FICHA TÉCNICA



Notas Espectáculos en los teatros metropolitanos después de la temporada de Tenorios

Referencia Armando de Maria y Campos, “Balance frívolo. De María Conesa a Marga López pasando por Rosita Fornés”, en Novedades, 5 noviembre 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Balance frívolo. De María Conesa a Marga López pasando por Rosita Fornés

Armando de Maria y Campos

Después de la brevísima "temporada de Tenorios" –este año se redujo más que ninguno otro: cinco días en algún teatro, cuatro en otro, tres en uno–, la vida teatral metropolitana ha sufrido un colapso. Dieron por concluidas sus temporadas las compañías del Fábregas y del Arbeu, en aquél actuaba la de Alfredo Gómez de la Vega, en éste la del ilusionista Richiardi hijo; no las prolongaron las que actuaron en el Bellas Artes y en el Tívoli, formadas exclusivamente para representar el drama de Zorrilla. Unicamente la compañía de Armando Calvo, en el Ideal, sigue representando Don Juan Tenorio con éxito artístico y de taquilla. Continúan inconmovibles a la crisis los teatros que convertidos en music-halls o templos de "vaudeville" norteamericano, primo lejano de la "revista" española, presentan sendos desfiles de variedades con el injerto de tal o cual sketch, este año con los temas de Tenorio: El Tenorio aftoso, por Palillo y, en el Iris, El Tenorio bracero, por Medel, que salvo aprovechar alguna que otra situación del don Juan noviembrino, nada tiene que ver con el drama fantásticorreligioso de Zorrilla.

En el Follies el espectáculo gira en torno de Agustín Lara y su orquesta, con Toña la Negra como intérprete de las canciones del popular músico. En el Lírico, el eje del espectáculo es el magnífico ventrílocuo centroamericano Paco Miller, que ha hecho de su maravilloso muñeco Don Roque la atracción de su conjunto, del que es estrella la excelente cancionera mexicana conocida por "La Panchita". En el Iris se presenta un espectáculo de variedades más ambicioso, con profusión de cortinas caras, pero tan falto de plan, y aun de buen gusto, como los del Lírico y el Follies.

En el Lírico y en el Iris, sin embargo, han actuado y actúan estas noches verdaderas notabilidades del género no hace mucho conocido todavía por "ínfimo", es decir, más pequeño y menos importante que el llamado "género chico", la zarzuela en un acto. Casi todas se sostienen en el teatro gracias a la radio –que las ofrece al público en forma gratuita, y sólo excepcionalmente en presencia–, y a los "clubes nocturnos", lo que equivale a declarar que todas, sin excepción, apoyan sus facultades en ese colaborador inapreciable, indispensable, insustituible que es el micrófono. Por eso, en los teatros de revista predominan las cancioneras, los graciosos... algunos bajo palabra de honor, y los excéntricos, sobre los bailarines, ya en parejas, ya en conjuntos, a veces aquéllas y ésos, francamente desdichados. Ultimamente ha alcanzado alguna fama un grupo denominado Ballet de Chelo La Rue, pero su auge se debe más a la belleza y juventud de las jóvenes que lo integran que a sus méritos coreográficos. Entre los excéntricos, Manolín, que actúa en el Follies, es el menos irrespetuoso con el público y, tal vez, el más gracioso. Medel, cuyas excelentes calidades histriónicas nadie discute, rebaja a veces su irresponsabilidad artística a extremos insufribles y parece gozar chapoteando en el lodazal de piececillas que se derrumban hasta lo escatológico, como un infortunado sketch en que este actor injertado en clown la hace de detective.

Acaban de dar por terminada una temporada que no llegó a interesar al público que concurre al teatro de Medinas dos excelentes artistas del género: Amalia de Isaura y Conchita Martínez, aquélla, la primera "maquietista" en español desde hace más de veinte años, y ésta una excelente tonadillera, de singular atractivo personal. En cambio alcanzó éxito de escándalo, sostenido por el público de "las alturas", una vedette –ni bailarina, ni cancionera– que no le da descanso a sus ancas de azogue: María Antonieta Pons.

Se va logrando imponer como vedette magnífica, la bellísima cubana Rosita Fornés, que canta, baila un poco, dice muy bien, ha corregido su ondulante modo de andar, y se viste –y siempre está semidesnuda– con riqueza y exquisito gusto. Vale mucho, y es un regalo para los sentidos cuando actúa sola. Le perjudican las malas compañías –en la escena, por supuesto–. Nunca mejor que en el caso de Rosita, vedette, y Medel, excéntrico, viene más oportuno el refrán de "más vale sola que mal acompañada"...

De la pista de los clubes nocturnos saltó al escenario del Iris una cancionera de tronío entre los noctámbulos metropolitanos: Fernanda Montel, que canta ayudada por el micrófono, o mejor, que dice, como suelen hacerlo las artistas francesas de este estilo, con singular sensibilidad, canciones mexicanas y alguna que otra de procedencia gala. Es muy bella, y algún matiz y exótico que emana de su rara hermosura, la hace interesante, atractiva, logrando dar la impresión de ser una artista complicada. En cambio, es sencillísima, porque su sencillez radica en su juventud y también en su deslumbrante belleza, la argentina Marga López, de larga experiencia escénica porque se inició muy niña, que canta muy bien, dice con claridad y baila ese tantico indispensable para sentar plaza de vedette, con sus ribetes de actriz que ha logrado imponer su belleza, su juventud y su talento frente a la peligrosa cámara cinematográfica...

En estos tres templos del género frívolo, como también el Tívoli, ahora cerrado, de donde procede la compañía Medel-Fornés que viene actuando en el Iris, hacen esporádicas apariciones, cobrando honorarios altísimos que desequilibran los presupuestos normales y ya de suyo altos, sin llegar a justificarlos casi nunca, estrellas más o menos famosas del cine y de la radio, desde Libertad Lamarque, Ana María González, Amanda Ledesma, María Luisa Landín, Chelo Campos, hasta Aurora Lincheta, que pasó con éxito inexplicable esa flor de vulgaridad que es la cancioneta bailada o lo que sea, "Camina como chencha"...

A veces ilumina la noche de nuestros espectáculos amables la aurora boreal del frívolo arte, dinámico y luminoso, de María Conesa, prodigio de alegría sin nubes, reguero de sal y surtidor de gracia, que desde hace cuatro décadas –se presentó en el Principal, en 1907– viene siendo para las generaciones que se suceden inexorablemente nada más que ¡María Conesa!... Caso único en la historia de nuestros espectáculos frívolos...