FICHA TÉCNICA



Notas Anécdotas de la gira de Virginia Fábregas por la República Mexicana

Referencia Armando de Maria y Campos, “Balance frívolo. De María Conesa a Marga López pasando por Rosita Fornés”, en Novedades, 19 noviembre 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Aventura y regreso de Virginia Fábregas

Armando de Maria y Campos

Nuestra insigne artista está de vuelta en México. Un año más Virginia Fábregas ha recorrido la república de litoral a litoral; ha cruzado la frontera, y ha trabajado para los mexicanos de allá, del otro lado, condenados a carecer de teatro en español a cambio de contar con un cine norteamericano en cada calle. Ha trabajado –culpa es de los pleitos sindicales– en cines generosamente puestos al alcance de Thalía, salones de sociedades recreativas, sin escenarios siquiera, en aulas, en una antigua sacristía y –¿por qué no decirlo en su honor?– en corrales, simples corrales o en amplios, hospitalarios patios de vecindad, exactamente como en los principios del teatro...

Hubo rincón apartado de la civilización, es decir, de la vida cómoda, como algún punto de Tamaulipas –cualquier parecido con Matamoros identifica el lugar–, donde el público no veía buen teatro hace la friolera de nueve años. Por ver a Virginia Fábregas se suspendieron todas las actividades comerciales y la gente acudía en procesión, llevando sus sillas, cómodos sillones frailunos, y hasta un amplio, acogedor sofá de bejuco, austriaco, de los que se llevaron en todos los salones de México en tiempos de Maximiliano y Carlota... Las familias dejaban su ajuar, en señal o prenda de que volverían a la noche siguiente, y todos los días que dieran teatro "los cómicos de doña Virginia". Y como en los tiempos en que el teatro estaba en pañales, la pobre gente, gente pobre que carecía de dinero, o que había gastado todo su caudal en las primeras funciones, quería pagar –y la dejaban pagar, a veces–, con comestibles, huevos frescos la mayoría de las veces, o ¡con recuerdos de familia!... Una señora, anciana ya, logró que le dejaran llevar su sofá "para tres personas", ella, la hija y la nieta, la última noche que doña Virginia Fábregas hizo de La mujer X, pagando, además, con unos aretes de filigranas de oro, regalo de novios. Y así, cien casos más...

–Pero, ¿con ese sistema, no se podrían cubrir las nóminas?...

–Sí, porque yo me reservaba la parte del león, es decir de la leona. Nunca me he sentido mejor pagada que cuando, en vez de dinero, recibí los aretes de la abuelita de Matamoros, o una pieza de tafeta negra, o una gallina ponedora equivalente al valor de dos entradas en una función a precios populares... ¡Y cómo oyen el teatro esas gentes que no lo conocían, o lo habían visto muy poco! ¡Me parecía que trabajábamos sin público, así de absoluto era el silencio, entendiéndolo todo, rompiendo a aplaudir, sin imprevistas interrupciones, después de la escena justa, del parlamento indicado! Es una pena que cuesta tanto sacrificio físico y tanto dinero llevar el teatro hasta esos sitios. ¡Y con lo que el público responde económicamente!...

Porque doña Virginia Fábregas confiesa que ha ganado una fortuna durante esta gira que inició por Puebla, el 25 de julio, y que concluyó en Matamoros, el 7 de noviembre, tocando Guadalajara, Monterrey, Saltillo, Ciudad Victoria, Tampico, Laredo, San Antonio Texas, Matamoros y aquellos puntos intermedios donde pudo contar con cuatro paredes –tres, para representar y, una, invisible, detrás de la cual se colocaba el público–., no importa que muchas veces ni techos tuvieran... Ganó una fortuna, misma que distribuyó entre su compañía y en gastos, increíblemente altos, que hacen difícil la vida del teatro en cualquier lugar del país. El público hacía "colas" para adquirir boletos, llenaba los locales, pero a la hora de liquidar, si no faltaba dinero, no sobraba, tampoco. Y si alguien se quedaba sin cobrar, era naturalmente, la primera actriz, responsable del espectáculo, eje y razón del tinglado ambulante y víctima de la inflación económica a que aventureros o ignorantes han llevado el negocio de representar comedias.

Para esta accidentada, fecunda en experiencia, una de las muchas penúltimas giras que todavía realizará doña Virginia Fábregas, nuestra insigne artista se rodeó de excelentes comediantes, en su mayoría jóvenes: Matilde Brillas, Micaela Castejón, Alita Román, Pituka de Foronda, Victoria Barragán, Elodia Hernández y Consuelo Jiménez; Francisco Jambrina, Manolo Fábregas, Nicolás Rodríguez, Miguel Ligero, Alfonso Torres, Guillermo Zetina, Héctor López Portilla, Guillermo Escobedo, y preparó un repertorio si muy suyo, como es natural, no menos capaz de interesar a públicos tan fáciles, y por lo mismo no menos difíciles, como los que van de la fina cultura teatral característica de los poblanos y tapatíos, a la curiosidad de los de Monterrey, Saltillo o Tampico, a la buena fe de los compatriotas del otro lado del Bravo, o a la impaciencia de conocer qué es teatro de las aldehuelas o poblachos que inevitablemente se atraviesan en toda gira, reclamando su derecho de conocer los espectáculos que disfrutan las ciudades mejor organizadas.

Con la pieza melodramática de Nicodemi La enemiga se presentaba la compañía de Virginia Fábregas ante los públicos mejor preparados, a los que ofreció también los estrenos de obras tan importantes como Recordando a mamá de John van Drutten, y Una lágrima y un suspiro de Lillian Hellman –traducidas por su hijo don Manuel Sánchez Navarro–. En seguida representaba las obras de su más reciente repertorio: La señora Ana luce sus medallas, Mirra Efros y La casa de Bernarda Alba, y sus grandes creaciones: La mujer X de Bisson, y la deliciosa, blanca comedia francesa La loca aventura de Rey, Fleurs y Caillavet, que viene haciendo desde hace treinta años, y que en la nueva versión que ahora representa no dejó de presentar en todos los sitios en que se detuvo su simbólica carreta de Tespis.

Descansará unos meses doña Virginia Fábregas –si su renovada inquietud por representar se lo permite– y volverá a presentarse ante el público de México, en el escenario del Bellas Artes en la Pascua florida de 1948, para hacer una temporada de noventa días, con cuatro obras nuevas para el público metropolitano, que ya ha empezado a estudiar, ideando en sus ratos de ocio, así llama ella a las horas que dedica a planear sus temporadas, los decorados y los figurines, pensando ya en los artistas que habrá de contratar, "si para entonces no tienen llamado para [...]

[Nota de pie de página: Desafortunadamente la crónica se encuentra incompleta.]