FICHA TÉCNICA



Título obra Becket o el honor de Dios

Autoría Jean Anouilh

Notas de autoría Marilú Elízaga / traducción

Dirección Ignacio Retes

Elenco José Gálvez, Sergio Bustamante, Guillermo Orea, Alfredo W. Barrón, Aarón Hernán, Reynaldo Rivera, Lola Tinoco, Leonor Llausás, Erna Marta Baumann

Escenografía Julio Prieto, José Solé

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Becket o el honor de Dios de Anouilh, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 15 marzo 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   15 de marzo de 1961

Columna Teatro

Becket o el honor de Dios

de Anouilh, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

Hubo un tiempo, desde fines del siglo pasado hasta la primera mitad del presente, en que estuvo de moda, o por la influencia de Freud y de sus discípulos, o por reflejo del naturalismo en las artes o del positivismo en la filosofía, el buscar a todas las acciones humanas motivos sexuales. Cherchez la femme, decían los franceses; y así como poco antes, bajo la influencia de Marx y Engels, a todo se le dio un sentido comercial o económico (que los descubrimientos de Vasco de Gama y los de Cristóbal Colón tuvieron por objeto llevarles canela y cominos a los comilones europeos ¡háganos usted el favor!) así en esta freudiana época a todo se le buscó un sentido libidinoso. De la Revolución francesa le echaron la culpa al señor Fersen, a quien nunca se había oído mencionar antes del libro de Zweig. Y hasta a Jesucristo le achacaron amores con María Magdalena, con la samaritana, con la mujer adúltera, y vaya usted a saber con quién más, sólo porque esa era la moda.

Ahora las cosas han cambiado; ya no nada más la sexualidad se busca, como único condimento que puede interesar al paladar de los públicos lectores o espectadores, sino... cierta clase de sexualidad, mientras más complicada, mejor. Así vimos cierta obra de Anouilh que se prohibió la misma noche de su estreno, y una de Ugo Betti a la que le pasó lo mismo, y comedias de Roussin, de Inclán, de Lilian Hellman, de Carmen Montejo, y de otros muchos autores. Y así es la nueva obra de Anouilh que nos ha presentado, soberbiamente montada, el Seguro Social.(1) Se irán algunos de espaldas si así, de pronto, sin previo aviso, les decimos que se trata del siguiente conflicto amoroso: ¡el rey está enamorado del arzobispo! Lo invita a meterse en la cama con él, y a la reina, que le hace una escena de celos, le replica: "A ti te hice unos cuantos hijos para cumplir con mi obligación, pero al único que quiero es a Tomasito".

Para presentar así las cosas ha tenido Anouilh que violentar mucho la historia. Aparecen Becket (hoy más conocido como Santo Tomás de Canterbury, como un jovenzuelo, cuando la verdad de las cosas es que era 16 años más viejo que el rey, y que cuando pasó a ser arzobispo (de archidiácono que era, y hombre de todas las confianzas de Theoblado, el anterior arzobispo, y no de simple diácono y de casi paje del rey, como dice ahora Anouilh) tenía ya 45 años, y 53 cuando lo mataron los barones, asunto que ya trató, sin condimento sexual, y por cierto más aburridamente, T.S. Eliot en su Asesinato en la Catedral, que ya se volvió ópera –y que aquí puso Raúl Dantés hace pocos meses–, y 80 años antes, Tennyson, en otro Becket que ahora puede ser que fuera interesante que nos dieran a conocer, digamos por ejemplo, los muchachos de la escuela de Dagoberto Guillaumin, que el año pasado hicieron, muy bien, El pato silvestre, de Ibsen. Tomás Becket había llevado una vida tan santa (por el contrario de lo que Anouilh nos presenta) que lo canonizaron apenas a los tres años de muerto, cuando ustedes ven que a otros santos varones cuesta cientos de años lograr que los admitan en el padrón del martirologio (ni Dante ni Cristóbal Colón han entrado todavía).

Pero... para mantener despierto al público de París hay que decir enormidades de por lo menos ese tamaño; todo lo demás ya le resulta soso a ese público, al que hace cien años todavía le sacaba los colores a la cara la Traviata. Ahora cabe preguntar ¿también la archimorigerada ciudad de México, a la que cada día se uruchurtiza más, con sus hoteles clausurados, sus restaurantes que cierran a la una y su plaza de toros abstemia, necesita de picantes tan fuertes para interesarse por una obra teatral? ¿No se habrá exagerado al considerar que ya está nuestro público listo para ingerir esta clase de platillos, que en la tierra de Peyrefitte se han ido volviendo cotidianos?

Nos tememos que la mitad del público de la gente se quede en ayunas del asunto de Becket o el honor de Dios, y que la otra mitad, o poco menos, se lleve las manos a la cabeza y se sienta escandalizada. Y por todo esto; que las entradas no vayan a ser las que justificaría la formidable categoría artística del espectáculo, que es, como todos los que monta el Seguro Social, de primer orden.

Si la autoridad no clausura el teatro Xola (por menos que eso clausuró el Tepeyac, de la misma empresa), ustedes podrán ver allí una obra excelentemente construida, muy bien dialogada, aunque arteramente engañosa por lo que hace a los hechos históricos en los que pretende fundarse. Una traducción que Marilú Elízaga podría haber limado de ciertas repeticiones, fáciles de advertir y de subsanar en una relectura. Una decoración fastuosa, que ambienta perfectamente, y que de seguro costó lo que a Bellas Artes le cuesta toda una temporada, una ropa abundante, de buen gusto, aunque muy colorida, y lujosa; vuelve a darse empleo a la media tonelada de anillos que ya se usó en Marco Polo, y además hay una fortuna en guantes y guanteletes, y otra en botones. Sobre todo en botones. El Seguro Social hace las cosas estupendamente bien; pero, como en las fiestas reales de Versalles, la demás gente se queda por fuera de la reja, muerta de envidia.

De "diseñar la producción" (cada día se aprende algo nuevo) se encargaron Julio Prieto y Pepe Solé; Solé tal vez aplicó lo que vio en París, si conoció allá esta producción, o lo que vio en revistas, si se estrenó la obra después de que él abandonó la Ciudad Lux. Probablemente fue Prieto quien propuso el abigarrado colorido, francamente teatral, y nada parisiense, que se ha dado a la obra; en París, donde todavía ejerce suprema autoridad Suzanne Lalique, se trató de rebajar los colores, hasta hacer de algunas estampas (la del bosque en la que por primera vez aparecen los caballos, por ejemplo), algo borroso, irreal, entre cinematográfico o impreso en un grabado antiguo. Aquí se derrochan escarlatas y anaranjados, sin temor; son climas diferentes; en París, ciudad de paraguas, con ese cielo de pizarra, no se ve un color valiente nunca; aquí, en la patria de Tamayo, no nos ofenden ni nos lastiman los colorines; antes hacen faltan, para el brillo de los espectáculos. Al clima mexicano, a nuestro sol, a nuestro cielo, le viene bien un torero vestido de verde y oro con una faja carmesí; al clima de París le va mejor un director de orquesta, de frac.

La dirección, de Retes, y las interpretaciones de los artistas principales, se pusieron a tono con ese "diseño de producción"; nada es tibio, moderado, y timorato o pálido; todo es arrojado, intrépido, valeroso, franco; si los colores de las capas gritan, las voces de los artistas espejean y brillan; si hay color en todas las telas, no lo hay menos en los parlamentos; diseñada en esta forma la producción, nada más oportuno que llamar a Pepe Gálvez y a Sergio Bustamante para los papeles principales; pero... ¿los repartieron bien? ¿No habría estado mejor Bustamante en el juvenil, apasionado, alocado monarca, y Pepe que da en escena un hombre más asentado y de mayor edad, en el inteligente, firme, también apasionado arzobispo? Habría resultado más a tono con las verdaderas edades y el carácter de los personajes (45 años el archidiácono, o arcediano, y 29 el rey, en las escenas culminantes); en esta distribución de los papeles nos parece que pudo haber acertado mejor el "diseño de la producción".

Gálvez, actor desigual si los hay, pero siempre exaltado, que está o magnífico o pésimo, pero rara vez cumplido o mediano, en esta ocasión para nuestro gusto está estupendo. Diseñadas la producción y la dirección con pasión, con calor, pone fuego en su personaje, y aunque se desorbite, como ya vienen de por sí desorbitados el papel y el diseño, queda en órbita. Grita, vocifera, empuja, pega, redice, como parece que lo pide el papel, que es delirante y ardiente; si nos deja la duda acerca de si el arrepentimiento real es real, o fingido, teatral, para impresionar a los sajones y principalmente, a la corte pontificia, es de seguro porque esa duda, en las escenas primera y última de la larga obra, así debe quedar, flotante, por designio del autor. En todo lo demás, está de una pieza, claro, brillante; no se trata de un rey de niebla, como el de Peleas y Melisande, sino de un hombre algo tosco, muy carnal, y más real de realidad que de realeza. Creemos que se anota Gálvez un grande y sensacional acierto. Brilla, estalla, atruena, impone. Pero como de eso se trataba, no habrá quien se atreva esta vez a echárselo en cara. Ahora, después de verle este Enrique II, pensamos ¡qué gran Ricardo III podría hacer, si se lo encargaran!

Bustamante, en el otro papel importante de la obra, luce sus buenas cualidades, pero no siempre está en papel; cuesta algún esfuerzo situar a un joven tan joven –y en las primeras escenas tan filosóficamente cínico– como el venerable santo que hoy está en los altares. Y no porque no diga bien, que dice con maestría, sino porque no logra transmitir aquella aridez espiritual del varón santo por hastío, despojado de todo interés por las cosas mundanas y encendido en una pasión austera por el honor de Dios. ¿Cómo habría estado Bustamante en el papel de rey? Nos permitimos suponer que magnífico.

Después de estos dos, casi no hay papeles. El de Guillermo Orea, que fue "diseñado" con gran cantidad de trucos; unas cejas espesas, una figura obtusa, un asma asfixiante, una profunda cazurrería; Orea, que es un gran artista, se compenetró de todo esto y se ajustó perfectamente al diseño; Alfredo W. Barrón, sin duda por habérselo pedido así los diseñadores, hizo un rey de baraja, como los que Cachirulo necesita cada domingo para su teatro fantástico; con sobra de acentos en sus frases de ingenio y de cinismo político, con guiños y mascaduras como hacer notar, entrecomillar o poner en bastardilla sus bocadillos agudos, no fuera a pasar inadvertido del público dormilón alguno de ellos; Aarón Hernán supo contener su asavonarolado monje fanático dentro de límites justos y convenientes; los barones fueron más figuras de cuadro plástico que actores, sobre todo Reynaldo Rivera, que en vez de un noble normando hizo un tártaro.

El reparto es muy numeroso, aunque apenas destaca alguien más que los ya mencionados; hay algunas figuras femeninas, pero todas son desvaídas, ya que la obra es eminentemente para hombres solos. En la reina madre de lo único que tuvo ocasión Lola Tinoco fue de probar que no ha muerto, como informó un conocido diario rotográfico; en el papel de la otra reina, y en el de Gwendolina, las lindas Leonor Llausás y Erna Marta Bauman nos enseñan que, como en una compañía grande, saben ellas, que son estrellas, aceptar cuando así lo pide el diseño de una obra, papeles pequeños; en los que, por cierto, están muy bien; Leonor, como siempre, y Erna mucho mejor que siempre, pues puso emoción en sus breves pero muy convincentes y sinceras escenas.

Es Becket o el honor de Dios, de Anouilh, una obra muy importante del moderno teatro francés, y su producción por el Seguro Social es ejemplar, magnífica, difícilmente igualable en cualquier parte, por el lujo de su postura escénica, el acierto y la vivacidad de su dirección, y la excelencia de su interpretación en la que figuran artistas de la mayor distinción en nuestro medio.


Notas

1. La obra se estrenó el 24 de febrero. P. de m. A: Ignacio Retes.