FICHA TÉCNICA



Título obra El escándalo de la verdad

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Fernando Wagner

Elenco Carlos López Moctezuma, María Teresa Rivas, Gloria Silva, Enrique Bécquer, Gastón Rojo, Héctor López Portillo, Raúl Ramírez, Arturo Soto Ureña, Herminia Álvarez

Escenografía David Antón

Vestuario Armando Valdez Peza

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El escándalo de la verdad de Luis G. Basurto, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 6 julio 1960.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   6 de julio de 1960

Columna Teatro

El escándalo de la verdad de Luis G. Basurto, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Cada época tiene, para cada espectáculo, los grandes nombres, que despiertan mayor expectación que los demás, y para los que hay, al mismo tiempo que mayor adoración, más exigencia. El boxeo tuvo su Jack Dempsey y su Joe Louis, el teatro, su Bernhardt y su Duse, el canto su Caruso y su Patti, el toreo su Gaona y su “Manolete”; el teatro mexicano de hoy tiene su Luis G. Basurto (como el español tuvo su Benavente, el italiano su Pirandello) y cada estreno de ese autor levanta revuelo. Se va como a una pelea de campeonato, a saber si el campeón va a retener su cinturón, o su corona, o si va a claudicar y a rendirse. Hay quien espera que se supere, quienes se conformarán con que no decline y quienes llevan la esperanza de comenzar a atisbar la decadencia, como ocurre con las películas de María Félix.

Y... hay de todo, como en la labor artística de todo creador viviente; unas veces Luis Basurto se ha superado, ha borrado todos sus éxitos anteriores, como ocurrió con el estreno de Cada quien su vida, otras veces se ha sostenido, como en La locura de los ángeles, y otras ha parecido flaquear como en Los reyes del mundo, que fue una pieza discutida y que no tuvo en la taquilla el triunfo que otras obras del mismo comediógrafo consiguieron.

Con El escándalo de la verdad, la más reciente de las piezas basurtianas, tampoco se han puesto de acuerdo los críticos; pero no acerca de si es buena o no lo es, sino sobre si es mejor que todas las otras, o nada más igual. Nuestra opinión personal es que no supera a otras obras del mismo autor aunque forma en fila dignamente con las mejores; pero hay un sector del público y de la crítica que piensa que El escándalo de la verdad supera a toda la anterior producción de Basurto, en seguridad técnica, en vigor en el trazo de los personajes, en valentía en el argumento, en violencia y contundencia de los alegatos de carácter social.

Quienes señalan en Basurto como un defecto y no como una cualidad, ese conocimiento, ese dominio del conflicto, que le permite obtener siempre del público las reacciones solicitadas, van a encontrar que esta pieza abunda en los efectos que algunos malevolentes llaman trucos; pero quien haya intentado alguna vez escribir para el teatro sabe cuán difíciles y peligrosos son de lograr. Le reprocharán algunos, también que plantee la coincidencia en un solo tiempo y en un solo lugar de una serie de sucesos que pudieron estar alejados, pero en esa síntesis consiste el teatro, que la tiene como uno de sus requisitos, no indispensable en el cine o en la novela, la criticarán otros de los que mal le quieren el que vuelva a utilizar, con ligeras variantes, algunos personajes que ya usó en obras anteriores (particularmente en Toda una dama y en Miércoles de Ceniza); pero a esto llega un autor, generalmente, cuando tiene personalidad, y cuando ha escrito mucho, también Wilde, y es un gran autor, repite sus personajes y lo mismo hizo Benavente, y lo mismo Lope de Vega, y si nos apuran un poco, Sófocles. El que se llegue a decir que ya hay criados basurtianos, como los hay molierescos o calderonianos, no nos parece a nosotros que sea vituperio, sino todo lo contrario. A eso, a que se parezcan unos a otros, se llega sólo cuando se tiene una gran familia de personajes, y cuando se es dueño de un estilo definido. Y con esas condiciones tenemos nosotros pocos autores.

En El escándalo de la verdad hace Luis G. Basurto, con toda la demagogia y toda la truculencia que ustedes quieran, pero sabiendo emplearlas, una dura crítica a la sociedad moderna; enjuicia las relaciones familiares (con mucho mayor acierto, a nuestro parecer, que Luisa Josefina y los luisapepinistas, que han hecho de eso un tópico); critica el enriquecimiento por medios ilícitos (un tema que, como diría Magaña Esquivel, “ha sido no pocas veces tratado”); llama a capítulo a la cursilería (con la misma severidad e igual rigor que los que Luis Spota ha usado en algunas de sus mejores novelas) y, finalmente, busca una explicación al problema de los “rebeldes sin causa”, que actualmente preocupa a muchos educadores y a los sociólogos. La obra, sin que se resienta por ello su unidad, tiene tres tonos distintos, cada uno con su problema, y hasta con su ritmo teatral, para los tres actos; el primero, de pocas escenas largas, con pocos personajes; su tiempo es un poco moroso, hay racontos, útiles para el establecimiento de personajes, y el color es opaco, el segundo acto cambia por completo de metro; pasa de andante a allegro, y está en modo de scherzo, en su primera parte; hay muchos personajes de réplicas vivaces, de bocadillos ingeniosos, agudos, mordaces; hacia el final, el acto se convierte en un solo, en un aria de la mezzo, después de que entró acompañada de toda la orquesta, y el público es obligado a pasar de un salto mortal, de efecto seguro en el diafragma, de la comedia casi sainete al drama casi tragedia; y todavía encontró Basurto nuevo asunto, nuevos personajes y nuevo tono para el acto tercero; están exteriormente aceptadas hasta el último grado, de sumisión, las unidades de espacio y de tiempo (los tres actos se continúan sin interrupción, y se levanta cada telón sobre la frase en que cayó el anterior); pero no hay unidad de relato, sino pluralidad admirablemente bien armonizada, pues los tres asuntos se entrelazan y forman el cuadro de costumbres que el autor se propuso trazar, y que logró con el más plausible de los aciertos.

Muchas de las cosas que dice Basurto no son nuevas (¡qué poca gente escribiría si cada autor tuviera que inventarse temas y problemas jamás vistos); pero tiene la pieza el mérito, que no osará discutir nadie, de que están dichas con la boca llena, con explosiva violencia, con franqueza que asusta, y el de que el autor las hace llegar a la conciencia del espectador con un formidable impacto. Por estos méritos pensamos que la pieza habrá de obtener un enorme éxito, y creemos muy sinceramente que se lo merece.

Fernando Wagner no ha dirigido esta pieza con mucha fortuna; no se ha deleitado en buscar los matices, no se ha mostrado delicado; ha captado, eso sí, la fuerza de los personajes y de las escenas, y ha lanzado esa fuerza a la cabeza del público; resultado; los espectadores están siempre en situación; ríen, fuerte, en las escenas cómicas (no muy sutilmente hechas) y se muerden las uñas y se asustan en las otras. ¿No era de eso de lo que se trataba? Pues ha acertado Wagner; su dirección es “publiquista”; está destinada a ese público numeroso, no muy exigente, que es el propio de Basurto.

Mucho llevan ya caminado los artistas cuando aceptan papeles en las obras basurtianas; están siempre tan bien escritos y construidos, son tan claros e inteligibles, que no tienen que penar los intérpretes para atinar con su psicología; si, además, la dirección ha sido simplista, como en este caso, todo se facilita aún más.

Destaca en el cuadro el gran actor Carlos López Moctezuma, que da prestancia, verdad y autoridad a su personaje. María Teresa Rivas muestra elegancia y distinción en el suyo, que compuso comedidamente, sin incurrir en un tipo caricaturesco o subrayado, como el que habría podido hacer, pongamos por caso, Blanca de Castejón; Lucha Núñez, como en Miércoles de Ceniza, sale a tener un par de escenas, y a comerse en ellas a todo el mundo, porque así lo ha preparado el autor; las hace y las dice con la energía requerida.

A Gloria Silva, en quien vemos una actriz de porvenir risueño la endureció por demás el director y aún la acartonó; algo tiesa, y con algunos tonos sobradamente bajos, en el estilo de Eva Calvo, Gloria sostiene su personaje en forma inquebrantable, sin matices; otro tanto ocurre con el joven Bécquer, y lo mismo con Gastón Rojo.

Héctor López Portillo vuelve a hacer, bien, un personaje que ya le conocíamos. Raúl Ramírez se esfuerza por poner simpatía en su papel, que es uno de los menos dibujados, más elegante y suficiente en su condesa; el tapatío internacional saca adelante su banquero y Arturo Soto Ureña acierta plenamente en su divertida caricatura de un general revolucionario.

La señora Herminia Álvarez, en el papel de la claridosa Loreto, ha llamado mucho la atención; cierto que el autor puso en ese personaje las líneas más picantes; pero la señora, al decirlas, consigue la reacción buscada por el comediógrafo; las risas abundan, y la actriz es ovacionada.

La escenografía de David Antón es vistosa, aunque un poco increíble (se habla de un despacho que tendrá un metro cuadrado, porque de los lados se ve jardín). Y el vestuario, de Armando Valdez Peza, es brillante, elegantísimo, de muy buen gusto.