FICHA TÉCNICA



Título obra El tío Vania

Autoría Antón Chéjov

Dirección Ignacio Retes, José Solé

Elenco José Gálvez, Erna María Baumann, Judy Ponte, Lola Tinoco, Elisa Asperó, José Carlos Ruíz, Rafael Estrada, Rafael Llamas, Claudio Brook

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El tío Vania de Antón Chéjov, dirigen Ignacio Retes y José Solé]”, en Siempre!, 28 diciembre 1960.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de diciembre de 1960

Columna Teatro

El tío vania de Antón Chéjov, dirigen Ignacio Retes y José Solé

Rafael Solana

Es curioso: se celebra el centenario de un escritor ruso, y todo el mundo se desmorece por festejarlo: la Unidad del Bosque (que puso La gaviota), la Universidad Nacional que puso en el Caballito un programa con escenas recogidas de diversas obras y hábilmente hilvanadas, el Seguro Social que puso El tío Vania, y sólo faltó el Instituto Nacional de Bellas Artes, que había pensado en El jardín de los cerezos; pero si el autor es mexicano, por ejemplo, don Manuel J. Payno, que es por cierto uno de los gigantes de nuestras letras, entonces nadie se acuerda de él; por lo menos, a nadie se le ocurrió resucitar ninguna de sus obras, con las que fue el autor de moda en su patria, el siglo pasado. El sesquicentenario de Payno pasó para nuestra gente de teatro (y de teatro sostenido con dinero del Estado, todo el que hemos mencionado arriba, tan jubiloso por el centenario chejoviano) completamente inadvertido; habría sido necesario para el Seguro Social, y la Universidad y Bellas Artes, y el Bosque supieran quién fue Payno, que hubiera salido publicado un artículo en una revista de París de Nueva York o de Moscú.

¿Cómo habría recibido la gente de hoy las obras con que Payno interesó vivamente a nuestros tatarabuelos? ¡Quién sabe! Lo único que hemos podido constar es que las de Chéjov las ha recibido con una desconsoladora indiferencia. Completamente frío dejaron a nuestro público primero esa Gaviota que muy pronto voló, y no hizo nido en el Granero, y ahora este Tío Vania, que no habrá de hacer huesos viejos en el teatro de Xola.

Y que conste que si Chéjov no interesa, no es por falta de cuidado, gusto y aun lujo en la postura escénica. Tal vez ni en Rusia misma lo pongan con tan grande cariño; Julio Prieto se esmeró y logró tres decorados magníficos, disfrazó un piano moderno que habría sido la única nota que desentonara (con un cuadro de la pluma del maestro Serra, a quien todavía conocemos vivito y coleando hace 30 años) y puso un interior con nimiedad, contando perfectamente el ambiente social, la época, también el decorado del exterior es excelente y el otro interior no deja nada que desear, muebles, utilería, ropa, nos parecieron todos perfectamente bien escogidos, y aun ricos; Julio Prieto se ganó muy bien un fuerte aplauso por la excelencia de su montaje.

Y también estuvieron muy bien los directores, Ignacio Retes y José Solé, cualquiera que haya sido la contribución de cada uno, ambos acertaron, pues que no se encuentra pero qué oponer a la dirección escénica; los movimientos son sobrios, las entonaciones son justas, y hay unidad, gusto, cultura, en ambos jóvenes y talentosos regisseurs. Para ellos también aplausos muy sinceros, y que se han ganado muy bien.

Y también hay que aplaudir a los actores. La hermosa Erna María Baumann ha progresado notablemente, desde Un tigre a las puertas, o sus obras anteriores, se conoce que es una chica estudiosa, que no se conforma con ser bella, además de lucir su juventud y su ropa de muy buen gusto, nos mostró adelantos en su dicción, y se vio ya menos fría, menos distante del personaje, que en algunas de las anteriores ocasiones en que ha hecho teatro; es indudable que tuvo, además de buenos directores, empeño y cuidado en el estudio. Nos dio mucho gusto ver que va mejorándose.

Judy Ponte está excelente, sincera, emotiva, apasionada, pero su papel es una verdadera lata; no hace más que llorar, a lo largo de toda la melancólica comedia. Y aunque llora muy bien, pues... llega un momento en que fatiga un poco pero que conste que no es por su culpa, ella no hace sino lo que el papel pide.

Los personajes encomendados a Lola Tinoco y Elisa Asperó son muy pequeños, y no permiten lucimiento, ellas, excelentes actrices, los cubren de sobra.

En los papeles masculinos, cumplen José Carlos Ruiz y Rafael Estrada, que tiene esta vez un personaje importante, con el que se identifica, y en el que no chocan el estilo campanudo y rimbombante de este profesor, su tono doctoral y su dicción muy cortada. Rafael Llamas saca con habilidad, con buen dominio del oficio, el personaje más difícil. Otro personaje, como el del escritor de La gaviota, con el que se batió denodadamente Claudio Brook, que exige demasiado encanto personal, demasiado atractivo de los actores, seducción que ellas no siempre tienen. Es una escena de borrachera Llamas estuvo sobrio (y no se tome a mal este adjetivo en esas circunstancias, en los que tan contraindicado parece), en cuanto a José Gálvez que encarnó al personaje titular de la obra, pues... también él lloró su buen cuarto de litro de lágrimas, sufrió una profunda depresión, se vio todo lo triste, fracasado y marchito que un personaje de Chéjov debe verse, y destiló la amargura que en el papel puso el comediógrafo; en fin que, contra su costumbre, tuvo una actuación correcta (y decimos contra su costumbre, porque suele este actor tocar los mayores extremos o estar encantador como en Divorciémonos, odioso como en Anna Karenina, o pésimo, como en La rosa tatuada, o magnífico o abominable o en la mejor actuación del año, como en El hombre que hacía llover, o en la peor... y esta vez no incurrió en ninguna de estas dos exageraciones).

Pero, con tan buen decorado, con tan atinada dirección, con tan cumplidas interpretaciones, tuvimos la impresión de que El tío Vania,(1) no interesaba, de que los aplausos eran tibios y de que el cansancio, el desaliento y la modorra invadían a los espectadores. Chéjov es un dramaturgo muy importante, qué duda cabe (sobre todo para los rusos); pero ¡qué fatigosas y qué aburridas son, en el escenario, sus obras!

Confiamos en que ya se dé por bien celebrado el centenario, y no nos sigan recetando las obras completas de este autor; eso tendrán obligación de aguantarlos los rusos, por patriotismo. ¡Pero no nosotros!


Notas

1. Que se había estrenado el 9 de diciembre. Invitación. A: Ignacio Retes.