FICHA TÉCNICA



Título obra Las estatuas de marfil

Autoría Emilio Carballido

Dirección Fernando Wagner

Elenco Maruja Grifell, Enrique Aguilar, Raúl Ramírez, Carmen Montejo, Yolanda Guillaumin, Ada Carrasco, David Hayat, Bruno Márquez

Espacios teatrales Teatro Basurto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las estatuas de marfil de Emilio Carballido, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 23 noviembre 1960.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de noviembre de 1960

Columna Teatro

Las estatuas de marfil de Emilio Carballido, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Este año la temporada de la Unión Nacional de Autores se inauguró con una obra de Emilio Carballido, uno de los dos únicos escritores con los que esa agrupación ha tenido sonados fracasos, en algunas de las diez temporadas anuales que ya cuenta de constructiva historia, pero Carballido, a pesar de aquel fiasco, que a nuestro juicio fue injusto, disfruta de un gran cartel, pues ha tenido muchos notables éxitos, alguno de ellos, el de La danza que sueña la tortuga, o Las palabras cruzadas, en temporada de la misma Unión, en el teatro de la Comedia. Como acerca de Las estatuas de marfil había ya comenzado a correrse la voz de que era muy buena, se notaba animación la noche del estreno; estaban allí los autores mexicanos, casi todos, y casi todos los críticos, y muchos otros aficionados de nota.

Desde la primera escena se notó la mano de un escritor que sabe lo que se trae entre ellas. Fue patente la habilidad con que Emilio manejó en esa escena inicial muchos personajes creando un ambiente.

Sin embargo, cuando el acto, que es larguísimo, terminó, con una desagradable escena de gritos entre marido y mujer, diálogo que entra muy en la moda actualmente vigente de relaciones familiares a voces y sombrerazos, debemos confesar que nuestro entusiasmo no era muy caluroso. Se veía que era la obra de un dramaturgo que sabe escribir, y construir, y manejar sus tipos, pero... nada nuevo, nada particularmente valioso, o interesante. Una obra bien hecha, y nada más. Como hay muchas.

El segundo acto (vamos a considerar la obra como dividida en cinco, según lo está en realidad, aunque sólo se hagan dos intermedios para fumar) trajo a la sala un regocijo barato. Hubo risas vulgares, y hasta algunas palmadas de horteras. Se inicia con una escena que es un desahogo del autor, que vomita su bilis en contra de algunas personas o instituciones de quienes tiene por qué estar quejoso. Algunas cosas son tan triviales, tan adocenadas, que parecen de esas que a veces pone Inclán en sus obras, y que suenan más a dimes y diretes de plazuela que a obra literaria. Carballido ha tenido la flaqueza, el mal gusto, de llevar al escenario sus resentimientos y sus rencores porque alguna vez algunos críticos le han tratado mal o por que han preferido a las suyas (o a las de sus amigas), amargas y sucias, algunas otras que han sido amables y optimistas a lo que al autor llama ser "color de merengue", no con sobra de ingenio. También ataca a la oficina de espectáculos, en forma descomedida y falta de agudeza y de gusto. No falta quien ría con estos exabruptos, en que vacía sus propios ardores, y algunos ajenos, el autor; más tarde habrá de referirse también despectivamente, y en plan de socorrido chiste, al Seguro Social. Esta escena nos recuerda por su tono (y por su éxito) la del segundo acto de El escándalo de la verdad a cargo de doña Loreto. También Carballido dice sus verdades (aunque sean vulgaridades) y causa con ellas un moderado escándalo, y el regodeo de ciertas personas a quienes lo que más les gusta es oír que se le falte al respeto a alguien, que se haga chacota a costa de algo o de alguno. Esto es tan corrientito, que nos dio tristeza verlo en una obra de Carballido.

Pero después (...)

Después la obra va tomando vuelo, los personajes van acusándose, los problemas van alcanzando hondura; al caer el telón sobre el tercer acto ya estamos vivamente interesados en lo que pasa, y ya tenemos ahora sí, la impresión de estar delante de una gran comedia, de una comedia posiblemente excepcional.

El cuarto acto se inicia con un breve diálogo entre Maruja Grifell y Enrique Aguilar (que hace el papel de Carballido, ya que la obra es eminente, valientemente autobiográfica); la interrumpe la llegada de Raúl Ramírez; hay tensión; hay electricidad. Entonces pensamos: ahora es la oportunidad, o de una gran escena, o de una gran pifia.

Y lo que viene es la gran escena, pero grande de verdad, de un elevadísimo vuelo, de una solidez formidable, de una verdad y una penetración excepcionales; allí es donde la obra se va para arriba, a esta escena magistral, que puede pasar a la antología de las mejores escenas del teatro mexicano y a las de las buenas escenas del teatro universal, sigue otra tan buena como ella, el diálogo entre Ramírez y Carmen Montejo, y con un pequeño monólogo de esta última termina el breve acto, uno de los más perfectos y admirables de toda nuestra literatura dramática, una verdadera consagración de dramaturgo. ¡Eso es teatro! Eso es decir cosas, pensarlas, sentirlas, interesar al público en situaciones, en ideas, en palabras magistrales, diremos, para no llegar a la sospechosísima palabra "genial", que usamos tan pocas veces.

El quinto acto en nada desmerece; tiene otro tono, desenlaza cosas; es la calma después de la tempestad, su tiempo es menos agitado que el del acto culminante, el cuarto; pero está hecho con maestría, con perfección técnica, con el dominio del oficio que alcanza quien ya desde antes de esta obra estaba considerado como un dramaturgo notable, ahora todos reconoceremos que es "el primero o uno de los primeros", según opina él de sí mismo, por boca de su vicario personaje.

¿Defectos? Sin duda tendrá algunos, y no quisiéramos dejar de señalar los que se nos ocurren para que no se diga que, al revés de la mayor parte de nuestros colegas, en las obras mexicanas sólo vemos las virtudes y no las debilidades (como ellos hacen con las extranjeras). Por ejemplo, diremos que se nota demasiado en Carballido la preocupación de dar papel a casi todos los personajes, a todos les hace su escenita de lucimiento. Esto sería virtud en cualquier otra comedia, y más de una vez lo hemos aplaudido en otros autores, pero esta obra es de tal manera buena, vigorosa, permanente, que algunas cosas se le desprenden, le quedan chicas. Lo mismo que en otra pieza de menos vuelo sería un adorno, en ésta es un estorbo. La escenita de lucimiento para Maruja Grifell, pasa, porque lo que en ella se dice tiene interés para la caracterización de alguno de los principales personajes; la de Yolanda Guillaumin ya viene menos al caso, francamente sobra, se conoce que Carballido la quiere mucho, y como ella vive un papel autobiográfico, también, lo hace muy bien; pero estorba; en cuanto a la de Ada Carrasco, eso por lo absoluto se desprende del texto, no tiene nada que ver con la trama, y es un pegote. Ada la hace muy bien, pero no es a ver a Ada a lo que va uno en este caso, sino a ver la obra, de la que esta escena es la quinta rueda, o la sexta. Su correspondencia con otra del último acto resulta fallida.

Tampoco nos gusta (pero esto es personal) el tono demasiado airado que tiene algunas de las escenas de ménage; Wagner subrayó su agrura y su destemplanza, entonándola con gritos que en ninguna parte de México se usan, ni siquiera en Veracruz; en Sevilla, en Santander, en Nápoles, pasarían; serían creíbles si hicieran la escena Fajardo y la Magnani; pero a nosotros nos disonaron, nos lastimaron, y nos falsearon el clima, por todo lo demás perfectamente bien recreado, de la ciudad de Orizaba.

La escena a que aludimos antes, la de los desahogos de Carballido en contra de críticos y autoridades, esa se va a desprender por sí misma, en primer lugar, por falsa; si se permite que la obra misma diga que la censura no permite que se diga nada, allí va implícita una contradicción; si se dice que la crítica aplaude sólo obras estúpidas, y aplaude esta obra, o esta obra es también estúpida, o por lo menos ha dicho esa estupidez. A Carballido le han censurado los críticos cuando ha hecho algo flojo, y él sabe que lo ha hecho; su vengancita es ruin y pronto quedará insatisfecho, arrepentido y tal vez avergonzado de ella. Esta obra, Las estatuas de marfil, va a durar, será obra de repertorio, será traducida, llevada a otros países, seguirá siendo representada aquí dentro de muchos años, tal vez después de muerto Carballido, cuando ya nadie se acuerde ni del licenciado Peredo ni de los actuales críticos. Para entonces la escena se habrá caído sola, como una hoja seca, cualquier director la mutilará sin contemplaciones que no merece; es una página de sketch deslizada dentro de una obra maestra; por ahora, déjenla, pues hace reír al público grueso y sonreír a los supuestos heridos; pero van ustedes a ver cómo antes de un siglo, cuando todavía el resto de la obra esté perfectamente saludable, esta escena habrá sido retirada como el lunar de la obra.

Nada más que no nos tachen de maniáticos del teatro mexicano, o de xenófobos, no hacemos un comentario que se nos ocurrió al terminar la función de estreno de Las estatuas de marfil, después de que mentalmente comparamos la profundidad, el vigor y la excelencia artística y técnica de esta obra nacional con la superficialidad, la trivialidad, la fragilidad de obras inglesas y francesas que actualmente están en cartel, muy presumidamente, en algunos locales. Ustedes probablemente saben de cuáles obras se trata. Nos gustaría que compararan ustedes por sí mismos. Y aunque fueran muy malas sus intenciones para con el teatro de casa se iban ustedes a coger los cinco dedos en esa trampa.

Pero vamos a dejar la obra, que es lo principal en el teatro Basurto, con mucho, y vamos a hablar de todo lo demás.

La escenografía es angustiada(1), ese foro es un embudo y no se puede hacer mucho allí, pero se logra que no estén demasiado apretados allí dos escenarios, prodigio de acomodo, ropa y luces cumplen, el sonido descuidado.

No nos gusta de la dirección de Wagner los demasiados gritos; dirige con estilo cuartelario, da a escenas de alcoba tonos de plaza pública en tiempos de la muerte de Dantón. Y como el teatro es tan pequeño, retiembla en sus centros al sonoro rugir de voces tan airadas y desproporcionadas.

Pero todo lo demás nos gusta mucho, están muy bien entendidos casi todos los personajes y muy profundizados los que lo ameritan, no se trata esta vez de hablar y hablar, de decir cada quien sus líneas, sino de penetrar en la intención de cada bocadillo y dibujar el carácter de cada elemento del drama. En este sentido Wagner ha dirigido bien, muy bien, sobresalientemente bien, aunque la incomodidad del escenario no le haya permitido innovaciones balléticas en materia de movimientos, ni barroquismo que otros directores son afectos.

En cuanto a las actuaciones, ha conseguido que ninguna sea mala ni floja y que algunas sean eminentes.

Por comenzar con alguien, comenzaremos con Raúl Ramírez. Está admirable, asombroso. En un punto que nunca habíamos creído que alcanzaría. Le recordamos, simpático, agradable, desde Los hijos de Eduardo y La cocina de los ángeles hasta El escándalo de la verdad, pero nunca había adquirido la autoridad ni la energía que tiene en esta obra, en un papel que no es fácil y que a primera vista se hubiera creído que nadie en México podría hacer, fuera de Wolf Ruvinskis. Sin exagerar en nada, sin caer en obviedades toscas, Raúl hace una auténtica creación de su personaje, al que imprime todo el vigor que imaginó el comediógrafo. Consideramos ésta, por margen amplísimo, la mejor actuación de la carrera de este galán joven que hoy se revela como un primer actor formidable.

El papel de más peso, el de más cambios, el más largo, el más complejo, es el que asume Enrique Aguilar, no logra parecerse en lo físico a Carballido, sino más bien a Tonatiuh Gutiérrez al principio desconcierta un poco con su agresividad, con su antipatía y con su impertinencia, pero a medida que la obra avanza se va centrando y cuajando y al llegar el cuarto acto el de las dos escenas cumbres, Aguilar triunfa en las dos. Está a la altura de las circunstancias.

Carmen Montejo, que muchas veces probó ya su categoría, da todo el rendimiento que pide su papel, aun cuando Wagner la ha hecho gritar por demás en no pocas de sus escenas. Aunque ligeramente fuera de edad, transmite al público las angustias, las ilusiones, los sueños, los combates de su admirablemente trazado personaje. También ella está soberbia.

Y como Carballido no quiso que nadie se quedara sin triunfar, hay gran escena de bravura para Yolanda Guillaumin que la disfruta y otra para Ada Carrasco, que a lo largo de toda la obra está perfecta, inteligente y actriz, y para Maruja Grifell, que no deja de aprovechar su momento, y hasta para David Hayat, que hace el papel de actor malo, y lo hace tan bien, que todos dirán que qué mal actor, Bruno Márquez no logra ajustarse del todo a un papel que requeriría un poco menos de superficialidad, un sentimentalismo un poquito a lo Memo Orea, para que podamos creer lo que su esposa cuenta de este personaje; y en el último acto, una crueldad mental de la que Bruno se mantuvo muy lejos, un señor Balvanera que solamente tiene que decir su nombre, muy repetidas veces, lo hace con gracia, para lograr el efecto buscado.

Todos estos artistas contribuyen a hacer de Las estatuas de marfil el espectáculo teatral más importante del año. ¡Así inicia la Unión Nacional de Autores su temporada de 1960! Con un éxito clamoroso de autor, director e intérpretes.


Notas

1. Diseñada por Antonio López Mancera. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.