FICHA TÉCNICA



Título obra Los prodigiosos

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Enrique Rambal

Elenco Magda Guzmán, Miguel Córcega, Yolanda Guillaumin, Jorge Lavat, Queta Lavat, Socorro Avelar, María Luisa Rivas Cacho, José Álvarez

Escenografía Reyes Meza

Vestuario Reyes Meza

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los prodigiosos de Hugo Argüelles, dirige Enrique Rambal]”, en Siempre!, 5 abril 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   5 de abril de 1961

Columna Teatro

Los prodigiosos de Hugo Argüelles, dirige Enrique Rambal

Rafael Solana

Hugo Argüelles, el autor de Los prodigiosos, se volvió un consentido del mundillo teatral mexicano, que le llama Huguito (porque es muy joven, aunque robusto y tirando a esférico), desde el estreno, por todos conceptos triunfal, de Los cuervos están de luto, la estupenda comedia de su debut, que fue electa por los críticos una de las mejores de cuantas se estrenaron el año pasado.

Los cuervos, fue un gran triunfo; pero Los prodigiosos creemos que es mejor obra todavía.(1) Está estupendamente construida; sus telones, y muy especialmente los dos primeros (el otro se hace esperar) son de maestro; la pieza tiene una formidable originalidad; no se parece a nada ni mexicano ni extranjero, no ha copiado a nadie, no se ha inspirado en nadie; tiene vigor, novedad, un ambiente extraño, personalísimo, que la hace inconfundible; tipos enérgicos, que no han sido antes presentados en nuestra escena, y, además de todo esto, es una obra muy valiente, muy atrevida, que sostiene ideas, que ataca un problema que todavía afecta a nuestro pueblo, y a muchos otros del mundo; y lo hace con virilidad, sin concesiones. Es una obra combativa llena de entereza y de énfasis. Claro que gustará a unos y lastimará a otros, como todo aquello en lo que intervienen ideas; a una cosa así no se exponía Rambal con comedietas aguadas e intrascendentes; ahora, quizás vaya a molestar y aun a perder, temporalmente, a algunos de sus clientes; pero en cambio podrá decir, con la frente muy alta, que ha puesto una gran obra, la mejor de todas las que le hemos visto, desde que llegó a México. La de mayor consistencia, más fuerza, más intenso contenido.

Hugo Argüelles logra en esta obra, como en la anterior, una extraña mezcla de lo cómico y lo trágico; si Los cuervos, una comedia lúgubre, Los prodigiosos es una tragedia humorística; allá predominaba lo chistoso, en un ambiente dramático, y acá lo serio, en uno chocarrero. ¡Qué difícil es lograr una emulsión de esta naturaleza! Y Hugo ya la logró dos veces. Que tiene talento para el arte de escribir es cosa que no puede ya discutirse.

Unos darán a la obra unos alcances, y otros otros. A nuestro juicio, se trata de una requisitoria en contra de la ignorancia y de la superstición mucho más que de una obra de carácter antirreligioso; nada de lo que pueda seriamente ser llamado religioso es ridiculizado o agredido en esta pieza; todo lo que Argüelles pone en la picota es el fraude, el timo, el engaño, la superstición. Sin embargo, algunas personas de cutis particularmente fino en estas materias podrán sentirse ofendidas. Y es que hay momentos que no son para menos; nosotros no recordábamos haber visto en toda nuestra vida una obra que terminara con estas palabras, proferidas a grito herido por uno de los actores principales, dirigiéndose al público; "¡Ya despierten, estúpidos!" Por fortuna la obra es tan interesante que nadie se había dormido, y no podía por eso, al abrir los ojos, sentirse aludido; pero... de todos modos esa impresión final no deja de resultar algo fuerte.

La nimiedad, el fino bordado a que Rambal nos tiene acostumbrados en la dirección de sus obras, no se limitan en esta vez a chistes más o menos elaborados, o reacciones más o menos sutiles, a matices de dicción, de movimientos o de gestos, sino han ido más allá; en lo exterior hay verdaderos primores, como, por ejemplo, actos de magia, y un mutis de Córcega en el primer acto, por el techo, que hasta aplausos levantó; pero lo importante, esta vez, no es eso; lo que vale más es que, como hay caracteres en la obra, y no simples marionetas, pudo el director imprimirles alma; no se trata de títeres que dicen gracejadas, sino de hombres y mujeres con mucho trasfondo, con instintos, con malicias, con intenciones subterráneas, con explosión de pasiones, de rencores, de esperanza, de dudas... Y Rambal ha mostrado que no nada más un malabarista de la dirección puede ser, sino, habiendo obra, y personajes, un director penetrante, intenso, comprensivo, con impacto. Saca verdad, autenticidad de caracteres, de detrás de máscaras risibles, barrocas (pensamos que vistió a Magda como para cantar Trovador y él se puso unas barbas y un cucurucho de mágico prodigioso); no es de extrañar que como actor él mismo esté formidable; ayudado por unos efectos de sonido muy eficaces, y una cazurrería y un ladinismo que son los que el papel pide; también hizo estar a Magda Guzmán, a pesar de no venirle el papel, pues está ahora (que ha adelgazado y se ha teñido el pelo de un color más razonable) más joven y más guapa que nunca, y no es así la Azura escrita por Argüelles; Córcega, en el único papel que adolece de alguna debilidad (aparece tonto a lo largo de toda la pieza, en que no da una, y de pronto en la escenas finales deja de serlo) está muy simpático y muy cumplido; Yolanda Guillaumin da un paso más en su carrera brillante, en que ya tuvo aciertos francos en La casa de la Santísima y en Las estatuas de marfil, y, antes, en Los signos del zodiaco (todas obras mexicanas); sale avante Jorge Lavat, se luce mucho Queta, en un papel de carácter del que nunca la hubiéramos creído capaz; Socorro Avelar está sencillamente perfecta, insuperable; Camacho nos habría gustado más con el pelo menos largo; María Luisa Rivas Cacho completa el corto reparto sin desentonar, y José Álvarez tiene dos brevísimas intervenciones.

La escenografía y la ropa, de Reyes Meza, adecuada, sirven a la obra. Hasta Lucy intervino, aparentemente en la hechura del vestuario.

Nuestro consejo es no dejar por ningún motivo de ver esta obra importante, valiosa y valiente, novedosa, interesantísima, vivaz, y en la que no solamente se escuchan chistes, sino se juega con ideas, lo que no es poco pedir, en estos tiempos. Por eso, y porque Rambal, y Magda Guzmán, y toda la compañía, están imponentes. Es un espectáculo teatral de primera categoría.


Notas

1. Que se representó en el teatro Fábregas. Jovita Millán. “Cronología biográfica de Hugo Argüelles” en Hugo Argüelles, estilo y dramaturgia, selección y notas de Edgar Ceballos, México, Escenología, 1994.