FICHA TÉCNICA



Título obra Juguetes olvidados

Autoría Lillian Hellman

Notas de autoría José Luis Ibáñez / traducción

Dirección José Solé

Elenco Bertha Moss, Anita Blanch, Aldo Monti, Eva Calvo, María Idalia

Espacios teatrales Teatro Sullivan

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Juguetes olvidados de Lillian Hellman traducida por José Luis Ibáñez, dirige José Solé]”, en Siempre!, 25 enero 1961.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de enero de 1961

Columna Teatro

Juguetes olvidados de Lillian Hellman traducida por José Luis Ibáñez, dirige José Solé

Rafael Solana

El primer estreno del año fue el del Sullivan de Juguetes olvidados, traducción que, según con mucho acierto apuntó don Fernando Mota, no corresponde exactamente al sentido del título en inglés, Toys in the attic, que más parece indicar Muñecos en el desván que lo que José Luis Ibañez puso. Muy buena concurrencia, como siempre en el feudo de Ernesto Alonso. Un buen reparto, y mucho interés por conocer la pieza de Lillian Hellman, y la dirección de Pepe Solé, a quien unos críticos han juzgado como el mejor director de 1960, y otros como uno de los dos o tres mejores.

La obra... no acabó de convencer. Parece desde luego, inferior a otras de la misma autora, o Infamia y a Little foxes, que aquí ya conocíamos. Parece que pesa mucho la mano de Tennessee Williams esta vez, así en el ambiente neo-orleansiano como en la negrura de los caracteres, que hacen pensar en algunos de A streetcar named desire y en otros de The sweet bird of youth. Muy moderna, muy al último grito de la moda literaria, la señora Hellman casi solamente horrores pinta: pasiones seniles, ninfomanía, o poco menos, aunque sea platónico, integración racial, en un sentido que sin duda habrá puesto los pelos de punta a algunos racistas sureños, y otras lindezas cuidadosamente escogidas entre todo lo que pudo parecer apropiado para combinar un asunto "fuerte"; pero a nuestro juicio se le pasó la mano a doña Lillian, que ya no pintó en su comedia seres humanos, sino animales vestidos, gentes taradas, retrasados mentales, locos más o menos furiosos; los únicos personajes que, como si fueran personas, razonan, piensan, dicen y hacen cosas normales, tienen réplicas lógicas, son los encomendados a las actrices Bertha Moss y Anita Blanch; todos los otros son autómatas, meros muñecos ("toys" los llamó la autora, reconociéndolo) y operan por reacciones animales, instintivas, más como perros o como caballos que como hombres y mujeres; o, por lo menos, como idiotas.

Talento, no le falta a la autora; aunque no conociéramos sus otras obras, hay en esta misma muchas cosas que lo acusan; el personaje de la señora Prine, por ejemplo (Bertha Moss) está construido excelentemente, y aunque sea amargo, y no deje de incurrir en desviaciones, y sea de una inmoralidad y un cinismo desoladores, conserva una lucidez mental que permite a la escritora poner en su boca frases inteligentes y bien venidas al caso; no ocurre esto con otros personajes, que hablan y actúan como si estuviesen vendados, como si vivieran entre la oscuridad o la niebla, sin darse cuenta de nada de lo que les rodea; algunos hacen cosas (principalmente el encomendado a Aldo Monti, Julio) que no se le ocurrirían a un niño de cinco años.

La obra no satisface porque sus golpes para asustar al espectador son bajos (por ejemplo la denuncia de ese incesto, que es nada más un sofocón al público, pero que no progresa ni tiene importancia básica dentro de la historia) y porque su desarrollo y su final son perfectamente previsibles, y no solamente eso sino desde el principio parecen absurdos. Un ejemplo: un señor que tiene mucho dinero compra muchas cosas; pieles, vestidos, refrigerador, piano... pero no las paga, sino que siguen cargando el dinero hasta que, como todos pueden prever, se lo quiten; hay una llamada telefónica que también se las trae, en materia de inocencia y de pazguatería; y así unas cuantas cosas más, que desmeritan la pieza.

Los caracteres no puede decirse que estén muy bien dibujados, puesto que casi todos ellos son falsos, absurdos (salvamos, tenemos que insistir, el de Albertine Prine, y, un poco menos, el de Ana Berniers); los demás son todos tan artificiales, tan de muñecos y en boca de esos personajes no es posible encontrar ni ingenio, ni verdad, ni agudeza, sino solamente exageración, idiotez, debilidad mental... la relación de la aventura religiosa de Lily, por ejemplo, es lamentable.

Concibió la señora Hellman dos personajes de solterona, las hermanas de Julio; pero deberían tener solamente unos cuantos años más que él, que tiene poco más de veinte; serían unas mujeres de treinta y pico, o unas cuarentonas, a lo más; sin embargo, están tratadas como si fuesen las señoritas Vivanco, como ancianas, como si los papeles hubiesen de ser encomendados a Sara y a Prudencia, o a Fanny y a unas de las Gentil Arcos; dos viejecitas como las de Arsénico y encajes o las de La tercera palabra, así de reblandecidas y de vueltas a la primera infancia; Anita Blanch, con mucho talento, pudo salvar la suya, que es la menos absurda; pero Eva Calvo no logró llevar a buen puerto a la de ella, que es muy disparatada, y a la que el espectador en ningún momento acepta como personaje vivo; ella es otro "toy", otro muñeco, como Lily, como Julio, como Henry.

El espectáculo se defiende, y hasta se hace digno de ser visto, por la correcta dirección de Solé, que esta vez no es perfecta, y por la muy decorosa presentación (el decorado, al que no se da crédito, es excelente), y por algunas actuaciones, pues el cuadro es muy distinguido.

Solé no acertó tan por completo como otras veces porque su reparto no es parejo; algunos artistas son magníficos, y con ellos puede lucirse el director; hay alguno que no resulta suficiente para el personaje, a pesar de su esfuerzo. Pero hay un personaje importante que absolutamente es un error de reparto: Henry; aunque hable poco, este personaje pesa siempre sobre la obra, está en escena mucho tiempo, mudo, pero determinante, influyendo; se necesitaba, si no se podía disponer, por razones de presupuesto o de crédito, de un gran actor, o siquiera de un buen actor, por lo menos de un actor, y la persona a quien fue encomendado dista mucho de serlo; esta falla hace resentirse en toda la obra, y demerita la labor directorial de Solé, que por muchos otros conceptos es digna de aplauso; es uno de ellos el ritmo, que aunque a algún crítico (a Baguer) haya parecido demasiado vivo, a nosotros nos pareció el justo; llevada más despacio, la obra solamente habría enseñado más sus fallas, y habría quedado expuesta a volverse insoportable.

Eva Clavo, una actriz excelente, de la que recordamos muchos trabajos muy acertados (pero especialmente en el género cómico, aunque haya triunfado también como "la tacón dorado") tuvo que apechugar con el personaje más inconsistente de la obra, ingrato y difícil, y para el que no está todavía en edad; lo defendió con bravura; pero no llegó a volverse convincente. María Idalia, que ya ha hecho en varias ocasiones anteriores, papeles similares al que ahora tiene, lo hizo una vez más bien, y hasta impecablemente; pero estos personajes desagradables, por bien hechos que estén, no arrojan ninguna luz sobre la actriz que los hace. Aldo Monti, que tiene una gran tendencia a lucir el físico (muy divertida la clasificación que ha hecho Paco Taibo: si hay una señora en camisón es vodevil francés; si hay un señor desnudo de cintura para arriba, es drama americano; pero si están en escena los dos es tragedia de Nueva Orleans) da toda la vida posible a su muñeco, sin lograr hacer que su falsedad se olvide; y nos van quedando ya solamente dos artistas de quienes hacer el elogio: Anita Blanch, muy ponderada y justa en su personajes, al que consigue poner esa chispa de inteligencia y de humanidad de la que otros personajes carecen; pero sobre todos los demás artistas nos gustó en esta ocasión, por haber tenido el mejor personaje (como en esas corridas de toros en que el torero que está mejor es el que tiene el toro más bravo) Bertha Moss, que aunque carece del tipo necesario para hacer una otoñal aristócrata norteamericana, cuyo físico debería violentamente contrastar con el de su amante negro, y aunque no se puso sino un traje cuando la pieza pide dos, supo decir, con mucha autoridad, con mucho peso, con mucha intención, sus parlamentos, que son casi los únicos humanos de la pieza.

Ernesto Alonso tiene ya un público para este tipo de obras, y no dudamos de que consiga interesarlo en Juguetes olvidados, como antes en El dulce pájaro de la juventud o en Réquiem para una monja; pero francamente... no nos parece lo más constructivo, para el bien del teatro de México y la cultura mexicana, el insistir tan enardecidamente en esta línea.