FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de los siete balcones

Autoría Alejandro Casona

Dirección Fernando Wagner

Elenco María Douglas, Magda Guzmán, Miguel Arenas, Fernando Mendoza, Carlos Becerril, Alicia Gutiérrez, Raúl Guzmán, Lucha Núñez, Gloria Silva, Pepe Mora

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Productores Luis G. Basurto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de María Douglas en La casa de los siete balcones de Alejandro Casona, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 21 octubre 1959.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de octubre de 1959

Columna Teatro

Gran actuación de María Douglas en La casa de los siete balcones de Alejandro Casona, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Años hacía que no teníamos aquí el estreno de una obra de Casona, y el anuncio del de La casa de los siete balcones despertó vivo interés; en el que iban mezcladas la curiosidad y la desconfianza; porque... ¿no teníamos derecho a temer que hubiese envejecido, que se hubiera fatigado, que se hubiera quedado atrás el autor de aquella Otra vez el diablo que conocimos hace 25 años, de aquella Sirena varada de esa misma época, de una Prohibido suicidarse en primavera y de una Nuestra Natacha que vimos poco después, o de Los árboles mueren de pie, que doña Prudencia Grifell nos dio a conocer más recientemente? Veinticinco años son muchos años, y todo puede esperarse... o temerse.

Los primeros compases de la comedia no nos entusiasmaron; comienza Casona por pintar un interior de casa montañesca, o cosa que lo valga, como hubo muchos en el teatro español, desde Galdós hasta Sabela de Cambados, y los primeros caracteres que nos presenta no bastan para entusiasmarnos; se van perfilando un hidalgo campirano de no muy buenas prendas, como el de La Malquerida, y muchos otros que ya vimos, y un médico viejo y sabio, y bueno, que lleva la contraparte, mientras se dibuja, con trazos más bien toscos, la figura de una virago malmodienta y hosca, una criada que ha sabido apoderarse, entre sábanas, de la voluntad de su patrón; hasta allí nada sale de lo vulgar; ni siquiera un jovencito sordomudo que despierta la simpatía y la piedad de algunos personajes; y la animadversión injusta de algún otro. Hay también una fámula algo lela para completar un cuadro que dentro del teatro español bien podríamos llamar tradicional.

Pero aparece de pronto un personaje, cuya existencia ya otros nos habían anticipado, el encomendado a la interpretación de María Douglas, y todo cambia entonces. Casona encontró este papel probablemente, continuando la historia de Doña Rosita la Soltera en el punto y hora en que Federico García Lorca la dejó. Pero supo darle nuevas gracias, le insufló nuevo aliento, y acabó por crear uno de los personajes más completos, más bellos más permanentes de todo el teatro español de nuestro siglo. Una ráfaga de poesía que sopla en medio de un ambiente de bodegón, un personaje lírico que se desenvuelve entre otros sórdidos; hace cobrar nueva luz a otros personajes y por un artificio del comediógrafo, que el público acepta inmediatamente, hace hablar al mudo, aunque sólo sea para ella (y para nosotros). El conseguir que esta ficción no cree confusión, en ningún momento, no es uno de los menores logros de este habilísimo dramaturgo, dueño de su técnica y de sus recursos.

En la interpretación, como era inevitable que sucediese, María Douglas, a quien se repartió el mejor personaje, sobresale en forma notable; no porque no esté muy bien Magda Guzmán, sino porque el personaje de esta actriz es áspero, desagradable y enfadoso, antipático para el público y tajado en forma un tanto primaria por el autor; el de la Douglas, en cambio, lleno de encantos, con muchos bocadillos que se prestan al dibujo, es sacado por María, que para ello tiene figura, ángel y talento, con verdadero primor, al grado de que haya quienes digan, y no nos atrevemos a llevarles la contraria, que se anota en esta ocasión uno de los más brillantes triunfos de su carrera, ella, que tuvo ya tantos y tan sólidos, en Medea, en Martina, en la Quintilla de Un alfiler en los ojos, en la Blanche de Un tranvía llamado deseo, en El Oso, en Juana de Arco en la hoguera, y en muchas otras obras cuyos nombres van formando las hojas de las que se entreteje su pasada corona de laureles.

Si María está encantadora, es porque su personaje es encantador (en El deseo, no podía estar sino odiosa, y la culpa era del dramaturgo, no de ella); esa suerte no la corren los otros artistas del reparto; pero cada quien debe llevarse su ración de elogios; la Guzmán roe un duro hueso, pero aprovecha la ocasión para mostrar una vez más su buena planta, su autoridad escénica, su vigorosa voz, su aplomo, su buena figura; Miguel Arenas se acomoda perfectamente bien a su viejo médico (seguramente ya hizo muchos de éstos, antes) y dice con atención todos sus parlamentos ganándose todas las simpatías que al autor le tenía deparadas; Fernando Mendoza tiene otro de los villanos de la pieza, y sabe hacerlo con su larga experiencia y su dominio del oficio, aunque ciertamente no encuentra ocasión de hacerse grato a los espectadores; el niño mudo (que habla como un descosido) tiene en cambio muchas oportunidades de ganarse a la audiencia, y las utiliza en su favor; se llama Carlos Becerril, y no nos explicamos que el empresario se haya decidido en esta ocasión a prescindir de Héctor Gómez, a quien tan bien le habría venido el papel (tal vez tenía mucha televisión y no pudo aceptarlo, o quizá comienza a sentirse, apenas a la edad de Raúl Farell, algo viejo para los niños de trece años, que a lo menos que lo obligan será probablemente a rasurarse de nuevo en cada uno de los entreactos).

De los personajes secundarios, nos inclinamos a preferir a Alicia Gutiérrez, que aunque es muy mexicana, encajó en el papel, y lo hizo con cariño; el cartero, otro de los Guzmán, tiene una corta escena, pero la hace bien; los papeles de los fantasmas son deslucidos, opacos, y no habría habido necesidad de emplear en ellos a una Lucha Núñez, que se basta para acometer empresas mayores; cumple ella como pudo cumplir cualquier otra artista menos experimentada, como cumplen Gloria Silva y don Pepe Mora.

La escenografía, naturalmente de David Antón, no nos pareció inspirada; mandó los siete balcones del título fuera de escena, a una especie de bambalinón, y creó una cocina más bien pobretona y fría que hidalga y con prosapia y viejas riquezas. La dirección, naturalmente de Fernando Wagner, no tuvo graves problemas.

La noche del estreno(1) la obra gustó mucho, y ganó muchos aplausos que vienen a refrescar los viejos triunfos de Alejandro Casona y a hacerlos nuevos; en cuanto a María Douglas arrebató esa noche, y creemos que habrá seguido haciéndolo en las subsecuentes. Es que está en verdad deliciosa. Recomendamos insistentemente no dejar de verla.

Ojalá permita La casa de las siete balcones a Luis G. Basurto, empresario, recuperarse del quebranto económico que probablemente le produjo su propia pieza Los reyes del mundo, que no tuvo en taquilla la aceptación que antes han tenido otras piezas del mismo infatigable y entusiasta dramaturgo.


Notas

1. En el teatro Fábregas. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.