FICHA TÉCNICA



Título obra El carrusel del amor

Autoría Leslie Stevens

Notas de autoría Berta Maldonado, José Luis Ibáñez / traducción

Dirección Enrique Rambal

Elenco Pedro Armendáriz, Marga López, KItty de Hoyos, Claudio Brook

Vestuario Armando Valdés Peza

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Productores Ernesto Alonso

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Óscar Cossío dirige un programa de teatro japonés con obras de Yukio Mishima]”, en Siempre!, 1 febrero 1961.




Título obra La almohada mágica

Autoría Yukio Mishima

Dirección Óscar Cossío

Elenco Stella Inda, Enrique Reyes, Ángel Casarín, Lourdes Canales, José Luis Menéndez Corbatín, Rosa Rendón, Alfonso Aranda, Bertha Donat, Estela y Abreu

Escenografía Rodolfo Uzeta

Espacios teatrales Teatro El Granero

Eventos Segundo programa de teatro japonés

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Óscar Cossío dirige un programa de teatro japonés con obras de Yukio Mishima]”, en Siempre!, 1 febrero 1961.




Título obra La bella y el poeta

Autoría Yukio Mishima

Dirección Óscar Cossío

Elenco Stella Inda, Enrique Reyes, Ángel Casarín, Lourdes Canales, José Luis Menéndez Corbatín, Rosa Rendón, Alfonso Aranda, Bertha Donat, Estela y Abreu

Escenografía Rodolfo Uzeta

Espacios teatrales Teatro El Granero

Eventos Segundo programa de teatro japonés

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Óscar Cossío dirige un programa de teatro japonés con obras de Yukio Mishima]”, en Siempre!, 1 febrero 1961.




Título obra El tambor de seda

Autoría Yukio Mishima

Dirección Óscar Cossío

Elenco Stella Inda, Enrique Reyes, Ángel Casarín, Lourdes Canales, José Luis Menéndez Corbatín, Rosa Rendón, Alfonso Aranda, Bertha Donat, Estela y Abreu

Escenografía Rodolfo Uzeta

Espacios teatrales Teatro El Granero

Eventos Segundo programa de teatro japonés

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Óscar Cossío dirige un programa de teatro japonés con obras de Yukio Mishima]”, en Siempre!, 1 febrero 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de febrero de 1961

Columna Teatro

Óscar Cossío dirige un programa de teatro japonés con obras de Yukio Mishima

Rafael Solana

El director Óscar Cossío ha preparado un segundo programa de teatro japonés moderno, después de que con el primero hizo el año pasado una impresión excelente; ha reforzado su compañía con nuevos artistas, sin abandonar a los que ya tuvieron éxito en la aventura inicial. Y ha escogido tres bellas obras en un acto, de Yukio Mishima, aunque, para nuestro gusto, tal vez con dos de ellas habría sido suficiente; la duración del programa con las tres no tan breves piezas nos pareció excesiva, ya que la duración de cada obrita es de algo más de una hora. En México, hemos tenido ya varias veces oportunidad de hacerlo notar, no está el público acostumbrado a las sesiones teatrales de cuatro horas, como en Francia o en Alemania; aquí la duración de las comedias se debe procurar que no exceda en mucho a 100 minutos, pues no tiene nuestro público la costumbre de prestar atención durante más tiempo.

Debemos confesar que de las tres obras no vimos sino dos, aunque con la esperanza de tener más tarde ocasión de conocer la tercera, en condiciones favorables, y no bajo el peso de un gran cansancio. Nos parecieron muy interesantes, y aun bellas; y luego supimos, por boca de persona que nos merece el mayor crédito, que la tercera no es inferior. Vimos El tambor de seda y La almohada mágica; todavía no hemos visto La bella y el poeta.

El espectáculo es novedoso sin ser estridente, es original sin parecer excesivamente exótico, tiene carácter sin incurrir en el pintoresquismo. Han tenido el buen gusto el director y el escenógrafo, arquitecto Rodolfo Uzeta, de no caer en la extravagancia y el carnaval, cuando la situación parecía propia para biombos, farolitos y todas las otras japonerías de que ya echaron mano los escenógrafos de Madame Butterfly durante varias generaciones. La sobriedad de la decoración y del vestuario en vez de diluir subraya el exotismo de las piezas, en el sentido de que permite notar vivamente las diferencias espirituales, sin distraer la atención con los materiales más burdos; las notas localistas que se conservan en algunos kimonos de amplias furisode, destacan más, junto a los trajes occidentales de otros personajes. Tampoco se ha insistido en un maquillaje recargado para alargar los ojos o amarillear el cutis de los artistas.

Las dos obras que vimos nos gustaron mucho; más la primera que la segunda; y se nos dijo que era igualmente bella la tercera; sin obras en las que recupera la palabra el prestigio que ha venido perdiendo en el teatro occidental moderno especialmente en Francia y en Estados Unidos. Después de tantas obras que hemos visto recientemente en que la voz humana sólo sirve para emitir insultos, y en que la principal parte de la oración ha llegado a ser la interjección, es agradable volver a oír palabras comedidas, en las que se hace gala de discreción, en el sentido que a esa palabra daban nuestros clásicos; hay o ingenio, o poesía, o sentimientos, detrás de las frases, y en muchas de ellas quisiera uno detenerse para considerarlas, porque parecen dignas de ello. En fin, que se dicen cosas, y eso ya no ocurre mucho en el teatro moderno de Nueva York o de París. De estos aciertos de autor habría que hacer partícipe a un traductor a quien se han olvidado de mencionar en los programas, como si tuviera menos importancia que un asesor musical o que un jefe de relaciones públicas.

El director Óscar Cossío se anota muchos aciertos; el movimiento de las piezas es moderado, dentro del difícil escenario en redondo del teatro del Granero. Las piezas están bien entonadas; la insinuación de algunas escenas de ballet es discreta; de los artistas, algunos de ellos novatos, se ha obtenido un excelente rendimiento.

Ahora está a la cabeza del reparto la ya laureada artista Stella Inda, que tiene, creemos, el más completo de sus triunfos teatrales, aun cuando no revista la importancia que alcanzaron algunos de los que obtuvo en el cine. En primer lugar, luce guapísima, en El tambor de seda, donde hace gala de sensibilidad y de finura en largas escenas mudas, en las que sin embargo hace sentir importantemente su presencia; su voz, un poco demasiado baja, no la ayuda mucho, más tarde, cuando tiene parlamentos; pero consigue sacar adelante su personaje con más que dignidad, con verdadero acierto; tiene luego otro papel, muy diferente, en La almohada mágica, y también acierta en él, aunque prescinda en esta ocasión de lucir su belleza. Creemos que el retorno de Stella Inda a los tablados debe ser marcado con piedra blanca, como una fecha venturosa.

El otro que encabeza el programa es Enrique Reyes; nos aseguran que la obra en que mejor está, en la que está excelente, es La bella y el poeta en la que no le vimos; en El tambor de seda cumplió discretamente; tiene una parte más importante en La almohada mágica; pero a nuestro juicio estuvo en ella un poco flexible; le notamos rígido, acartonado, siempre con un gesto agrio y desdeñoso, casi de enojo, que no pensamos fuera el que imaginó el autor, nos habría gustado verle menos furioso, y con ese gesto de asco cambiado por otro de anhelo, de esperanza, de ensueño; hace un hombre "cansado de la vida" no por insatisfacción, no por deseo de más, sino por despecho; creemos que habría podido dar mejor vivencia a su personaje. Sin embargo de esta insuficiencia, le consideramos un excelente actor con buena y clara voz, bien manejada, con soltura de movimientos, y si bien con ciertas limitaciones físicas, dueño de un envidiable porvenir en el arte.

Otros artistas que ya se distinguieron en la temporada anterior vuelven a hacerse aplaudir en ésta; por ejemplo, Ángel Casarín, que estuvo en la terna de las revelaciones del año pasado por su trabajo en las primeras obras japonesas; vuelve a estar excelente, aunque se redujo esta vez, en dos de las obras, a papeles de importancia secundaria; en la primera tiene uno muy principal, y lo desempeña con gran sensibilidad, con inteligencia y con ponderación. No se le puede regatear el aplauso. También está muy en su sitio Lourdes Canales que había sido la estrella de la primera temporada, y que otra vez en diversos papeles atina. Se ha unido al grupo el doctor José Luis Menéndez, "Corbatín", tan buen médico como actor cómico; aunque no encuentra en ninguno de los papeles que le han sido atribuidos en este programa ocasión de hacer lucir sus dotes de actor hilarante, se integra muy bien al cuadro, en el que también se hace notar la presencia de Rosa Rendón, la de Alfonso Aranda, y la de las señoritas Bertha Donat y Estela y Abreu.

Para nuestro gusto, es este de teatro japonés uno de los más gratos y mejores espectáculos teatrales que hay actualmente en México.

El carrusel del amor de Leslie Stevens. Producción de Ernesto Alonso, dirige Enrique Rambal

Hay ya en México, a lo largo del año, muchas cosas buenas de teatro que ver; algunas veces vemos buenas obras; ciertos locales son muy modernos y cómodos y están excelentemente acondicionados; hay productores valientes, cuidadosos, con sentido teatral y con buen gusto, que acometen empresas dignas de aplausos; hay artistas magníficos; hay directores notables; pero, normalmente, cada quien tira por su lado; la mejor obra no siempre tiene los mejores intérpretes, en las mejores salas no siempre se presentan las mejores piezas, los directores de mayor talento no siempre trabajan con los artistas más distinguidos. Y tiene uno que conformarse con éxitos parciales, en los que algo brilla mientras otras cosas quedan opacas.

Pocas veces todo coincide para hacer un espectáculo que pueda considerarse, si no perfecto, muy aproximado a la perfección; eso han logrado ahora Ernesto Alonso y su socio al montar en el teatro Insurgentes, tal vez el más cómodo y el mejor de México, la comedia El carrusel del amor. Puestos a prodigar elogios, porque este es el caso, que por desgracia se nos presenta con muchísima menor frecuencia que lo que quisiéramos, tenemos que empezar por los empresarios, Alonso y Lerner, que han reunido esta vez todos los posibles elementos para asegurar una representación impecable e interesante; escogieron el mejor teatro, una obra que tiene todo para gustar, hicieron un reparto fabuloso, montaron la pieza con el mayor lujo, y consiguieron una plana mayor de artistas insuperable. Que los resultados sean magníficos, no debe asombrar a nadie. Habría sido rarísimo que una tan extraordinaria reunión de elementos excepcionales no diera un producto de primera calidad.

La obra de Leslie Stevens, si uno se detuviera a analizarla, mostraría no ser nada; espuma, solamente; en el fondo no hay nada; ni pasa nada, ni enseña nada, pero... ¡qué admirable oficio se necesita para, con nada, hacer una comedia que mantenga al público divertidísimo durante dos horas! Con solamente cuatro personajes, en otros tantos escenarios, uno de ellos capital y los otros tres incidentales (los escenarios; los personajes, al revés: uno secundario y tres importantes), y con una anécdota que ya los demás cronistas les habrán contado a ustedes en cuatro palabras, pues no da para más, ¡qué buen rato se pasa, y cómo ríe el público un bombardeo de chistes de buena ley, ningún retruécano, ninguna astracanada, ninguna capuchina, ningún gag de locura sana! Hay ingenio, hay buen humor, hay gracia en el tratamiento de la diminuta situación, que parecería que sólo podría dar para un sketch de televisión, de un cuarto de hora, y que se sostiene casi sin flaquear a lo largo de dos actos de una hora cada uno.

Aunque en algún momento hayan incurrido en alguna disculpable vulgaridad de léxico, innecesaria, los traductores, Berta Maldonado y José Luis Ibáñez, también merecen aplauso; han sabido sostener la gracia de la comedia original; han matizado muy bien el diálogo; debe hacerse notar que a ellos se debe en parte el éxito de la comedia, cuyas risas, en muchas ocasiones sólo son posibles por el tino y la exactitud de los términos de los bocadillos cómicos. También encargar la versión a estos inteligentes traductores fue un acierto de los empresarios.

La escenografía, de cuya invención a nadie se da crédito (sólo de la construcción, a Luna, pero en letras más chicas que el que se da a la fonda que proporcionó la pieza de pollo que Pedro Armendáriz muerde en escena) es vistosa, muy práctica, bien ambientada; aprovecha los recursos del teatro Insurgentes; y no se pasa, no roba cámara a los artistas ni a la pieza. Está en su punto.

Si la obra es buena, muy ligera e ingeniosa, y el teatro es cómodo, y la postura en escena es muy correcta, y la traducción es impecable, lo demás es todavía mejor y merece elogios más encendidos; nos quedan las actuaciones y la dirección. En postura en escena habíamos olvidado mencionar el vestuario de Armando Valdés Peza, tan bueno y elegante como todo lo que firma este inteligente modista.

Fue un gran acierto de Ernesto Alonso, a nuestro juicio, ir a buscar a Enrique Rambal, que solamente dirigía en su propio teatro para encomendarle esta pieza, que le viene muy bien a este director, pues pertenece a su género preferido, y le permite lucirse en grande buscando efectos y matices. Si alguna crítica puede hacerse a Rambal es precisamente la de pasarse, la de exagerar en la minuciosidad de sus direcciones, nada le escapa, todo lo subraya, detalla hasta el máximo, como un miniaturista; esto, que en principio es admirable, hasta llega a hacerse fatigoso; claro que es siempre preferible, en este renglón, pecado por más que por menos; a nosotros nos asombra, nos rinde, ese lujo directorial de Rambal, que no descuida una sola frase ni un solo movimiento, que pone intenciones y matices, guiños, acentos, en cada palabra y en cada músculo de sus artistas, en una labor de la que no conocíamos precedentes.

Rambal imprimió a la comedia un tono un poquito menos fino que lo que habría podido escoger, nada es burdo, nada llega a ser grueso; pero... está un poquito recargado el tono de farsa de algunos movimientos; pudo todo ser un poco más suave... aunque entonces de seguro habría tenido menos éxito, habría llegado menos al gran público; entre satisfacer plenamente a los críticos con tonos a la acuarela, y llegarle al público cargados un poquito los colores, Rambal escogió lo último, y la taquilla habrá de agradecérselo... aunque los críticos vuelvan a posponerlo, a la hora de los premios.

Habría expectación por conocer a Pedro Armendáriz como actor teatral; ya se había arrepentido algunas veces; su papel en Otelo lo tomó López Tarso, y en Camino a Roma, Wolf Ruvinskis. Ahora al fin se decidió, con una comedia que, en principio no le viene mucho; él ha sido siempre, en el cine, rudo, tosco, cerril; y este profesor universitario, otoñal, parece haber sido escrito, o al menos retocado, para ajustarse como un guante a la personalidad de Charles Boyer, que ha tenido con tal personaje un sostenido triunfo en Broadway. ¿Podría Pedro Armendáriz, cambiando de personalidad, adquirir el charme, la gracia, la simpatía de Boyer? ¿Podría decir un papel tan largo?

Se recibe a Pedro con un aplauso. Y a poco andar ya lo tenemos triunfante. Su simpatía se va imponiendo. Quizá por falta de experiencia teatral, y como resabio de su ya larguísima carrera cinematográfica, tiene una gran tendencia a equivocarse, a cometer lapsus vocales, como si fuera posible una "toma dos". Algunos gestos le fueron puestos por el director un poco de bulto; pero el resultado práctico de todo ello es que la gente ría de muy buena gana, que entienda todas las intenciones, todas las implicaciones de cada frase. El esfuerzo de Pedro ha sido evidentemente muy grande al memorizar no solamente todo el largo texto, sino lo que es muchísimo más difícil, todas las entonaciones y todos los tics, pues no hay respiración ni pestañeo que el director no haya vigilado y que no tenga alguna significación y un motivo de ser.

Triunfa Pedro Armendáriz, ruidosamente; se gana el sincero aplauso del público. ¿Es un gran actor teatral? Sería demasiado pronto para decir eso. Por ahora lo único que puede decirse sin mentir es que tiene una actuación triunfal, en la que se hace simpatiquísimo, y con la que mantiene al público en hilaridad constante. Y eso, que ya es bastante decir es lo que aquí decimos.

La experta Marga López se desenvuelve como pez en el agua en un escenario en el que ya ha triunfado plenamente. Su papel (que en Broadway creó Claudette Colbert) le viene muy bien, aunque cueste trabajo creer que tenga, ella que los aparenta de edad, 25 años de casada; demasiado joven y demasiado guapa para un papel que es para una mujer de 50 años, y no para la muchachita tierna que ella sigue siendo, entra en situación, se compenetra de la psicología del personaje, y lo dice con mucho ángel y con muchísimo talento; también a ella la apayasó un poquito Rambal, especialmente al caminar, en ciertas salidas de escena; pero este es un pecado menudo; puede decirse de Marga en términos generales, que está en esta comedia verdaderamente deliciosa.

Y sin embargo... aunque esté muy bien Pedro Armendáriz, y aunque esté magnífica Marga López, y aunque los dos sean grandísimas figuras de nuestro arte, y sus papeles sean los principales... no faltará quien diga, a nuestro juicio con razón, que la estrella de la noche es Kitty de Hoyos, Kitty, la actriz a quien muchos no querían conceder más méritos que los de su belleza y su juventud, cuando la propusimos como la revelación de cierto año, Kitty, que ya estuvo bien en Pecado mortal, y excelente en Buenos días, tristeza, y en otras piezas (sólo en Leocadia ha fracasado, pero eso tenía muchas disculpantes), Kitty no crece, se agiganta, en esta pieza en que alterna con artistas máximos, y no solamente no se deja comer el mandado, sino, a ratos, es ella quien se lo come a los demás. Kitty, que además de lucir generosamente esos grandes encantos de los que nunca ha sido avara, tiene una actuación perfecta, llena de sugestiones, de gracia, de buena sombra. Está Kitty hecha una actriz, y esta vez sí que ya no puede haber quien se lo discuta. Claro que ahora ha tenido un director. Pero ese director ha tenido una actriz de talento.

Claudio Brook cumple en un papel de poco problema, muy inferior a sus facultades; él es actor para mucho más que esto.

Por reír dos horas con una comedia muy amable, por ver a Pedro, que es nuevo en este oficio, por volver a aplaudir a la siempre magnífica Marga, y por rendir homenaje a la arrolladora Kitty nadie en México dejará de ver El carrusel del amor, obra llena de gracia y de ingenio a la que vaticinamos una larga y triunfal permanencia en la cartelera del teatro de los Insurgentes.