es Jana Keinburg; algo le pasa, que la vemos ahora menos bonita que cuando la conocimos, con una obra de teatro judío, en el Caballito; o ha adelgazado mucho, o ha madurado; pero como actriz está excelente; en su primer cuadro lucha contra la resistencia que le opone su interlocutor; pero en el otro brilla muchísimo; hace de ese cuadro el mejor de la obra; está monísima, llena de gracia, de buen humor, de simpatía. Merece los fuertes aplausos que se le tocan.

Sin embargo, las ovaciones más fuertes se las lleva Héctor Ortega, en sus dos intervenciones; los momentos en que está él en escena son los de mayor lucimiento de la pieza. Cierto que está en franca farsa, que busca las risas por el gesto clownesco y por el movimiento chapliniano; pero como todo eso lo sabe hacer muy bien, el público se lo agradece, y lo destaca, con sus palmadas, como el principal triunfador de La ronda. Y nosotros en esta ocasión no queremos apartarnos del juicio expresado por el público.

Pensamos que es la La ronda una obra bellísima que deben conocer todos, y que, tal como Alexandro y su gente la han sentido, resulta un espectáculo chocarrero, chistoso, que hará reír al público grueso en no menor escala como lo consiguen ¡Que lío! o Vidita negra, en otros teatros dedicados solamente a buscarles las cosquillas a los espectadores.


Notas

1. 26 de mayo. Angélica García. Alexandro Jodorowski y el teatro pánico en México, México, CITRU, INBA.
2. Vestuario Lilia Carrillo y escenografía de Manuel Felguérez respectivamente. Idem.