FICHA TÉCNICA



Título obra El juego de papá y mamá

Autoría Luz María Servín

Dirección Virgilio Mariel

Elenco Carmen Montejo, Francisco Jambrina

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El juego de papá y mamá de Luz María Servín; dirige Virgilio Mariel]”, en Siempre!, 13 julio 1960.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de julio de 1960

Columna Teatro

El juego de papá y mamá de Luz María Servín; dirige Virgilio Mariel

Rafael Solana

Carmen Montejo es una enamorada del teatro mexicano, a pesar de no ser el nuestro su país natal. Curiosamente, ella sí da con obras mexicanas, que algunos empresarios nacidos en México buscan con afán, y nunca encuentran, hasta el grado de que llegan a pensar que no existen: será que Carmen no las va a buscar a Madrid; el hecho es que las halla, y que a una sigue otra, siempre con éxito, unas veces de crítica, otras de taquilla, otras ambos.

Ahora tiene en su teatro la Montejo una preciosa comedia de la joven autora Luz María Servín, que ya no es una desconocida, sino que ha estrenado con mucho aplauso otras obras, y hasta ha recibido premios y ha habido fiestas en su honor; por supuesto, otros empresarios no han conocido esas obras, ni han asistido a esas fiestas, ni se han enterado de que existe la autora de Sufragios, de Naabani, de El paraje de la luna rota; Carmen sí se enteró; se puso en contacto con ella, y obtuvo una obra que nos ha parecido admirable, llena de grandes cualidades, de valores literarios y escénicos; y que, además, tiene la enorme virtud de que propicia el lucimiento de los dos únicos artistas que se encarguen de interpretarla; brevedad de reparto que hasta la hace atractiva, por lo barata, para las empresas.

No es la señora Servín una escritora modernísima: no parece estar terriblemente atormentada ni angustiada, ni acomplejada, ni su obra (como tampoco las anteriores) refleja esa “angustia de nuestro tiempo” que es el caballito de batalla de los autores y las autoras amargos; nada de esta comedia es desagradable, ni sucio, ni soez, ni siquiera violento; si fuera esta señora discípula de Tennessee Williams, o de los profesores mexicanos del género acre, habría salido reprobada. Su obra es blanca, o rosada, lo que horrorizará a los muy modernos, pero agradará al resto del público. Es dulzona, es amable. Los caracteres son notables, y el asunto, hasta cierto punto, ingenuo. Así era también La danza que sueña la tortuga, y tuvo mucho éxito, y al aplauso del gran público pudo sumar el de los pedantes que son tan difíciles de contentar.

Está muy bien construida, muy bien llevada; el interés se sostiene, a pesar de ser diminuto el caso anecdótico narrado, y de ser muy simples los caracteres, en cuyo trazo la autora acertó plenamente; en ningún momento pesa el que sólo dos artistas estén en escena, el primer acto hace el planteamiento de los caracteres, con cierta reiteración, a su final presenta el problema; y el segundo desarrolla y el tercero desenlaza; sin que ocurra el menor tropiezo; verdaderamente la señora Servín ha sorteado brillantemente las enormes dificultades que ella misma se propuso, al limitar a dos el número de sus personajes; a nosotros, en lo personal, nos gustó más esta obra y nos pareció mejor hecha que Del brazo y por la calle, que sí conoce Manolo Fábregas (es chilena) y que Los enemigos no mandan flores, que sí conoce Lucy Gallardo (es brasileña).

La señora Servín no escribe para los severos aristarcos universitarizantes, sino para el público, y creemos que a ese público le llegará mucho esta comedia, aunque en materia de taquilla nunca es posible hacer predicciones; de todos modos, Carmen Montejo puede ser felicitada por su acierto al encontrar esta obra como lo es la autora, y muy efusivamente, por haberla escrito.

Por su edad, el personaje femenino de El juego de papá y mamá, que así se llama la pieza que estamos comentando, escapa a Carmen Montejo; tendría que haberlo hecho una actriz algo más madurita, digamos Virginia Manzano, o Andrea Palma, o Isabela Corona ya que no Sara García ni doña Prudencia, lo que sería exagerado; pero Carmen se avejentó un poco, con maquillaje y con movimientos escénicos, y logró dar la impresión de ser el personaje requerido; también se puso en tipo don Francisco Jambrina, agregándose sobre los suyos pardos unos bigotes blancos que pronto se le cayeron; tuvo que ir a dejarlos sobre la mesa, y siguió la obra sin ellos; ni falta que le hacían (la noche en que estuvimos, la del estreno, hubo algunos otros tropiezos materiales, además del bigotito, pero eso lo consideramos como de una importancia secundaria).

Aunque los dos papeles son muy buenos, el que se presta para alcanzar la brillantez es el femenino; la autora, naturalmente, lo ha tratado con mucha mayor profundidad y más conocimiento de causa que el otro; y le ha puesto escenas que dejan a la actriz dar rienda suelta a su temperamento y a sus facultades; Carmen Montejo no parece haber estado deseando otra cosa; conmueve, y se conmueve ella misma hasta el derramamiento de muy amargas lágrimas; sacude, impresiona a los espectadores, de quienes se apodera en las escenas principales. Para ella un gran aplauso.

Y otro muy afectuoso para Jambrina, que dio colorido, simpatía y humanidad a su Samuel, haciéndolo un personaje perfectamente vivo, de carne y hueso.

Y otro más para Virgilio Mariel, por su dirección, emotiva, sencilla y aun primaria, en que no alardeó, sino sirvió a los actores, a la autora y al público. Y otro para Toño López Mancera que acertó con su escenografía a crear el ambiente requerido por la comedia.